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Qué ha pasado en Venezuela con Delcy

Cada día, Delcy Rodríguez se atornilla más en Miraflores, el mundo se va olvidando de Venezuela, y el chavismo gana terreno en su estrategia de resiliencia autocrática.

hace 11 horas
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  • Qué ha pasado en Venezuela con Delcy

“Hay décadas en las que no pasa nada y semanas en las que pasan décadas”. Así, con esa frase que suele atribuírsele a Lenin, podría describirse lo que vivió Venezuela en los primeros días de 2026. Durante más de una década, el país pareció congelado: Nicolás Maduro se consolidaba en el poder con una impunidad abrumadora, robando elecciones, encarcelando opositores y empujando al exilio a casi ocho millones de venezolanos, mientras el resto del mundo se limitaba a emitir tenues notas de protesta.

Una generación entera creció acostumbrada a que el chavismo fuera el único horizonte político posible. Hasta que llegó Donald Trump y pateó el tablero: el 3 de enero, la captura de Maduro en Caracas y su traslado a una cárcel en Nueva York, quedará registrada como una de las intervenciones más intrépidas de Estados Unidos en América Latina. En apenas unas horas, en Venezuela pasaron décadas.

Y sin embargo, tras ese terremoto inicial, vino una calma desconcertante. El tema se fue diluyendo de la conversación pública casi tan rápido como había irrumpido. La atención global se desvió hacia la guerra con Irán, hacia las elecciones presidenciales en la región, hacia la larga lista de asuntos que empujan el ciclo noticioso. Si hoy se le pregunta a cualquier lector distraído qué ha pasado en Venezuela desde enero, lo más probable es que responda que nada.

Pero como nada ha pasado, algo sí ha pasado por defecto: se quedó Delcy Rodríguez. La exvicepresidenta de Maduro cumple esta semana 100 días al mando del país, con el aval de la Casa Blanca y un calendario de transición democrática cada vez más difuso. Conviene hacer un balance.

El primer elemento es la consolidación política de Rodríguez. Lejos de ser la figura de transición que muchos anticiparon, ha aprovechado los tres meses para ejecutar el mayor reacomodo de poder en Venezuela en décadas: ha cambiado más de una docena de ministerios, purgado a la cúpula militar, desplazado a las familias de Maduro y Chávez de los contratos petroleros más lucrativos, y ordenado la detención de figuras cercanas al exdictador como Alex Saab, Raúl Gorrín y Wilmer Ruperti. Los murales rojos del chavismo van siendo reemplazados por el azul corporativo con el eslogan “Delcy avanza”. El mensaje es claro: ya no es el chavismo de Maduro, pero sigue siendo chavismo.

El segundo es la naturaleza del gobierno que emerge. Rodríguez ha optado por rodearse de figuras que tranquilizan al aparato represivo sin ofrecer garantías reales de apertura. Su nuevo ministro de Defensa, Gustavo González López, fue jefe del temido SEBIN y está sancionado por Estados Unidos y la Unión Europea por graves violaciones a los derechos humanos. Diosdado Cabello, bajo acusación formal por narcotráfico en cortes estadounidenses, sigue siendo un hombre fuerte en el gobierno. En lugar de una transición, lo que se ve es un chavismo light, más pragmático hacia Washington pero igual sigue siendo dictadura.

El tercero es lo que ha ocurrido en el frente de los derechos humanos. La Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional, presentada como una señal de apertura, ha permitido la liberación de cerca de 700 presos políticos: pero todavía quedan al menos 480 tras las rejas, y no se asoman todavía tranquilidad para quienes quieran ejercer en su plenitud sus derechos políticos en Venezuela.

El cuarto es la economía, que efectivamente empieza a moverse. El levantamiento de sanciones al sector petrolero, las reformas a las leyes de hidrocarburos y minería, y la reapertura a la inversión extranjera han permitido proyectar un crecimiento de más del 10% para 2026. Pero la inflación supera aún el 150%, la inversión real de grandes multinacionales sigue siendo tímida ante las dudas sobre el Estado de derecho, y buena parte de los ingresos adicionales está fluyendo hacia las mismas élites chavistas que antes se repartían la renta a través de esquemas más opacos.

Marco Rubio ha hablado de tres fases en los planes de Estados Unidos en Venezuela: estabilización, recuperación y transición democrática. Pero no hay un cronograma claro. Maria Corina Machado, la líder opositora, premio Nobel de Paz y bastión del movimiento que ganó legítimamente las elecciones, sigue en el exilio, bajo amenaza de arresto si pisa suelo venezolano.

La pregunta obvia, entonces, es cuántos 100 días más estarán dispuestos a esperar María Corina Machado y Donald Trump antes de que las cosas empiecen a moverse en serio. ¿Otro trimestre? ¿Un año? ¿Hasta las elecciones legislativas de Estados Unidos, cuando Trump podría perder el margen legislativo que hoy le permite sostener su política exterior más audaz? Cada día que pasa, Rodríguez se atornilla un poco más en Miraflores, el mundo se va olvidando de Venezuela, y el chavismo, maniobrando como siempre ha sabido hacerlo, gana terreno en su estrategia de resiliencia autocrática.

Que no vayamos a volver, después de esas semanas en las que pasaron décadas, a décadas enteras en las que en Venezuela no pase nada.

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