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El héroe equivocado

No todos los que votan por ellos son partidarios conscientes del despojo. Pero una democracia no puede ignorar las ideas morales que acompañan a las preferencias políticas.

hace 7 horas
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  • El héroe equivocado
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Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co

En La Rebelión de Atlas, Ayn Rand expresó una opinión especialmente provocadora sobre Robin Hood. A diferencia de la mayoría de la gente, no lo consideraba un héroe, sino uno de los símbolos más inmorales y despreciables de nuestra cultura. Es el símbolo – escribe Rand – de la idea según la cual la necesidad, no el logro, es la fuente de todo derecho; de que no es necesario producir, solo necesitar y de que esa necesidad hace justo apropiarse, directamente o por mano ajena, de lo producido por otro.

Pablo Escobar llegó a ser venerado en algunos sectores de Medellín porque construyó viviendas, parques y canchas en los barrios populares. El origen de su fortuna —el narcotráfico, el asesinato, el terrorismo— quedaba relegado a un segundo plano ante la imagen del benefactor. El delincuente adquiría así una aureola de justiciero social.

Lo ocurrido en Riohacha con el sepelio de “Bendito Menor” ofrece otra perturbadora ilustración del mismo fenómeno. A la muerte de un criminal, hubo manifestaciones de admiración y muestras de pesar que contrastan con la naturaleza de sus actividades. No importa aquí juzgar las circunstancias particulares del personaje. Lo inquietante es que una comunidad pueda convertir a un delincuente en objeto de homenaje.

Pero el fenómeno no se limita al mundo criminal. También aparece en la política, aunque de una manera aparentemente dignificada y, precisamente por eso, más difícil de advertir.

Durante años, el discurso de la izquierda colombiana ha presentado al propietario, al empresario y al que ha acumulado riqueza como sospechosos de haberla obtenido a costa de alguien. El Estado aparece entonces como el Robin Hood institucional: toma mediante impuestos progresivos, regulaciones, expropiaciones o corrupción y entrega a otros.

El éxito político de ese discurso, que es el de Gustavo Petro y el de Iván Cepeda, debería hacernos pensar menos en las personas y más en las ideas que lo hacen posible. No en vano Petro lamentó hasta el llanto la muerte del joven criminal.

No todos los que votan por ellos son partidarios conscientes del despojo. Pero una democracia no puede ignorar las ideas morales que acompañan a las preferencias políticas. Cuando se instala la convicción de que tener es sospechoso y quitar es virtuoso si se invoca una causa social, la propiedad deja de ser un derecho y se convierte en una concesión del poder.

El problema es más grave porque el espíritu de Robin Hood – convertir necesidades en derechos- está en enquistado en la Constitución, en el discurso de todos los partidos y en la mentalidad de la mayoría de los colombianos.

Por eso la batalla cultural no se gana solamente discutiendo impuestos, subsidios o tamaño del Estado. Hay que discutir los símbolos. Hay que volver a enseñar que producir, ahorrar, invertir, contratar y respetar la propiedad ajena son conductas moralmente superiores al despojo, aunque este último se disfrace de generosidad o de justicia social.

Si queremos ganar esa batalla, tendremos que atrevernos a decir lo que resulta políticamente incorrecto: Robin Hood no era un héroe, era un maldito delincuente.

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