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La cobardía de Iván Cepeda

Cuando alguien decide no asistir, está enviando un mensaje claro. Cepeda, con su actitud soberbia, es indigno de la presidencia de Colombia. Ojalá las urnas lo castiguen.

hace 16 minutos
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  • La cobardía de Iván Cepeda

Por Diego Santos - @diegoasantos

Por estos días, en medio del ruido de la campaña, hay un hecho que debería llamar más la atención de lo que parece: Iván Cepeda no quiere debatir. Y sí, el candidato de Gustavo Petro está en todo su derecho de no hacerlo, pero en política, las ausencias nunca son peligrosas.

Un candidato presidencial puede cometer errores, decir cosas impopulares o incluso perder un debate. Todo eso hace parte del juego democrático. Pero hay una línea que no debería cruzarse: la de evadir el contraste de ideas, ya que cuando alguien aspira a gobernar un país de más de 50 millones de personas, lo mínimo que se espera es que esté dispuesto a sentarse, dar la cara y responder preguntas difíciles.

No hacerlo no es una estrategia brillante. Es un síntoma. Y es que gobernar no es un ejercicio de comodidad. No es leer discursos escritos por otros ni moverse en entornos controlados donde todo está previamente calculado. Gobernar implica enfrentar crisis económicas, negociar con actores internacionales, tomar decisiones que afectan la vida de millones y, sobre todo, responderle al país cuando las cosas no salen bien.

Si un candidato no está dispuesto a exponerse en un set de televisión frente a un moderador y a sus contradictores, ¿qué nos hace pensar que lo hará cuando tenga el poder? Los debates no son un accesorio de campaña. Son, probablemente, el único espacio en el que el ciudadano puede ver al candidato sin filtros, sin guion y sin la protección permanente de su equipo. Es ahí donde se mide la coherencia, la preparación y, sobre todo, el carácter.

Por eso, cuando alguien decide no asistir, está enviando un mensaje claro. No necesariamente el que cree, pero sí el que se percibe. El que tiene propuestas sólidas, debate; El que confía en sus ideas, debate, y el que respeta al votante, debate. El que no lo hace, deja preguntas abiertas.

¿Está evitando errores? Tal vez. ¿Está calculando costos políticos? Seguramente.

Pero también está proyectando algo más profundo: que el escrutinio es un riesgo que prefiere no asumir. Y eso es problemático.

Porque la democracia no se construye sobre certezas incuestionadas, sino sobre la capacidad de someter las ideas al juicio público. Huir de ese ejercicio no es solo una decisión de campaña; es una señal de cómo se entiende el poder.

La silla vacía, entonces, no es un detalle menor. Es un símbolo muy diciente. No habla de superioridad ni de control. Habla de fragilidad, de una candidatura que, frente al momento más exigente de la deliberación democrática, decide no estar.

Y en política, como en la vida, hay decisiones que terminan definiéndolo todo. Esta puede ser una de ellas. En mayo, cuando los colombianos entren al cubículo, no solo estarán eligiendo entre nombres. Estarán eligiendo entre estilos de liderazgo,entre quienes enfrentan las preguntas, y quienes prefieren evitarlas. Cepeda, con su actitud soberbia, es indigno de la presidencia de Colombia. Ojalá las urnas lo castiguen.

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