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Aspirábamos a jugar en el Atlético Nacional. Nuestros proletarios taitas eran buenos como el pan. Nadie se enorgullecía de ser una persona correcta. Eso venía en el paquete.
Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com
En la jerga de los años cincuenta nos decían chinches, chingas, masas. “Anticristos de la calle”, les dicen en Brasil. Dios era un señor “infinitamente bueno, sabio, justo , poderoso, principio y fin de todas las cosas”. Le temíamos. El cuadro del Corazón de Jesús nos monitoreaba desde la pared. Le confesábamos los mismos pecadillos al padre Hernando Barrientos párroco de san Cayetano. O a los agustinos de san Nicolás.
Por esa época, mi contemporáneo y yo descubrimos el cine en los teatros de Berlín y Aranjuez. Formábamos parte de la aristocracia de gallinero. En esos cinemas paradiso veíamos películas sin besos porque los tapaban las manos de don Pedro el sacristán y pianista que despedía la misa dominical con guarachas de la Sonora Matancera o música para órgano de Bach.
Las puertas de nuestras casas en Berlín y Aranjuez las cuñaban con caracoles que se habían tragado el mar que escuchábamos acercándolos a la oreja. Curiosos de oficio, nos preguntábamos cómo se metía la gente que hablaba por la radio que hacía las veces de televisión, periódico e internet. A lo mejor nos enamoramos de la misma perturbadora pecosa de diez años.
Seguramente, la misma maestra nos enseñó a juntar vocales y consonantes. Los primeros best sellers que leímos fueron “La alegría de leer”, el catecismo de Astete y la Historia Sagrada, de Bruño, donde vimos a la primera mujer que nos alborotó la bilirrubina: mamá Eva, cubierta apenas con hojas de parra. Nos enseñó el pecado original de caer la tentación.
La calle era el principal cuarto de la casa. Era sinónimo de libertad, despelote. Olía a fruta prohibida, a mujer del prójimo. Éramos ricos sin plata. Como el general Eisenhower éramos felices pero no lo sabíamos.
Seguramente fuimos rivales de fútbol en la cancha de nuestra Escuela José Eusebio Caro, o en algún peladero de Campo Valdés, La Piñuela o Manrique. Como los partidos terminaban en pedreas, a lo mejor me descalabró o lo descalabré. Aspirábamos a jugar en el Atlético Nacional. Nuestros proletarios taitas eran buenos como el pan. Nadie se enorgullecía de ser una persona correcta. Eso venía en el paquete.
Para no gastar los tenis Croydon jugábamos fútbol a pie limpio como el Nobel Camus, con la diferencia de que nunca pasamos de ser noveles escribidores. Fue nuestra disculpa para ahorrarnos la nieve de Estocolmo donde entregan el premio.
Mi contemporáneo el Coco Rodrigo Ramírez Restrepo y yo compartimos esa ingenua infancia con octogenarios felices como mi hermano Fernando, el obispo Alejandro Castaño y el exitoso asegurador Rodrigo Arango. El Coco y yo nos conocimos 70 años después, en pleno ocaso. Sabemos que un tropezón “cualquiera da en la vida”, como dice el tango que nos hermana desde piernipeludos. Pero somos huesos duros de roer y pronto nos recuperamos.