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A seis días del

nuevo Congreso

Habrá que ver si la apuesta de De la Espriella, de gobernar con los votos de los partidos, pero sin los partidos, resulta una innovación política o una promesa que el Capitolio se encargará de ajustar

hace 15 horas
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  • A seis días del nuevo Congreso

Falta menos de un mes para la posesión de Abelardo de la Espriella como nuevo presidente y vale la pena empezar a responder la pregunta que definirá buena parte de la suerte del nuevo gobierno: ¿cómo será su relación con el Congreso?

De la Espriella como Presidente seguirá en la tónica de campaña –un discurso poco amable hacia la clase política– o, como ha sido la costumbre cuando se estrena un nuevo ocupante en la Casa de Nariño, tendrá una luna de miel con el Congreso.

Abelardo si bien ha repetido que fue elegido “en contra de los partidos, en contra de la politiquería y en contra del establecimiento”, y en las primeras semanas pareciera que no piensa moderar su discurso: ha tenido gestos tempranos con las altas cortes, con alcaldes y gobernadores, pero pocos o ninguno con los partidos ni con el Congreso que se instala el 20 de julio. Solo anoche, por primera vez, y tal vez como respuesta a las críticas, dijo: “Vamos a trabajar de la mano con el Congreso”.

En una de sus visitas a las regiones les había dicho a los alcaldes y gobernadores que “no necesitan a congresistas a partir de este momento para relacionarse con el Gobierno nacional”. A lo cual Rafael Nieto, vocero de bancada del Centro Democrático, replicó que “está muy bien” que tenga interlocución directa con alcaldes y gobernadores “pero se equivoca al sostener que los congresistas no tendrán espacios de intermediación”.

A la hora de armar el gabinete De la Espriella ha sido consecuente con esa suerte de desdén. Ha privilegiado perfiles con trayectoria, el canciller Omar Bula Escobar, con 20 años de trayectoria en gestión diplomática; el ministro de Ambiente Fabio Arjona, biólogo marino también con dos décadas de experiencia, y la ministra de Minas y Energía, María Noemí Arboleda Arango, por décadas al frente del operador del mercado de energía que mantiene el equilibrio del sistema. Y ha hecho guiños a jefes políticos concretos: Elsa Noguera —exministra de Vivienda, exgobernadora del Atlántico y ficha de la casa Char— estará en Transporte, y Juliana Gutiérrez, hermana del alcalde Federico Gutiérrez, llegará al Deporte tras aspirar al Senado por Creemos.

Pero una cosa es premiar aliados y otra repartir participación a los partidos: hasta ahora no han recibido ninguna cuota en el nuevo gobierno. Las figuras de origen liberal o conservador del gabinete —como el exsenador Mauricio Gómez Amín en Comercio o Rodrigo Lara en Interior— llegan por su cercanía con el presidente electo, sin mediación de sus directorios.

Nada de esto impide anticipar que De la Espriella arrancará con mayorías. El Centro Democrático y Cambio Radical ya se declararon partidos de gobierno, se espera que el Partido Conservador haga lo propio y tanto La U como el Liberal tienen incentivos de sobra para sumarse. En el papel, las cuentas dan con holgura en ambas cámaras.

Recordemos que Gustavo Petro arrancó con una coalición amplísima —conservadores, liberales y La U incluidos, a cambio de ministerios y burocracia— y con ella aprobó buena parte de su agenda inicial: en su primera legislatura, 27 de los 43 proyectos que radicó el Ejecutivo se convirtieron en ley. La ruptura llegó en 2023 con la reforma a la salud y desde entonces el deterioro fue continuo: en la última legislatura, apenas 6 de 28 iniciativas del gobierno culminaron su trámite.

Esa caída tuvo dos escenarios distintos. En el Senado, el gobierno perdió la mayoría y sus reformas se frenaron por márgenes estrechos. En la Cámara de Representantes, en cambio, el Ejecutivo manejó el tablero casi hasta el final, gracias a disidencias de los partidos tradicionales que, posando de independientes, respaldaron sus reformas a cambio de puestos y contratos. El gobierno Petro terminó legislando con herramientas de última instancia —apelaciones para revivir proyectos archivados, mensajes de urgencia, la amenaza recurrente de una consulta popular— y la lección quedó nítida: sin una coalición estable se puede sobrevivir, pero no sacar adelante una agenda de transformaciones.

Y es ahí donde los números del nuevo Congreso, aunque favorables, dejan poco margen. El núcleo duro de De la Espriella —Salvación Nacional, Centro Democrático y Cambio Radical— suma 28 curules en el Senado, un peso casi idéntico al de la bancada opositora que encabezará el Pacto Histórico. La llave la tienen las fuerzas bisagra —liberales, conservadores y La U—, que concentran más del 40% de las curules. Su incentivo histórico es conocido: cogobernar, con puestos, incidencia y resultados para sus regiones. En la Cámara la lógica se repite: un oficialismo cercano al 40% necesita conquistar un bloque intermedio de peso similar para asegurar las mayorías.

De ahí la gran incógnita: ¿cuánto puede durar una coalición a la que no se le ofrece precisamente aquello que la motiva? El ministro designado del Interior promete una relación con el Congreso “por encima de la mesa”, un propósito loable. Pero la fragmentación obligará a negociar iniciativa por iniciativa, y está por probarse la disciplina de unas bancadas sin cuota en el gobierno y tratadas con desdén en público por un presidente que cultiva, en privado, amistades con varios de sus miembros. Las primeras pruebas llegarán pronto: la elección de las mesas directivas —con puja abierta por la presidencia del Senado—, la escogencia del contralor en agosto y el ajuste fiscal que el equipo entrante anuncia como urgente.

De la Espriella llega con viento a favor: un mandato claro, partidos ansiosos de pasar la página y la oposición del Pacto Histórico volcada a desprestigiarse al desconocer los resultados electorales. Pero las lunas de miel legislativas duran lo que duren la popularidad presidencial y los resultados. Habrá que ver si su apuesta de gobernar con los votos de los partidos, pero sin los partidos, resulta una innovación política o una promesa que el Capitolio se encargará de ajustar.

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