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Bienvenido al mundo, aquí está tu pantalla

Hay edades en las que el progreso lo marca nuestra propia esencia humana.

hace 1 hora
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  • Bienvenido al mundo, aquí está tu pantalla

Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com

Entre todos los titulares que se leen a diario en X, esta semana uno llamo mi atención. Decía: “Escanearon los cerebros de 60 niños de 3 a 5 años y descubrieron que el tiempo frente a pantallas interactivas está causando una pérdida medible de sustancia blanca en sus cerebros en desarrollo. Incluso solo 2 horas al día están ligadas a una conectividad neural deteriorada, así como al desarrollo del lenguaje y la alfabetización.”

Lo que me impresionó no fue el estudio, que después consulté y que tiene conclusiones devastadoras, sino que el titular asume, sin escándalo, que hay padres para quienes entregarle un celular a un niño de 3 años es parte de la rutina normal de un día.

La última vez que registré esa normalidad fue en un aeropuerto, una familia de cuatro: los adultos en sus celulares, los niños, de unos 7 y 10 años, en los suyos. Nadie incómodo, nadie reclamando y cada uno cayendo, como Alicia, por su propio agujero negro.

Me perturbó la escena y lo ordinaria que se veía, lo normal que parecía para todos.

Comentarlo no es señalar con ojos de juez a las familias que lo hacen, pero vale la pena preguntarse qué tipo de familias somos hoy y cómo hemos construido nuestras rutinas para identificar en qué momento nos empezó a parecer normal.

Hoy somos, la mayoría, familias de doble ingreso con jornadas de trabajo que no cierran ni terminan a una hora determinada. Muchos no tenemos red de apoyo cerca e intentamos implementar ese multitasking que se vende como ventaja, pero que está lejos de ser una cualidad admirable. La socióloga argentina Eleonor Faur lo documentó diciendo que en un mundo donde el modelo del hombre proveedor y el ama de casa de tiempo completo han caducado, nadie rediseñó quién cuida a los niños, nadie preguntó si el modelo de familia nuclear sin red extendida era sostenible y nadie midió los tiempos de trabajo para guardar los espacios familiares indispensables del día a día.

La pantalla fue la que llenó ese vacío con una eficiencia brutal: entretiene, calma, no cobra, no se cansa y a muchos les funciona como consolador permanente. El psicólogo social Jonathan Haidt documentó que entre 2010 y 2015 ocurrió lo que llamó el “gran recableado de la infancia”: las plataformas tecnológicas aprendieron a explotar la atención de los niños con una precisión milimétrica y lo hicieron con fines de lucro.

Vuelvo al estudio que me detuvo. El equipo del Cincinnati Children’s Hospital, publicado en JAMA Pediatrics, encontró que la sustancia blanca del cerebro, las fibras que conectan las células nerviosas y permiten que el pensamiento fluya, se desarrolla en proporción directa a cuánto se usa. Es decir, las vías del lenguaje se vuelven más gruesas y eficientes con el uso, o se atrofian sin él y antes de los 5 años, el cerebro crece más rápido que en cualquier otro momento de la vida y es exquisitamente sensible a todo lo que le pasa.

Los padres entregaron el celular, pero hubo alguien que lo construyó para que fuera irresistible precisamente a esa edad, cuando la curiosidad y la creatividad son las que van delineando el ritmo de la vida.

Luego los colegios pusieron la tableta en el pupitre y los gobiernos lo llamaron herramienta de aprendizaje mientras el mercado lo vende como progreso.

Lo es, no hay duda, pero hay edades en las que el progreso lo marca nuestra propia esencia humana: la creatividad, la intuición, la curiosidad y la imaginación.

No entiendo cómo si los estudios llevan años diciéndolo y si la evidencia es tan contundente, por qué los padres no hemos hecho suficiente con esa información.

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