Pico y Placa Medellín
viernes
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com
Se escucha el timbre de un teléfono. Uno de los de antes. De bocina con cable y disco para llamar. Un hombre contesta. De inmediato reconoce la voz del niño que no tiene más de diez años y quien entusiasmado lo saluda. —Hola, soy yo— y sin esperar a que le responda, le suelta una ráfaga de preguntas como si no hubiera tiempo que perder, como si fuera una tarea atrasada que reclamara respuestas inmediatas.
Le dice que solo quería saber si él seguía teniendo a sus amigos de infancia y si todavía jugaban fútbol juntos como tanto le gustaba. Que si él finalmente tuvo ese juguete que tanto quería y si había podido ser piloto, bombero o policía. La vocecita ni respira y hasta le pide que aunque sabe que es muy pequeño y es algo que aún no le importa mucho, le cuente si le gusta alguna niña.
—Hola, pequeño—. El hombre respira. Contiene la emoción. Le dice que él ha hecho las cosas bien y se siente muy orgulloso porque a pesar de todos los momentos duros que atravesó siempre ha sido muy valiente. Sobre el amor, que a él llegaron personas que le enseñaron mucho, pero que aprendió que el más grande es el que sienta por él mismo.
Sobre todos esos sueños que él tenía le confiesa que tal vez no se cumplieron todos ni se cumplirán como él los quería, pero que aprendió que cada cosa pasa en su propio tiempo y que él aprendió a ser muy paciente. Le dice que así como cuando se caían de la bicicleta, había que levantarse pronto y preocuparse por el dolor más tarde, porque el dolor siempre puede pasar.
—Estoy muy orgulloso de lo que lograremos pequeño, pero por favor no te rindas. Te amo mucho— le dice despidiéndose.
—Y yo te amo más—
La grandeza personal está en tener una respuesta honesta y sin excusas para el niño que una vez fuiste. No son trofeos o haber cumplido cada capricho, sino de los valores fundamentales que sobrevivieron a las experiencias y el desgaste de los años. La plenitud de cumplirle a nuestra alma, a esa vocecita interna que siempre espera que cumplas tu palabra. ¿Qué te preguntaría?
Responderle con la verdad es hacerlo con tu capacidad de resistir. Incluso es sano sentir que se le debe una disculpa al reconocer que en algunas circunstancias no dimos todo lo que podíamos. No hay que temer preguntarse si nos convertimos en ese alguien en quien cuando niños confiaríamos. Si nos sentiríamos protegidos, acompañados, amados. Si quizá al comprender el mundo de los adultos, olvidamos entender el universo que creamos de pequeños.
Hay que pensar si quizá parte de esa satisfacción y felicidad que te llena cuando valoras cualquier logro, no es acaso también una llamada desde el pasado para decirte que hay una criatura que solo sabe de jugar y soñar, que está orgullosa de ti. Que te llama para decirte que la estás haciendo grande.