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Anna Wintour, Meryl Streep y la portada de Vogue que reabre viejos fantasmas

La edición de mayo de Vogue, protagonizada por Anna Wintour y Meryl Streep, no solo promociona The Devil Wears Prada 2, también revive las preguntas, rumores y controversias que durante años han rodeado a la mujer que inspiró a Miranda Priestly.

  • La portada de mayo de Vogue reúne a Anna Wintour y Meryl Streep en un guiño a The Devil Wears Prada, pero también revive el debate sobre la figura pública de la histórica editora. FOTOS: Everet Collection y redes sociales
    La portada de mayo de Vogue reúne a Anna Wintour y Meryl Streep en un guiño a The Devil Wears Prada, pero también revive el debate sobre la figura pública de la histórica editora. FOTOS: Everet Collection y redes sociales
hace 5 minutos
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Como parte de la expectativa por el estreno de El diablo viste a la moda 2, Vogue presentó su edición de mayo de 2026 con una portada pensada para sacudir la cultura pop: Anna Wintour y Meryl Streep, frente a frente, en una colaboración que juega abiertamente con una de las comparaciones más persistentes del cine y la moda.

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La revista vendió el momento como un gesto “icónico”. Y lo es. Pero también funciona como algo más: el detrás de una narrativa que durante años fue incómoda para Wintour. Porque si bien The Devil Wears Prada siempre fue presentada como una ficción, la figura de Miranda Priestly —la editora temida, implacable, distante y obsesiva interpretada por Streep— nunca dejó de ser leída como una versión apenas disimulada de la histórica directora de Vogue.

La propia publicación abraza ahora esa lectura. En la carta editorial de mayo, Chloe Malle cuenta que, al enterarse de la secuela, el equipo sintió que Disney “no podía quedarse con toda la diversión”. La apuesta fue entonces reunir a “las dos Mirandas”: Wintour y Streep. Algo que en 2006 habría sido una ofensa, en 2026 se transforma en marca, nostalgia y estrategia editorial.

Durante la conversación publicada por Vogue, moderada por Greta Gerwig, ambas hablaron sobre poder, ropa, edad, trabajo y legado. Wintour insistió en marcar distancia del personaje:Es un honor ser interpretada por Meryl, por muy distante que Miranda esté de mí”, dijo. Streep, por su parte, reconoció que al volver al personaje sí pensó “honestamente” en Wintour para imaginar lo que implicaba sostener una responsabilidad como la suya.

Ese juego entre negación y reconocimiento ha acompañado durante décadas la relación entre Wintour y la figura de Miranda Priestly. Lauren Weisberger, autora de la novela original y antigua asistente de Wintour, dijo en su momento que Miranda no era un retrato uno a uno de la editora. Pero también admitió que su paso por Vogue sí alimentó la historia. Y la industria entera pareció leerlo igual: cuando se hizo la primera película, según distintos testimonios, muchos diseñadores y figuras de la moda evitaron colaborar por miedo a incomodar a Wintour.

Esa reputación no nació solo del cine. Durante años, la editora fue asociada a una imagen de frialdad, perfeccionismo extremo y cultura del miedo. Exasistentes y antiguos empleados han descrito jornadas que empezaban antes de las 8 de la mañana, una dinámica de disponibilidad permanente y una presión constante por anticipar cada necesidad. Una exasistente citada en una biografía sobre Wintour resumió el ambiente con una imagen familiar para cualquier fan de la película: “Era muy como en The Devil Wears Prada: ‘¡Ya viene!’”.

La fama de jefa dura, sin embargo, no es el único elemento que ha oscurecido su legado. En los últimos años, la figura de Wintour también ha sido cuestionada por su papel dentro de una industria acusada de ser excluyente, elitista y racialmente desigual.

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En 2020, en medio del remezón que vivieron los medios y la industria cultural tras el asesinato de George Floyd, la propia Wintour tuvo que pedir disculpas a su equipo en un memo interno por no haber hecho lo suficiente para abrir espacio a personas negras dentro de Vogue. En ese mensaje reconoció que la revista había publicado imágenes e historias “hirientes o intolerantes” y admitió que había muy pocos empleados negros en la publicación durante su gestión.

Esa disculpa no surgió de la nada. Durante años, empleados y excolaboradores negros denunciaron que el ambiente en Vogue y en buena parte del ecosistema de Condé Nast estaba atravesado por microagresiones, sesgos raciales y una visión de la moda centrada en un ideal de belleza “delgado, blanco y rico”. El cuestionamiento no solo apuntaba a quién aparecía en las páginas de la revista, sino también a quiénes podían tomar decisiones dentro de ella.

Uno de los ejemplos que más se recuerdan es la portada de abril de 2008 de Vogue, protagonizada por LeBron James y Gisele Bündchen. Aunque fue celebrada en algunos sectores, también desató críticas por su carga racial: muchos la leyeron como una imagen que reproducía el estereotipo del hombre negro agresivo junto a una mujer blanca, con comparaciones incluso con la iconografía de King Kong.

A eso se suma el caso de André Leon Talley, una de las figuras negras más influyentes en la historia de la moda y durante años uno de los aliados más visibles de Wintour. En sus memorias, The Chiffon Trenches, Talley escribió que la editora le dejó “enormes cicatrices emocionales y psicológicas” y la describió como una mujer “incapaz de mostrar una bondad humana básica”. También sugirió que fue apartado de su círculo cuando dejó de resultarle útil dentro del engranaje del poder y la imagen.

Las críticas a Wintour no se agotan en el racismo o en la dureza de su liderazgo. También han girado alrededor de una forma de ejercer poder que, para sus detractores, se apoyó durante décadas en el miedo, la exclusión y la reverencia. Parte del mito de Anna Wintour —y de la fascinación que sigue despertando— está precisamente en esa mezcla entre autoridad real y personaje construido: una mujer que dicta tendencias, decide quién importa y se mueve en un ecosistema donde la crueldad se disfraza de exigencia y el elitismo disfrazado de “gusto”.

Esa imagen, amplificada por la cultura pop a través del personaje de Miranda Priestly, ha convertido cada aparición pública de la editora en algo más que un evento de moda: una declaración de estatus.

Ese debate también toca, aunque de forma más indirecta, las estructuras de poder que durante décadas dominaron la moda, el cine y los medios. Wintour fue una de las figuras más visibles de esa élite cultural que convivió con nombres como Harvey Weinstein, hoy convertido en símbolo de una industria que por años normalizó abusos, silencios y jerarquías intocables. Aunque nunca ha sido señalada de manera directa en ese caso, su imagen pública también ha quedado atravesada por su cercanía a esta figura.

Harvey Weinstein y Anna Wintour durante un show de moda en Londres. 2015. FOTO: Getty
Harvey Weinstein y Anna Wintour durante un show de moda en Londres. 2015. FOTO: Getty

Por eso la portada de mayo de Vogue funciona en dos niveles al mismo tiempo. En la superficie, es una jugada brillante de mercadeo: juntar a Meryl Streep con la mujer a la que el mundo lleva décadas comparando con Miranda Priestly justo antes del estreno de la secuela. Pero en un plano más incómodo, también revela algo más profundo: que Vogue ya no está tratando de escapar de ese mito, sino de mercantilizarlo y volverlo chic.

El problema es que Miranda Priestly nunca fue solo un personaje exagerado para divertir al público. También fue, para muchas personas, una forma de nombrar un estilo de poder que parecía demasiado reconocible.

Y quizás por eso la reunión entre Anna Wintour y Meryl Streep resulta tan fascinante: porque no solo celebra un ícono del cine, sino que pone otra vez sobre la mesa todo lo que hizo posible que esa ficción se sintiera, durante tanto tiempo, tan cercana a la realidad.

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