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Las universidades apáticas al cambio y a la transformación se enfrentan hoy a un horizonte aciago e incierto.
Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co
La palabra ociosidad suele cargarse de una connotación negativa, pero cobra un sentido crítico y absurdo cuando se aplica a la infraestructura de nuestras ciudades. Metros cuadrados de canchas deportivas, laboratorios de última tecnología, plazoletas sombreadas y zonas verdes permanecen en un letargo improductivo durante fines de semana, noches y vacaciones. Esta masiva subutilización del espacio público no responde a una falta de necesidad ciudadana, sino a la presencia de rejas y cerramientos blindados bajo el argumento inflexible de la propiedad privada y la seguridad. Es una parálisis espacial: recursos urbanos de primer nivel atrapados en una burbuja, invisibles e inaccesibles para el vecino que camina al otro lado del barrotes.
Abrir las universidades no significa ceder la autonomía académica, sino integrar el campus al mobiliario urbano y a la dinámica viva de las ciudades. Cuando una institución educativa derriba sus murallas físicas, transforma su infraestructura en parques comunitarios, centros de innovación ciudadana y puntos de encuentro que oxigenan el tejido social. La verdadera seguridad no la garantizan tres metros de malla eslabonada ni un guardia de seguridad, sino la apropiación comunitaria, la luz y la vida en la calle. Es hora de entender que el conocimiento y el espacio que lo alberga pierden su propósito público si se gestionan como fortalezas amuralladas.
Esta integración fluida no es una utopía urbanística; es la regla general en los grandes centros del conocimiento global. En Europa, la Universidad de Bolonia y la Sorbona en París están entrelazadas con la red peatonal de sus ciudades, donde los pasajes académicos se confunden con la vida pública. En EE.UU., Harvard o el campus urbano de NYU se integran sin barreras ni rejas a la estructura comunitaria de Cambridge y Nueva York. En Asia, la Universidad de Tokio abre sus avenidas arboladas para que vecinos y visitantes transiten entre sus edificios históricos. Estas instituciones demuestran que el prestigio académico y la seguridad no se construyen aislando el conocimiento, sino convirtiendo el campus en activo urbano vivo para la ciudadanía.
Las universidades apáticas al cambio y a la transformación se enfrentan hoy a un horizonte aciago e incierto. Se encuentran en un momento en que el volumen de estudiantes ya no es el mismo del que se tenía hace tan solo unos atrás y sus dinámicas educativas requieren cambios radicales: los profesores dejaron de ser los dueños exclusivos del saber y los laboratorios ya no ostentan el monopolio de la experimentación. La tecnología computacional, la robótica y corrientes disruptivas como el transhumanismo y el posthumanismo están redefiniendo lo que significa aprender, y ante este avance acelerado al parecer no habrá mayor resistencia institucional capaz de detener o ralentizarlas.
El dilema final no es si los muros deben caer, sino cuándo y a qué costo. La universidad del siglo XXI o se convierte en el corazón latiendo de la ciudad o correrá el riesgo de quedarse en una costosa ruina arquitectónica.