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Réquiem por una ilusión

hace 1 hora
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  • Réquiem por una ilusión

Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho

Termina el gobierno de Gustavo Petro de una manera triste: dando un discurso lleno de imprecisiones e incoherencias al lado del nefasto Quintero; lavándose las manos con el caso de las hermanas Guerrero y, en persona suya, de todos los casos de corrupción hallados en su gobierno; entregando cifras falsas y excusas inverosímiles sobre su fracaso como gobernante.

Es triste, insisto, porque muchos colombianos creyeron en él; muchos -y me incluyo, aunque no voté por él- pensamos que la izquierda en el poder podría dar como resultado algunos cambios estructurales positivos en el estado y en el país, pero durante este cuatrienio se profundizaron las crisis existentes y se sembraron otras nuevas. El autodenominado gobierno del cambio y la vida terminó siendo uno mediocre, ineficiente y corrupto que solo usó al “pueblo” como herramienta retórica mientras se dedicó a gobernar para sus amigos y sus intereses electorales.

Los resultados en materia de seguridad, salud, energía, infraestructura y vivienda, entre otros, son lamentables; la radicalización discursiva se profundizó, las instituciones democráticas fueron atacadas sin tregua y, con escasas excepciones, los resultados de los diferentes frentes de trabajo fueron decepcionantes.

Los fanáticos defensores, siguiendo las excusas de su líder, afirman una y otra vez que al pobre presidente no lo dejaron gobernar. Se equivocan, en el mejor de los casos, pero en general mienten conscientemente: el gobierno de Gustavo Petro tuvo el mayor presupuesto de la historia, bancadas afines en el Congreso y la fortuna de iniciar con un ambiente favorable a su llamado al cambio, pero no supo utilizar el poder para nada más que alimentar su megalomanía y fortalecer sus bases electorales a través de discursos, símbolos y dudosas transferencias de dineros públicos.

Petro dilapidó una oportunidad histórica. Cuando pudo corregir, insistió en sus errores; cuando pudo concertar, eligió la transacción burocrática; cuando pudo representar la unidad nacional, prefirió la espada. La izquierda, junto con las ideas progresistas y las ilusiones de muchos, quedan golpeadas por quien juró defenderlas y terminó siendo un versero sin capacidad de ejecución o autocrítica que entregará el poder al representante de las ideas que prometió combatir. Ahora tendremos que soportar su arrogancia como expresidente, haciendo su acostumbrado chantaje moral a quien no adhiera a su visión y dando cátedra moral e ideológica sobre cómo debe pensarse y hacerse el país después de haber desaprovechado la oportunidad que la historia le ofreció.

Mientras la izquierda, los sindicatos, los ambientalistas y tantos otros movimientos sociales llenos de causas nobles y personas honestas y capaces no tomen distancia real del personaje triste y paranoico en que terminó convertido Petro, la utopía de una nación próspera, cuidadora, diversa, solidaria y pacífica seguirá aplazada y sometida a las ambiciones de líderes manipuladores que nunca han puesto a los colombianos por encima de sus intereses personales.

Se va Petro y perdió Colombia. Espero que nos quede, al menos, la lección de que los discursos y las promesas son envases vacíos cuando no hay honestidad y capacidad para materializarlos; y esto aplica para cualquier tendencia ideológica.

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