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Es innegable que el inquilino del Kremlin se ha vuelto más temerario. La necesidad de tapar el desgaste de sus tropas lo empuja a una peligrosa huida hacia adelante.
A estas alturas del partido, pretender que la guerra en Ucrania es un asunto exclusivo de las fronteras de Europa oriental es un ejercicio de ceguera voluntaria. El asunto toca a todo el mundo. La prolongación de este conflicto no solo mantiene en vilo la economía global, sino que ha desatado una metamorfosis silenciosa en la estrategia de Vladímir Putin, quien, viéndose estancado en el fango del frente militar, ha decidido jugar al gato y al ratón con el resto del continente europeo. El hostigamiento cambió de ropaje. Ya no se trata únicamente de cañonazos visibles, sino de una soterrada guerra híbrida que avanza como la humedad, metiéndose en las costuras de las democracias occidentales.
Esta agresión ya no es una teoría lejana de analistas y expertos, sino un golpe al día a día del ciudadano común en el corazón de Europa. El ejemplo más fresco y alarmante ocurrió con el ciberataque masivo contra los sistemas de refrigeración de cientos de supermercados en Francia y los Países Bajos. Un sabotaje informático silencioso que elevó de forma remota las temperaturas, obligando a desechar toneladas de alimentos frescos y congelados. No buscaron destruir un cuartel militar, sino desestabilizar la cotidianidad, encarecer la vida y sembrar el pánico en el suministro básico de los hogares. Es la guerra total camuflada en la tecnología.
En este río revuelto de incertidumbres, la nota alta la dio la cúpula militar de la Alianza Atlántica. En un escenario dominado por la cautela burocrática, la firmeza discursiva del alto mando militar de la OTAN, encarnada por el general estadounidense Alexus Grynkewich, sacudió el ambiente político europeo. El general no se anduvo con rodeos ni con la diplomacia tibia que suele adormecer a Bruselas. Al contrario, puso sobre la mesa una “teoría de la victoria” clara, tajante y sin titubeos: si tocan a un solo miembro de la Alianza, la respuesta no será un simple comunicado de rechazo, sino una contraofensiva militar total destinada a destruir la maquinaria agresora.
Esa demostración de carácter cayó como un manto de seriedad en un momento en que la brújula geopolítica de Washington parece haber perdido el norte. Mientras el mando militar traza líneas rojas infranqueables, el presidente Donald Trump prosigue dando bandazos impredecibles y acaba de sacudir al mundo al levantar temporalmente las sanciones al combustible ruso para permitir la compra masiva de diésel a Moscú. Con el argumento de frenar el alza de los precios antes de las elecciones legislativas de noviembre, la Casa Blanca autorizó una licencia extraordinaria del Tesoro. Un giro desconcertante que en Kiev califican, con justa razón, como un “regalo de cumpleaños” financiero para la maquinaria bélica de Putin.
Es innegable que el inquilino del Kremlin se ha vuelto más temerario. La necesidad de tapar el desgaste de sus tropas lo empuja a una peligrosa huida hacia adelante. Su estrategia actual apunta a las infraestructuras críticas que sostienen el flujo de asistencia a Ucrania. Es decir, ciberataques a centrales eléctricas, sabotajes bajo el mar Báltico, desinformación masiva e incursiones provocadoras de drones en los cielos de los países vecinos. Las agencias de inteligencia occidentales ya no descartan lo que antes parecía una locura de ciencia ficción, el riesgo real de un “ataque militar limitado” a algún territorio de la OTAN, una puesta a prueba para ver si el famoso Artículo 5 de defensa colectiva es una armadura de acero o un simple papel mojado.
Frente a esta mutación del peligro, los liderazgos tradicionales de Europa han tenido que sacudirse la modorra. Francia y Alemania, que al inicio del conflicto titubeaban, hoy hablan abiertamente del peligro ruso. Incluso, París corrió a aclarar que no permitirá que el combustible ruso bendecido por Trump llegue a sus estaciones de servicio, defendiendo la firmeza de los bloques europeos frente al pacto de Washington. Quienes de verdad duermen con un ojo abierto son los habitantes de los países bálticos y nórdicos. Lituania, Estonia, Letonia y Finlandia entienden de primero mano lo que significa tener de vecino a un oso herido y predeciblemente violento.
El panorama exige que la contundencia demostrada por el estamento militar de la OTAN se contagie a los despachos políticos de todo Occidente. No basta con que los generales muestren los dientes si las economías y los gobiernos europeos siguen actuando con la complacencia de quien cree que el fuego está lejos. La paz no se garantiza mendigando treguas ni financiando indirectamente al agresor a cambio de alivio en las estaciones de gasolina. Mientras la incertidumbre se mueve en las decisiones electorales de Estados Unidos, Europa tiene la obligación histórica de blindar su propia seguridad. La frontera de Ucrania es, hoy por hoy, la trinchera donde se define el futuro de la libertad del viejo continente. O se mantiene la firmeza, o Putin terminará de romper el tablero.