El sonido del trombón de Willie Colón parecía llevar consigo el ruido de la ciudad donde creció: bocinas, pasos apresurados y voces mezcladas en distintos acentos. Desde joven entendió que Nueva York no solo era un lugar para sobrevivir, sino un laboratorio musical donde los ritmos del Caribe podían reinventarse. Este 21 de febrero, la muerte del artista marca el cierre de una vida que ayudó a definir la identidad sonora de la salsa.
Nieto de puertorriqueños y criado en el Bronx, Colón empezó tocando en esquinas y pequeños escenarios cuando la escena latina apenas comenzaba a consolidarse. Mientras nombres como Eddie Palmieri, Tito Puente y Ray Barreto abrían camino, el joven trombonista buscaba un sonido propio entre el jazz neoyorquino, el mambo, el son cubano, la música jíbara y el chachachá que circulaban por los barrios migrantes.
La ciudad fue su escuela y también su plataforma. En Nueva York, donde pasó sus últimos días hospitalizado, encontró el espacio ideal para proyectar la salsa más allá de los clubes latinos y convertirla en un fenómeno continental. Su salto definitivo llegó con Fania Records, el sello fundado por Johnny Pacheco que terminaría siendo el epicentro del movimiento salsero.
Allí comenzó a construir alianzas que marcarían la historia del género. Su trabajo junto a Héctor Lavoe dio origen a una de las duplas más recordadas de la música latina, una combinación de calle y ritmo que conectó con la experiencia migrante de toda una generación. Más adelante, colaboraría con Rubén Blades, Celia Cruz e Ismael Miranda, artistas con quienes ayudó a consolidar discos que hoy son considerados piezas fundamentales del repertorio salsero.
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