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Mientras el que está loco debe ser medicado, el que es loco sale tomar el mundo a su manera, sabiendo que el único límite es no hacerle daño a nadie.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
«En un mundo de locos, tener sentido no tiene sentido», dice el sombrerero loco, ese extraño personaje de Alicia en el país de las maravillas. Tiene el pelo escandalosamente naranja, la nariz escandalosamente grande y la doble condición de ser loco y estar loco porque, quién lo creyera, son condiciones diferentes, aunque, en su caso, la una no excluya a la otra. El sombrerero es loco por convicción y porque su presencia dentro de la historia lo requiere, todo para enseñarnos a ser imaginativos y auténticos en un mundo en donde la autenticidad es cuestionada. Y está loco, recién lo descubrió la neurociencia, porque seguramente, como la mayoría de los sombrereros de la época, se intoxicó con el mercurio que usaba para manipular las pieles con las cuales elaboraba sus sombreros. De ahí el dicho: «Loco como un sombrerero».
Mientras el que está loco debe ser medicado, el que es loco sale tomar el mundo a su manera, sabiendo que el único límite es no hacerle daño a nadie. Si lo pensamos bien, a todos nos convendría una dosis de locura de vez en cuando. Ser locos como esas personas a las que les brillan los ojos hablando de temas que sólo a ellas les interesan y que, por lo general, están excluidos de la típica agenda conversacional. Locos para no permitir que nadie les diga qué pensar, cómo deben vestirse, con quién deben relacionarse, qué carrera deben estudiar, a dónde tienen qué dirigirse, cómo deben comportarse y dónde trabajar. Locos, suficientemente locos, como para salirse de la fila, del camino, del molde, del empaque. Locos como aquellos que ven enemigos dónde hay molinos y, aun así, tienen la valentía de salir a combatirlos. Ana María Matute escribió una vez: «El Quijote es el primer libro con el que he llorado, con la muerte del Quijote, por todo lo que significa: el dejar que la locura desaparezca. Eso es terrible. El triunfo de la sensatez».
Hay que ser muy débil de mente para renunciar a una sana dosis de locura y vivir, sin siquiera cuestionarse, la vida que otros han planeado para uno. Muy, pero muy débil de mente para aceptar convenciones sociales rancias y castrantes y seguirlas sólo porque es lo que todo el mundo hace. «Todo el mundo» es una masa amorfa y desprovista de autenticidad. Y lo que hace es aburrido a fuerza de tanto repetirlo. Tú no eres todo el mundo, tú eres tú y puedes hacer cosas diferentes que te llenen el alma. Si sigues al pie de la letra el libreto que te han dado tan sólo significa que no estás escribiendo tu propia historia. Anais Nin propone no adaptarse a lo corriente: «Me niego a vivir en un mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido en el que vivo en mi mundo. No me adaptaré al mundo, me adapto a mí misma». Yo propongo abrazar una locura sin locura porque ya lo dijo Cortázar: «No cualquiera se vuelve loco, esas cosas hay que merecerlas».