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La farsa no es algorítmica

Convertir a la IA en explicación de una elección es tan cómodo como insuficiente.

hace 14 horas
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  • La farsa no es algorítmica
  • La farsa no es algorítmica

Por Alberto Sierra - @albertosierrave

En El Tiempo, Diego Santos tituló una columna “La farsa algorítmica”. Sostiene que las elecciones están “gobernadas, moldeadas y pervertidas” por la inteligencia artificial y presenta la elección de Abelardo De La Espriella como confirmación de ese nuevo orden político.

Es una afirmación grande para quien firma como analista digital en un medio de alta circulación, y sin una cifra sobre Colombia. No porque la IA no pueda influir en política. Existe evidencia de que sistemas de IA pueden modificar actitudes políticas e incluso preferencias sobre candidatos. Pero esos resultados provienen de experimentos controlados; no demuestran que una IA haya explicado una elección concreta.

Santos confunde capacidad de una tecnología con el poder político que produce. Una cosa es fabricar contenido. Otra, distribuirlo. Otra, conseguir atención. Otra, ser creído. Otra, persuadir. Y otra, modificar un comportamiento electoral. Ese recorrido no es un detalle metodológico. Es la diferencia entre describir una herramienta y explicar una elección. Su evidencia es Israel: videos manipulados y alta concentración de contenido generado o alterado con IA en torno al Likud. Eso permite hablar de producción y circulación de contenido; no de cuánto voto mueve. Salta directo a que aquí ocurrió lo mismo. Una forma cómoda de analizar la elección: si el resultado incomoda, siempre habrá un algoritmo al que culpar.

Aparece una contradicción. Santos convierte al elector en paradoja: lo presenta como víctima de manipulación y cómplice consciente de ella. Si el votante sabe que el video es falso y aun así lo aplaude, el algoritmo no necesariamente lo persuadió: pudo reforzar algo que el elector estaba dispuesto a creer, compartir o celebrar. No es lo mismo que fabricar preferencia.

Reducir el respaldo a Abelardo a una maquinaria digital, o a la ignorancia, es suponer que detrás del voto no hubo preferencias, preocupaciones, identificación, rechazo, expectativas o razones políticas. No defiendo a Abelardo. Cuestiono pretensión de explicar a electores como si hubieran sido reemplazados por un software. La inteligencia artificial no sustituyó a la política. Hace más incómodo seguir analizándola con explicaciones fáciles. Su transformación puede estar en otro lugar: reducir drásticamente el costo de producir versiones plausibles de la realidad. Cuando sobra contenido, la credibilidad se vuelve escasa. Cuando todo puede ser falso, también lo verdadero puede descartarse como fabricado. El político sorprendido en un audio real podrá decir que es IA. El riesgo no es solo que creamos lo falso; es que dejemos de creer lo cierto.

Ahí está la nueva disputa por el poder: quién consigue atención, quién construye confianza, quién logra que una interpretación sea aceptada y quién convierte esa interpretación en acción. La IA puede industrializar la producción de narrativas. No industrializa automáticamente obediencia del elector. El problema de la columna de Santos es que utiliza una tecnología real para construir explicación total de un fenómeno político que es humano. Un algoritmo puede fabricar el mensaje. No puede explicar el voto. El algoritmo no votó. Votaron ciudadanos. Y tratarlos como piezas de manipulación tecnológica, o masa ignorante, no es analizar mejor la política digital. Es dejar de analizar la política..

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