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¿Para qué educarse cuando las máquinas generan conocimiento?

Resulta difícil sostener que un sistema educativo centrado en la provisión de conocimiento intelectual mantenga el mismo valor donde la inteligencia artificial está disponible.

hace 59 minutos
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  • ¿Para qué educarse cuando las máquinas generan conocimiento?

Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu

Hace un par de semanas estuve en Dubái participando en el World Government Summit, un foro internacional que reúne a políticos, inversionistas, y académicos para hablar sobre las grandes preguntas de la actualidad. Fui invitado a un panel sobre el futuro de la educación. Allí, más allá de los matices, hubo consenso en que la educación enfrenta un punto de inflexión. La impresión dominante fue que el sistema educativo, en su forma actual, no sobrevivirá a la inteligencia artificial.

Antes de describir por qué, conviene precisar que no es la primera vez que una nueva tecnología promete transformar la educación, y hay buenas razones para ser escéptico frente a anuncios grandilocuentes de disrupción en ella. La resistencia de la educación formal al cambio tecnológico ha sido, cuando menos, notable. Desde la expansión de la escolarización masiva a finales del siglo XIX, el modelo básico se ha mantenido sorprendentemente intacto. Es un aula, un docente que da cátedra y estudiantes que escuchan, practican y luego son evaluados. Calculadoras, laboratorios, computadoras y plataformas digitales se incorporaron con el tiempo, pero siempre como complementos marginales. El núcleo del sistema no cambió.

La inteligencia artificial, sin embargo, plantea un escenario distinto, porque pone en entredicho el propósito mismo que la educación ha tenido históricamente.

Durante los últimos dos siglos, la educación formal ha cumplido una función central: entrenar y certificar habilidades intelectuales demandadas por el mercado. Redactar textos especializados, resolver problemas matemáticos, manejar tecnologías complejas o aplicar conocimiento experto eran capacidades costosas de adquirir y valiosas para el mercado. Ofrecer las herramientas para desarrollar esas capacidades y tener la infraestructura para certificar la calidad de quienes afirman tenerlas ha sido el propósito de los sistemas educativos por generaciones.

Ahora bien, la inteligencia artificial llega con el potencial para automatizar muchas de esas capacidades a un costo marginal cercano a cero. Con ello, el conocimiento no desaparece y sigue siendo necesario para la producción, pero su posesión individual deja de ser condición indispensable para beneficiarse de él. Hoy, un trabajador puede pedirle a una máquina que genere, en una hora, productos de conocimiento intelectual que antes habrían requerido a decenas de personas entrenadas en aquel conocimiento para producirse en el mismo tiempo. Así, se abre una brecha inédita entre saber y producir.

Esto no implica que el conocimiento intelectual sea prescindible. Seguirán siendo necesarias la supervisión, el juicio y la capacidad de intervención de personas que lo posean. Pero resulta difícil sostener que un sistema educativo centrado exclusivamente en la provisión de conocimiento intelectual mantenga el mismo valor en un mundo donde la inteligencia artificial está ampliamente disponible.

¿Dónde, entonces, puede ofrecer valor la educación? Una respuesta posible es ampliar el foco educativo más allá del conocimiento intelectual y su valor productivo. Por un lado, reaparece con fuerza la formación cívica y del carácter. Aprender a convivir, a deliberar, a ejercer juicio moral, a liderar, negociar y construir acuerdos en contextos sociales complejos sigue siendo necesario. Estas dimensiones nunca estuvieron ausentes de la educación, pero durante décadas quedaron subordinadas a la acumulación de conocimiento intelectual.

Por otro lado, resurgen las habilidades prácticas y los oficios. Muchas tareas físicas, situacionales o profundamente contextuales —interactuar con entornos materiales, recoger información local, coordinar acciones en tiempo real— siguen siendo difíciles de automatizar y conservan su valor económico. En un giro paradójico, actividades tradicionalmente clasificadas como “no calificadas”, como la plomería, la jardinería o la cocina, podrían convertirse en espacios donde la educación formal vuelva a generar valor.

Pero el desafío más profundo no está en qué debe enseñar el sistema educativo, sino en cómo lo debe hacer. Aprender cualquier habilidad compleja exige esfuerzo sostenido, acumulación de información y práctica deliberada. Tradicionalmente, el sistema educativo ha facilitado ese proceso a través de esquemas de evaluación que incluyen tareas, ejercicios y exámenes. Sin embargo, una de las funciones más demandadas hoy de la inteligencia artificial es precisamente la producción de esos mismos productos. ¿Cómo esperar que los estudiantes desarrollen habilidades si cuentan con tecnologías que les permiten evitar el proceso que, justamente, las hace posibles?

Lo que está en juego, entonces, no es una simple actualización pedagógica, sino una redefinición profunda del contenido, las formas y el propósito de la educación. Universidades, escuelas, docentes, familias y autoridades públicas enfrentan la misma pregunta: qué valor genera hoy la educación y bajo qué condiciones puede producirlo. Afrontar este desafío exigirá algo más que adoptar nuevas tecnologías. Requerirá innovación institucional, reflexión sostenida y una conversación colectiva honesta sobre qué significa educarse en una era en la que el conocimiento ya no es escaso, pero el aprendizaje sigue siéndolo.

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