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El profeta y el custodio

hace 14 horas
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Por Aldo Civico - @acivico

Se suele contraponer. Un papa corrige al otro, una época reemplaza la otra. Pero es una lectura demasiado superficial y fácil de los cambios en la iglesia católica. De hecho la historia eclesial no suele avanzar por rupturas, sino por movimientos que se completan. Es desde esa lógica que se debe entender los primeros once meses del papa León XIV; no como reacción al papa Francisco, sino como un desarrollo interno de su intuición más radical.

Francisco ha sido, en el sentido más profundo, un profeta. No en el sentido de quien predice, sino de quien abre. De hecho, rompió automatismos, desplazó a la Iglesia hacia las periferias, devolvió a la misericordia su centralidad evangélica. Creó espacio. Hizo posible un encuentro que, para muchos, parecía perdido. Fue una apertura necesaria y urgente. Pero toda apertura trae consigo también una pregunta inevitable: ¿qué pasa después?

Porque el espacio abierto, si no encuentra una forma, se puede convertir en vacío. Ahí es donde se sitúa el nuevo pontificado. León XIV no cierra lo que Francisco abrió. No retrocede y no restaura. En lugar hace algo más complejo; intenta hacer habitable lo que ha sido abierto; le da espesor ontológico. Si Francisco es el profeta, León XIV es el custodio. No tanto de la norma, sino de la forma. Y en este contexto, custodiar, no significa defender el pasado sino evitar que lo que se abrió se diluya.

Se percibe en muchos detalles; en un lenguaje más sobrio, en una menor exposición personal, en cierta gravedad que reemplaza la inmediatez. No es un enfriamiento sino un desplazamiento: de la fuerza del gesto a la consistencia de la estructura. También la insistencia en el orden, los límites, la verdad, debe leerse desde ahí. No se trata de una corrección a la misericordia, sino como su condición de posibilidad, dado que una misericordia sin forma corre el riesgo de volverse sentimiento.

La cuestión, en el fondo, es antropológica. En un tiempo en el que la identidad parece cada vez más fluida, negociable, reconstruible sin fin, el llamado a la forma no es un gesto de cierre. Más bien es un intento de orientar. Como lo sugieren, desde distintos ángulos, pensadores como Martin Heidegger o Hans Urs von Balthasar, el ser humano no es pura auto-invención sino una respuesta a algo que lo precede.

Por ende el paso entre ambos pontificados no es una tensión entre opuestos, sino un mismo movimiento que se profundiza. Francisco reabrió la posibilidad del encuentro. León XIV parece enfocado en dar forma a una vida que ha sido tocada por la misericordia. Por un lado abrir es un acto, pero quedarse es un proceso. Y tal vez ahí se juega el sentido más profundo de este momento eclesial. No elegir entre apertura u orden, periferia o centro, misericordia o verdad. Sino en la capacidad de sostenerlos juntos sin que uno anule al otro. Francisco abrió. León XIV hace posible quedarse. Entonces no es una corrección y menos una restauración. Más bien es la forma que permite que la apertura no se pierda.

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