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Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
Uno de los mayores retos del ser humano es sobrellevar la incertidumbre. Todos, sin importar quiénes seamos, padecemos la angustia de no saber si el camino que emprendimos es el correcto o si nos conduce a un futuro trágico. Durante siglos, la manera más común de lidiar con esa angustia fue confiar en la guía de una fuerza superior. Para la mayoría de nuestros ancestros, esa fuerza era una deidad protectora. Para muchos hoy, son los datos —o “la data”, como prefieren llamarla quienes conservan la costumbre de personificar las fuerzas superiores. Estos creen que, si les prestan suficiente atención, los datos les revelarán el camino correcto.
Buena parte de esa confianza en los datos refleja una profunda ingenuidad y un notable desconocimiento sobre cómo funciona el mundo. He escrito antes sobre el tema, pero quisiera volver a él para concentrarme en una confusión específica bastante frecuente entre aquel tipo de creyentes: la de pensar que la información extraída de datos estáticos es útil para la toma de decisiones dentro de procesos dinámicos. La manera más sencilla de explicar esta confusión es recurrir al concepto de ergodicidad.
Si nunca ha oído hablar de ergodicidad, permítame ilustrarla con un ejemplo. Imagine un negocio en el que se participa una vez al mes y cuyo rendimiento depende de lo que salga al lanzar un dado perfectamente equilibrado: con 1 pierde 60%; con 2, 30%; con 3 queda igual; con 4 gana 20%; con 5, 40%; y con 6, 60%. La expectativa de rendimiento es, entonces, de 5%. Ahora considere dos maneras de participar.
En la primera, usted mantiene siempre la misma exposición: pone $1.000 al comenzar cada mes y al final retira la ganancia. Si cien personas participaran un solo mes, cada una ganaría en promedio $50; el grupo entero ganaría unos $5.000. Si una sola persona participara cien meses, ganaría también $50 mensuales en promedio y terminaría con unos $5.000 acumulados.
En la segunda, usted pone $1.000 una sola vez y reinvierte todo cada mes, con lo que el capital completo queda expuesto al dado en cada ronda. El rendimiento promedio por ronda no cambia —sigue siendo 5%—, pero el rendimiento a lo largo del tiempo, sí. Si cien personas participan un solo mes, cada una termina, en promedio, con $1.050. Si una sola persona participa cien meses, terminará con unos $9. Es decir, habrá perdido el 99% de su capital. La razón es que los rendimientos se multiplican, y un mes de -60% no se compensa con uno de +60%; quien pierde 60% necesita ganar 150% para volver al punto de partida.
Un proceso es ergódico cuando el promedio (estático) observado entre muchas personas en un momento dado coincide con el que experimentaría una sola persona a lo largo del tiempo (el promedio dinámico). El primer formato del negocio que describo arriba es ergódico; el segundo, no. En los procesos no ergódicos la trayectoria importa, los eventos se acumulan y ciertas pérdidas o ganancias alteran de forma permanente las posibilidades futuras.
Quienes afirman decidir “basados en datos” suelen apoyarse justamente en promedios estáticos, como si el mundo fuera ergódico. Utilizan como señales el salario medio de una profesión, la tasa de divorcio de las parejas que comparten cierto rasgo, la estrategia que utilizan los fondos de inversión más rentables. Pero esa información resulta sorprendentemente inútil para decidir qué profesión elegir, con quién casarse o cómo invertir los ahorros. Cada una de esas decisiones inicia un proceso no ergódico en el que cada paso modifica el conjunto de oportunidades futuras.
Piense en alguien que decide montar un negocio porque leyó que el patrimonio promedio de quienes lo hacen supera con creces el de un empleado. Para financiarlo hipoteca su casa. Si prospera, el capital, los contactos y la reputación acumulados le permitirán después invertir más dinero, aprovechando economías de escala; corregir errores y redundancias en los procesos, reduciendo costos operativos; y acercarse a una clientela que ya lo conoce y que, posiblemente, esté dispuesta a demandar más de su producto. Ahora bien, si fracasa, no regresa al punto de partida: regresa endeudado, sin garantías que ofrecer y con un historial que seguramente le cierra la puerta a un segundo intento. El promedio en el que se apoyó describe un mundo donde el juego se repite muchas veces, pero él solo podrá jugar una sola, y el resultado de esa jugada determinará si habrá otra.
Por eso resulta tan engañoso estudiar sistemáticamente a los ganadores—otro error muy común entre los creyentes en los datos. Esas figuras exitosas que llegan a las portadas, a los libros y a los pódcast son, por definición, aquellos a quienes las primeras jugadas no eliminaron. Reconstruir su camino promedio no es más que el retrato de las trayectorias que sobrevivieron, marcadas casi siempre por una sucesión de golpes de suerte imposibles de reproducir. Y los consejos que de allí se extraen —apostarlo todo, no tener plan B, ignorar a los escépticos— suenan sensatos solo porque quienes los siguieron y quedaron fuera no están para contradecirlos. Nadie escribe el libro del que hipotecó la casa y la perdió.
En un mundo no ergódico, poco sirve saber qué funciona en promedio y menos aún qué les funcionó a los exitosos. Lo que hace falta es entender el contexto específico que uno enfrenta; reconocer cuáles estrategias pueden sacarlo del juego si la fortuna no acompaña y evitarlas a toda costa, y preferir aquellas en las que la buena fortuna produce beneficios altos mientras las pérdidas permanecen acotadas. Aceptar la incertidumbre y exponerse a ella en esos términos —de modo que el paso del tiempo juegue a favor y no en contra— es la única solución verdadera. Y para eso, más que dato, lo que se requiere es olfato.