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Cuando se habla de los riesgos de la IA, rara vez se considera su posible impacto negativo sobre la productividad.
Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
Elon Musk es posiblemente la persona más productiva de la historia. Más allá de la gigantesca fortuna que ha construido, lo que hace en su día a día es bastante impresionante. Dirige simultáneamente Tesla y SpaceX, define la estrategia de X (Twitter), y participa activamente en varias organizaciones sin ánimo de lucro y en debates de política pública.
¿Cómo carajos lo hace? Según él mismo, mediante una focalización radical del tiempo. Organiza su agenda en “días temáticos”, dedicados exclusivamente a un solo proyecto. En una versión de su rutina, concentra lunes y viernes en SpaceX y el resto de la semana en Tesla. En otras, menciona rotar semanas completas entre empresas.
Detrás de estas rutinas—más allá de cuán ciertas sean—está el aprovechamiento de un principio de la psicología cognitiva que todos deberíamos entender mejor: la carga cognitiva. Esta se refiere al esfuerzo mental de procesar información, tomar decisiones y sostener la atención. Nuestra memoria de trabajo—el “lugar” donde se procesa la información que vamos utilizando—es limitada. Esa memoria se llena cuando enfrentamos información muy compleja (carga intrínseca) o cuando esa información se presenta de forma confusa o desorganizada (carga extrínseca).
Gestionar esta carga cognitiva se ha convertido en uno de los grandes desafíos de nuestra época. Consumimos decenas de fragmentos de información al día, provenientes de contextos muy distintos, en formatos densos y poco estructurados. Piensen en todos esos videos cortos de redes sociales con cambios rápidos de cámara, música, texto superpuesto y memes. Cada uno exige que prestemos atención, le demos sentido, evaluemos sus implicaciones y decidamos cómo reaccionar. El constante cambio de un contenido a otro multiplica ese esfuerzo y su costo se evidencia de muchas formas. Dos bastante familiares son la dificultad para concentrarnos después de solo unos minutos de este consumo, y un cansancio profundo al final del día, aunque apenas recordemos qué vimos o aprendimos.
Lo que quisiera hacerles notar hoy es que la inteligencia artificial ha intensificado este problema. Herramientas como ChatGPT no solo responden a nuestras demandas, sino que sugieren, expanden, y abren nuevas líneas de acción. Es común llegar a ellas con una pregunta puntual y terminar, horas después, inmersos en un “rabbit hole” que nunca habíamos considerado.
Esto no es solo mi intuición. Un estudio reciente liderado por Matt Beane, de la Universidad de California en Santa Bárbara, documenta este proceso. Al observar a profesionales financieros realizando tareas complejas con ayuda de IA, los investigadores encontraron que la carga cognitiva extrínseca generada por la herramienta tiene un impacto negativo en el desempeño que es aproximadamente tres veces mayor que la complejidad propia de la tarea. Este costo proviene principalmente de respuestas muy extensas, desvíos constantes del objetivo original y la necesidad de reconfigurar la atención una y otra vez.
Pero incluso sin usarla directamente, la IA nos ha puesto en un entorno en el que estamos expuestos a más información de la que podemos procesar. Desde la adopción generalizada de ChatGPT, los correos son más largos, los documentos más frecuentes y las presentaciones más elaboradas. Y sí, la misma IA nos ayuda también a procesar esta avalancha de contenido, pero, al final del día, nuestra capacidad cognitiva sigue siendo la misma y es en ella en que descansa la responsabilidad de las decisiones que tomamos.
Preocupa además que los incentivos de las empresas generadoras de modelos de IA, como OpenAI o Anthropic, apuntan a maximizar el uso de aquellos, a generar más interacciones, más consultas. Y si el negocio es expandir el uso, tal como evidenciamos con la evolución de las redes sociales en los últimos 15 años, lo que deberíamos esperar es que estas herramientas traigan cada vez mayor peso sobre nuestra atención.
Todo esto apunta a una conversación que deberíamos empezar a tener. Cuando se habla de los riesgos de la IA, rara vez se considera su posible impacto negativo sobre la productividad. Si algo, lo que existe es un consenso alrededor de cómo esta nos hace inequívocamente más productivos. ¿Cómo no habría de hacerlo, si equivale a tener un equipo de expertos disponibles al instante para cualquier tema?
Sin embargo, la realidad es más compleja. Junto a las ganancias evidentes, han surgido costos cognitivos y emocionales nuevos. Cualquiera que haya participado en reuniones largas con un equipo de asesores sabe lo demandante que resultan. Ahora imaginemos que nuestros días se convierten en una reunión permanente con esos asesores. Esos costos, a la larga, pueden ser mucho más altos de lo que hoy suponemos.