En uno de los mejores hospitales para el tratamiento del cáncer a nivel mundial, un colombiano está desarrollando una terapia prometedora para tratar esta enfermedad, la segunda causa de muerte en el mundo, que cobra alrededor de 10 millones de vidas cada año.
El Memorial Sloan Kettering Cancer Center está ubicado en Manhattan, Nueva York, y allí trabaja Juan Carlos Osorio, el oncólogo colombiano cuyo nombre bautiza uno de los laboratorios del programa de inmuno-oncología de este centro de salud: The Juan Osorio Lab.
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En su laboratorio, en el que trabaja junto a cuatro profesionales, Osorio estudia cómo funcionan las defensas del cuerpo con el fin de aplicar ese conocimiento para crear tratamientos contra el cáncer más efectivos y duraderos. Su trabajo se enfoca en aprovechar mejor una parte del sistema inmune que todavía está poco explorada para ayudar al cuerpo a combatir el cáncer, sobre todo en casos en los que los tratamientos actuales, basados en células T, no funcionan bien, como señala la introducción del laboratorio en el sitio web oficial del Memorial Sloan.
Para dirigir un espacio en uno de los mejores hospitales del mundo, el recorrido ha sido largo. Osorio, quien conversó con EL COLOMBIANO, es de Ibagué y es médico de la Universidad Nacional de Colombia. Fue en 2012, después de graduarse, cuando decidió viajar a Estados Unidos con la convicción de dedicarse a la investigación.
Primero llegó a Boston, al Brigham and Women’s Hospital –que hace parte de Harvard University–, donde trabajó durante tres años en investigación básica sobre enfermedades pulmonares.
“Esa fue la primera vez que hice investigación seria en ciencias básicas y donde confirmé que era algo que quería incorporar en mi carrera. Sin embargo, cuando uno llega a ese punto, dedicarse solo a la investigación es una opción, pero yo también quería mantener mi rol como médico y esa cercanía con el paciente, que es lo que, en mi caso, inspira las preguntas que quiero responder en el laboratorio”, cuenta el especialista.
Después se especializó en medicina interna en el Weill Cornell Medical Center, y fue durante los tres años de ese programa, mientras se entrenaba clínicamente, que vio que en oncología se estaban dando grandes avances en investigación. Justo al frente estaba el Memorial Sloan Kettering Cancer Center, un referente en investigación sobre cáncer, donde después Osorio se especializó en oncología.
“Me uní a un laboratorio para estudiar las bases inmunológicas del cáncer, enfocándome en anticuerpos: cómo desarrollarlos, cómo modificarlos y cómo programar el sistema inmune para que ataque el cáncer. Después de unos cinco años en ese proceso, decidí aplicar para tener mi propio laboratorio, lo cual logré hace muy poco”, explica. Añade que es una carrera que no ha construido en soledad, sino con el respaldo de mentores “que han servido como guía y referencia”.
A finales de 2025, fueron publicados los resultados del primer estudio en humanos de un anticuerpo agonista de CD40, que es la principal investigación que están desarrollando actualmente en The Juan Osorio Lab.
El CD40 está en células clave del sistema inmune, como las células dendríticas –encargadas de mostrarle al cuerpo qué debe atacar–, y cuando se activa, estas células funcionan mejor y ayudan a que el sistema inmune reconozca el tumor. Los científicos descubrieron que pueden activar este proceso usando anticuerpos, y por eso en este estudio crearon una versión llamada 2141-V11.
En la investigación participaron 12 pacientes con cáncer: seis de ellos tuvieron una reducción del tumor, y en dos casos la enfermedad desapareció por completo y de forma duradera.
A pesar de ser apenas un estudio de fase 1, estos resultados dan luces de lo prometedora que puede llegar a ser la investigación del equipo de Osorio para el desarrollo de una nueva terapia contra esta enfermedad.
¿Qué fue lo que hizo que quisiera inclinar su carrera hacia la investigación sobre el cáncer?
“Lo que sucede es que la oncología es una de las ramas de la medicina que creo tiene una conexión muy rápida entre lo que se encuentra en el laboratorio y lo que puedes aplicar en los pacientes.
Y en la parte clínica, me parece que hay una necesidad grandísima. Uno encontraba casos superfrustrantes en los cuales ve pacientes –y eso fue algo que me marcó mucho–, como, por ejemplo, con cáncer de pulmón: antiguamente, si tenías ese tipo de cáncer, te daban quimioterapia y, si la primera línea de tratamiento no funcionaba, veías que esos pacientes, literalmente, no tenían nada más que hacer; uno simplemente no tenía más opciones. Y ver cómo, cuando llegan a este tipo de terapias, hay personas que tienen respuestas completas, que vuelven a tener su vida y que duran muchísimos más años.
Fue algo que dije: ‘Wow, eso es algo muy bueno, el ver cómo trabajar desde la parte básica puede traer beneficios tan tangibles para mucha gente’. Entonces, también la oncología te ofrece esa oportunidad de estar muy, muy cerca de lo que realmente es la fragilidad de la vida y de cómo un tratamiento puede cambiar, en definitiva, la calidad de esta.
En otros casos, también te enfrentas a aceptar la realidad, de acompañar al paciente en sus últimos momentos en ese proceso de tener una muerte digna. Y esa es una relación a la que no necesariamente todos los médicos están acostumbrados, porque todos los médicos quieren que los pacientes mejoren, pero también hay que tener profesionales que acompañen a morir de manera digna, y creo que eso es algo que también hace parte del trabajo y que me parece importante”.
Cuando usted comenzó a trabajar en este campo una de las cosas que más le llamó la atención eran los avances en investigación que se estaban realizando. ¿Cuáles eran y cómo se relacionan con el trabajo que esta desarrollando actualmente en su laboratorio?
Cuando estaba en entrenamiento, lo que realmente cambió la manera en que se trataban muchos tumores en inmunoterapia fue lo que se conoce como checkpoint inhibitors. Son anticuerpos que, básicamente, le quitan los frenos a tus células inmunes para que puedan atacar el cáncer.
Eso, para mí, fue fascinante: cómo dar un anticuerpo puede hacer que tu propio sistema inmune reconozca o vea las células cancerígenas como algo externo. Fue algo tan importante que llevó a James Allison a ganar el Nobel de Medicina en 2018.
Entonces, ver todo eso fue lo que hizo que me interesara por los anticuerpos. Estos son proteínas que tú produces; por ejemplo, cuando te aplican una vacuna, generas una respuesta con anticuerpos que va a prevenir que una infección te afecte en el futuro.
La idea es usar ese mismo tipo de herramientas, pero no para prevenir una infección, sino para atacar un tumor o una célula cancerígena.
A partir de ese concepto es que se centra mi laboratorio ahora: en entender cómo estas moléculas atacan o pueden programar tus células inmunes y, a partir de ese aprendizaje, cómo se pueden modificar algunas de sus secuencias o su diseño”.
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¿Hoy en día qué tan común es la inmunoterapia y en qué tipos de cáncer se utiliza?
“Es bastante común y también hay varios tipos de inmunoterapias, como las células CAR-T, que también están transformando la manera en que tratamos el cáncer. Es un tratamiento en el que se utilizan las propias células del sistema inmune del paciente para combatir el cáncer. Primero, se extraen las células T de su sangre. Luego, en el laboratorio, se modifican genéticamente para que produzcan un receptor especial –llamado CAR– que les permite reconocer y atacar las células cancerosas.
Después de esta modificación, las células se multiplican en grandes cantidades y se vuelven a introducir en el paciente mediante una infusión, con el objetivo de que identifiquen y destruyan el tumor.
Las inmunoterapias se han adaptado a muchísimos tipos de cáncer y, en la mayoría de los casos, se usan en combinación con quimioterapia. Los cánceres que inicialmente demostraron mayor respuesta fueron el melanoma, el cáncer de pulmón, el cáncer de vejiga y el cáncer de riñón, pero hoy en día hay muchos otros tipos de cáncer en los que se ha visto beneficio con este tipo de tratamientos”.
Y en su laboratorio lo que están haciendo es trabajando con agonistas del CD40...
“La mayoría de las inmunoterapias que han sido exitosas hasta ahora se enfocan en reprogramar las células T.
Pero lo que nosotros estamos haciendo con los agonistas de CD40 es reprogramar otro tipo de célula inmune: las células dendríticas, que también hacen parte del sistema inmunológico y ayudan a coordinar una respuesta inmune más efectiva, trabajando en conjunto con las células T.
Lo que vimos, a través del diseño del anticuerpo para activar eficazmente las células dendríticas, fue que, en ese estudio clínico, hubo respuestas completas en un grupo de pacientes. Además, observamos que, cuando se inyecta la droga directamente en el tumor, se forman unas estructuras dentro de este, similares a nódulos linfáticos: son estructuras organizadas donde las células inmunes parecen estar orquestando una respuesta más fuerte.
Esto es bastante novedoso y no se ve con frecuencia en las inmunoterapias actuales. A partir de ese estudio –que fue un ensayo clínico pequeño–, el programa ha crecido a más de seis estudios clínicos en diferentes tipos de cáncer.
Tenemos investigaciones activas en cáncer de vejiga, próstata, y estamos por abrir uno en cáncer de seno. También hay uno en glioblastoma, que es un cáncer del sistema nervioso central. En algunos de estos estamos viendo respuestas bastante interesantes. Por ejemplo, en cáncer de vejiga, observamos que el 40% de los pacientes tuvo una respuesta duradera por más de dos años.
El programa está creciendo y ahora estamos tratando de entender, a partir del análisis de los tumores antes y después del tratamiento, cuáles son los mecanismos por los cuales esta terapia funciona y qué combinaciones con otros medicamentos podrían hacerla aún más efectiva. En eso estamos actualmente”.
¿Qué falta para que ese tipo de inmunoterapia comience a ser utilizada ampliamente en pacientes?
“Realmente, lo primero que hemos podido comprobar con seguridad es que la terapia es segura. Eso es lo principal en un estudio clínico de fase uno: demostrar que el tratamiento no representa riesgos, y eso ya lo podemos confirmar.
El siguiente paso es compararla con lo que ya existe. Por ejemplo, en una enfermedad como el cáncer de vejiga, necesitamos evaluar cómo se compara nuestro tratamiento con las terapias que ya están aprobadas. Para eso sirven los estudios de fase dos y fase tres, que son los que queremos empezar ahora.
Esas fases son mucho más grandes y largas, que requieren cientos de pacientes. No solo buscan confirmar que la terapia es segura, sino también que es más efectiva que las opciones actuales. En ese proceso estamos. La mayoría de los estudios clínicos que tenemos abiertos en este momento son de fase dos, con el objetivo de obtener señales claras de eficacia y eso va a tomar varios años”.
¿En algún momento tiene planeado trabajar junto a investigadores o centros especializados colombianos?
“Sí, claro. Yo creo que, una vez el laboratorio esté establecido –porque aún somos muy pocos–, sería muy importante, a través de instituciones ya consolidadas en Colombia, explorar cómo crear este tipo de convenios. Sería muy interesante establecer intercambios para que personas puedan venir a investigar y entender lo que hacemos acá, o también generar colaboraciones con cohortes de pacientes en Colombia para estudiar este tipo de medicamentos allá.
Me encantaría que más colombianos interesados en la investigación, y que tengan el mismo interés que yo tuve hace 13 años, tengan la oportunidad de crecer y de ampliar las opciones que tienen como médicos o como investigadores”.