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Kevin no perdió la vida por casualidad. La perdió por la negligencia de un gobierno que dice proteger la vida, pero demuestra lo contrario.
Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com
El título reúne dos palabras: Kevin e indolencia. La primera representa el dolor de un país que no acepta las razones que condujeron a la muerte del niño Kevin Acosta. La segunda, indolencia, señala la falta de sensibilidad y mezquindad del gobierno nacional, evidenciadas en la actitud del presidente Gustavo Petro y del ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo.
¿Qué ocurrió con Kevin? Su historia es la de un niño con hemofilia que tenía el derecho legítimo de recibir el tratamiento necesario para controlar su enfermedad. El Estado debía garantizarle medicamentos imprescindibles para que pudiera vivir como cualquier otro niño. Kevin tenía siete años, ganas de vivir, de jugar, de correr, de reír y, por supuesto, de montar en bicicleta. Detrás de él siempre estuvo su madre, dedicada y amorosa, pendiente de cada aspecto de su salud.
Desde diciembre pasado, Kevin dejó de recibir por parte de la Nueva EPS el medicamento de control que debía aplicarse cada 28 días para mantener estable su condición. Por un infortunio, sufrió un golpe en la cabeza mientras montaba en bicicleta que lo dejó en una situación de salud crítica. Sin embargo, todo podría haberse tratado de una mejor forma si hubiera contado con la estabilidad hemodinámica que le brindaba el medicamento que el Estado no le entregó. Kevin falleció el pasado 13 de febrero.
Pasemos ahora al comportamiento del presidente y su ministro de Salud. Ambos sugirieron que la madre de Kevin fue la responsable de su muerte. La señalaron como imprudente por haber permitido que su hijo montara en bicicleta, como si un niño con hemofilia solo pudiera permanecer quieto limitándose solo a respirar. No asumir responsabilidades y culpar a la víctima fue su lógica. Su falta de empatía muestra la desconexión con la realidad, dominada por sus ganas de poder, cosa que les impide entender el dolor de una madre que pierde a su hijo y el drama que esta mujer vivió los días previos a la muerte de Kevin, días llenos de angustia y tramitología. ¿Y qué podía importar si quizás por esos días el presidente y el ministro estaban disfrutando de los privilegios del poder?
A esto se sumó la forma como el presidente revictimizó a la madre de Kevin, al divulgar datos de la historia clínica del niño, información sensible y privada. En su empeño por imponer su verdad absoluta, intentó presentar a la madre de Kevin como alguien que tomó decisiones desacertadas. Sin embargo, la realidad, sustentada en evidencia científica, fue clara: tanto la madre como los médicos actuaron responsablemente y si el niño hubiera tenido el suministro del medicamento, había una alta posibilidad de que no tuviera complicaciones por la emergencia resultante del accidente en bicicleta.
Kevin no perdió la vida por casualidad. La perdió por la negligencia de un gobierno que dice proteger la vida, pero que, con sus acciones, demuestra lo contrario. Mal por todo lado. Hay un niño muerto, una madre que llevará un dolor el resto de su vida y que se enfrentará con impotencia al hecho de saber que, por un sesgo ideológico, su hijo ya no está. Lo grave es cómo el gobierno cruza sin pudor los límites éticos, ocultando la realidad bajo narrativas convenientes. La dolorosa historia de Kevin debería motivar a los colombianos a reflexionar sobre la disociación de este gobierno con la realidad.