La necropsia practicada a Yulixa Toloza encontró fracturas en varios arcos costales, hematomas profundos, lesiones hemorrágicas y múltiples heridas compatibles con un trauma físico severo ocurrido durante un procedimiento estético. La Fiscalía investiga presuntas omisiones en la atención médica, la actuación de quienes participaron en la intervención y las circunstancias que llevaron a que su cuerpo fuera abandonado en una zona rural de Apulo, Cundinamarca.
La justicia deberá establecer responsabilidades penales y médicas. Sin embargo, la muerte de la mujer de 52 años también deja una pregunta que trasciende la investigación judicial: ¿qué lleva a miles de personas a asumir riesgos cada vez mayores para modificar su apariencia física?
El caso de Yulixa no ocurrió en un vacío. Su historia apareció en un momento en que Colombia vive un auge de los procedimientos estéticos, mientras las redes sociales multiplican los mensajes sobre transformación corporal, medicamentos para bajar de peso como Ozempic se convierten en fenómeno cultural y la industria de la belleza con una posición ambigua entre la aceptación de la diversidad corporal y el regreso de estándares cada vez más exigentes.
Para Diana Marcela Martínez Daza, representante del campo de Psicología Jurídica del Colegio Colombiano de Psicólogos, detrás de tragedias como esta confluyen factores culturales, económicos y psicológicos que van mucho más allá de una mala decisión individual.
“Cuando ese deseo de transformar lo que yo siento que en mi cuerpo no está bien se vuelve tan intenso, es cuando las personas terminan minimizando los riesgos”, explica la especialista.
Costo - Beneficio
Una de las explicaciones que plantea Martínez es la llamada lógica del costo-beneficio. Según la experta, muchas personas concentran toda su atención en el resultado esperado de una intervención estética —adelgazar, rejuvenecer, eliminar grasa localizada o modificar alguna parte del cuerpo— y terminan restando importancia a las posibles consecuencias.
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“Las personas terminan simplemente concentrándose en los beneficios que van a tener de esas intervenciones sin tener en cuenta los riesgos que esto implica”, señala.
Esa dinámica ayuda a entender por qué, pese a los constantes reportes de complicaciones, denuncias por mala praxis y cierres de establecimientos clandestinos, la demanda de procedimientos estéticos continúa creciendo.
La muerte de Yulixa no es el único caso reciente. En las últimas semanas también se conoció el fallecimiento de Nayeli Larrahondo, una enfermera vinculada al Hospital Mario Correa Rengifo de Cali que presentó complicaciones durante un procedimiento estético en Puerto Tejada, Cauca. En México, la muerte de Blanca Adriana Vázquez Montiel, quien acudió a una supuesta clínica estética en Puebla, mostró patrones similares relacionados con procedimientos realizados en espacios cuestionados y por personas cuya idoneidad profesional está bajo investigación.
Aunque las circunstancias son distintas, los tres casos reabrieron un debate que parecía recurrente: la existencia de una oferta creciente de tratamientos estéticos promovidos como rápidos, accesibles y aparentemente seguros.
La inconformidad como negocio
Para algunos analistas, el problema no puede reducirse únicamente a la existencia de clínicas ilegales.
El creador de contenido Kam Jurado sostiene que establecimientos como Beauty Láser prosperan porque existe una demanda masiva de personas que desean acceder a procedimientos que en clínicas formalmente habilitadas pueden costar varias veces más.
La diferencia económica resulta determinante. Mientras algunos procedimientos realizados en establecimientos informales pueden costar unos pocos millones de pesos, los mismos tratamientos en instituciones acreditadas pueden multiplicar varias veces ese valor.
“Aquí vemos que definitivamente el acceso y los recursos que tienen las personas para acceder a estos métodos también son limitados”, explica la psicóloga Diana Martínez.
“Hay personas que se aprovechan de esas necesidades y de esos estándares de belleza que requieren muchas mujeres que no tienen los recursos para acceder a intervenciones quirúrgicas mucho más serias”, amplia.
En ese sentido, la proliferación de centros clandestinos también obedece a un mercado construido sobre deseos, inseguridades y aspiraciones profundamente arraigadas en la cultura contemporánea.
Colombia, el país de la belleza ¿natural?
El crecimiento de la industria ayuda a entender la magnitud del fenómeno.
Según cifras del Cluster Medellín Health City, durante 2024 más de 23.000 pacientes extranjeros llegaron a Medellín por motivos de salud y cerca del 10% viajaron específicamente para realizarse procedimientos de cirugía plástica.
El país figura desde hace años entre los líderes latinoamericanos en intervenciones estéticas y la liposucción continúa siendo una de las cirugías más demandadas.
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Sin embargo, el auge del sector formal también ha estado acompañado por el crecimiento de un mercado paralelo.
En Antioquia, las autoridades sanitarias han realizado 80 operativos de inspección durante los últimos dos años y cerraron 64 establecimientos por incumplimientos relacionados con habilitación, condiciones sanitarias o realización de procedimientos para los cuales no estaban autorizados.
Los datos muestran que la discusión no gira únicamente alrededor de unas pocas clínicas ilegales, sino de una industria cuya expansión ha superado en muchos casos la capacidad de vigilancia de las autoridades.
El regreso de la talla 0 y el miedo a envejecer
La presión por modificar el cuerpo ocurre además en un contexto cultural particular.
Durante los últimos años, movimientos como el body positive parecían haber impulsado una representación más diversa de los cuerpos en la publicidad, la moda y el entretenimiento. Sin embargo, algunos indicadores muestran una tendencia diferente.
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El más reciente Reporte de Inclusividad de Tallas de Vogue Business encontró que apenas el 0,3% de los atuendos presentados en las principales semanas de la moda correspondieron a tallas grandes. Las tallas estándar concentraron el 97,6% de la muestra.
El fenómeno coincide con la creciente popularidad de medicamentos para perder peso y con la constante exposición a imágenes filtradas y editadas en redes sociales.
“Muchas mujeres sienten que nunca van a alcanzar ese ideal de belleza que se impone en los medios, en las redes y por figuras destacadas”, advierte la especialista.
Según la psicóloga, estas dinámicas aumentan el riesgo de trastornos alimentarios, conductas extremas de control del peso y sentimientos permanentes de insuficiencia.
En esa misma lógica que determina quién encaja y quién queda por fuera de los estándares de belleza aparece otra preocupación cada vez más visible: el miedo a envejecer.
Si durante años la presión estética se concentró en alcanzar determinados pesos o medidas corporales, hoy también parece extenderse a la edad. Las arrugas, la flacidez y otros cambios naturales asociados al paso del tiempo son presentados con frecuencia como problemas que deben corregirse o retrasarse mediante tratamientos, procedimientos o intervenciones estéticas.
Frente a esa tendencia, algunas voces han comenzado a cuestionar la idea de que la juventud deba convertirse en una obligación. En una entrevista concedida recientemente a Vogue México, la actriz Sharon Stone, de 68 años, defendió una visión de la belleza asociada al bienestar emocional, el equilibrio personal y el envejecimiento natural. La protagonista de Casino criticó la obsesión contemporánea con la extrema delgadez y rechazó la idea de que el valor de una persona dependa de conservar una apariencia joven.
La postura de Stone contrasta con otro de los casos que más atención ha generado en las últimas semanas. Kris Jenner, empresaria y matriarca del clan Kardashian, volvió a ocupar titulares tras referirse públicamente a su más reciente lifting facial, un procedimiento que, según medios especializados, habría costado entre 100.000 y 300.000 dólares.
Aunque aseguró sentirse satisfecha con los resultados, la creciente normalización de las intervenciones estéticas entre celebridades y la influencia que estas transformaciones tienen en la construcción de los ideales de belleza contemporáneos.
Para la psicóloga Diana Marcela Martínez Daza, esta presión puede generar frustración permanente. “Todo lo que eres como ser humano no depende de si eres joven o no”, señala la especialista, quien insiste en que el envejecimiento no debería percibirse como una condición negativa ni como algo que necesariamente deba combatirse.
Esta conversación sobre el envejecimiento también ha trascendido las entrevistas y los procedimientos estéticos para instalarse en la cultura popular. Tras la reciente colaboración entre Madonna y Sabrina Carpenter en el video Bring Your Love, numerosos usuarios en redes sociales compararon la imagen de ambas artistas con La sustancia, la película protagonizada por Demi Moore que explora la obsesión por la juventud y la posibilidad de reemplazar el cuerpo envejecido por una versión más joven de sí mismo.
Si antes los estándares de belleza provenían principalmente de revistas, televisión o publicidad, hoy llegan a través de una pantalla que acompaña a millones de personas durante gran parte del día.
TikTok, Instagram y otras plataformas digitales no solo muestran cuerpos idealizados; también ofrecen soluciones aparentemente inmediatas para acercarse a ellos.
“Se unen varios elementos: una inconformidad con mi cuerpo y personas que constantemente están diciendo ‘mira, esta puede ser la solución a todos tus problemas´”, explica la psicóloga.
La situación se vuelve más compleja cuando los filtros digitales y las herramientas de edición modifican la percepción de lo que es real.
“Las redes sociales amplifican esa comparación constante, pero ¿contra qué nos estamos comparando? ¿Contra algo real? ¿Contra algo que de verdad existe?”, agrega.
La pregunta resulta especialmente relevante en una época en la que muchas personas comparan su apariencia cotidiana con imágenes cuidadosamente seleccionadas, editadas y optimizadas para captar atención.
La sensación constante de estar incompletos
El fenómeno no es nuevo, aunque sí parece haberse intensificado.
En la columna El Tribunal de la Belleza, publicada en junio de este año, Andrés Restrepo Gil describía una sociedad donde los cuerpos son evaluados permanentemente por su peso, edad, apariencia o capacidad para ajustarse a determinados estándares.
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La idea conecta con una percepción cada vez más extendida: la sensación de que el cuerpo nunca está terminado y siempre requiere una nueva intervención, una nueva dieta, un nuevo tratamiento o una nueva corrección.
La industria de la belleza, la moda, los procedimientos estéticos y buena parte del ecosistema digital encuentran allí un terreno fértil para crecer.
¿La búsqueda de la belleza mata?
La investigación sobre la muerte de Yulixa Toloza continuará y serán las autoridades las encargadas de establecer quiénes deben responder por lo ocurrido.
No se trata de determinar si está bien o mal someterse a un procedimiento estético. Esa sigue siendo una decisión personal. La pregunta de fondo es otra: ¿cuánto de ese deseo nace de una reflexión propia y cuánto está condicionado por lo que vemos todos los días en las redes sociales, la publicidad, la moda o la cultura y las celebridades?
En una época en la que la delgadez extrema vuelve a ganar terreno, los filtros digitales modifican la realidad y el envejecimiento suele presentarse como algo que debe combatirse, la presión por corregir el cuerpo parece estar más presente que nunca. Y, en medio de esa búsqueda constante de una mejor versión de nosotros mismos, vale la pena preguntarse si la belleza se ha convertido en una meta imposible de alcanzar.
Porque la belleza no debería partir de la idea de que hay algo defectuoso que necesita ser corregido. Mucho menos de la necesidad de asumir riesgos que comprometan la salud o la vida. Como advierte la psicóloga Diana Marcela Martínez Daza: “La belleza no debe convertirse en una obligación ni debe poner en riesgo tu vida”.