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Ver el mal sin explicarlo: La desaparición de Josef Mengele, de Kirill Serebrennikov

hace 49 minutos
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  • Ver el mal sin explicarlo: La desaparición de Josef Mengele, de Kirill Serebrennikov
  • Ver el mal sin explicarlo: La desaparición de Josef Mengele, de Kirill Serebrennikov

Son pocos y cortos los momentos en que “La desaparición de Josef Mengele” genera en el público la incomodidad necesaria para trascender a la mera película biográfica. Lo más paradójico es que uno de esos momentos se siente metido a la fuerza por el director y coguionista Kirill Serebrennikov, pues nos lo presenta como una filmación casera realizada por un compañero de Mengele en el ejército nazi, sin que se entienda muy bien por qué había que presentarlo así (el compañero no es importante en la trama, el recurso no vuelve a usarse), cuando de todas maneras la película está narrada desde el punto de vista de un observador omnipresente.

Pero es innegable la fuerza que tiene pues es en ese fragmento donde queda claro, si es que alguien asiste a esta película sin tenerlo claro, que Josef Mengele se ganó a pulso el apodo de “El ángel de la muerte” por los experimentos médicos que ordenó como médico en Auschwitz y que en realidad eran otra forma de la tortura. Incluso en esa secuencia, que es necesariamente explícita, funciona mejor lo que solamente se insinúa, cuando vemos a los prisioneros que sufrían de enanismo ejecutando una pantomima que era una burla hacia ellos y hacia quienes la presenciaban.

Como dije, sin embargo, en el resto de la película escasea esa misma intensidad y ese ánimo de denuncia o de alguna lectura que quiera expresar el director. Es cierto que la fotografía en blanco y negro de Vladislav Opelyants es impecable y en ocasiones extraordinaria (como en esa fiesta a la que el viejo Mengele asiste durante sus últimos días en Brasil) y que la actuación de August Diehl asombra con su capacidad de reflejar en su cuerpo, en sus gestos y miradas, tanto el paso del tiempo como el deterioro cognitivo de Mengele por más de 40 años, pero esas virtudes no ocultan la carencia de un ánimo explicativo o de una progresión dramática del personaje. Lo vemos huyendo y ocultándose a través de distintas identidades en Uruguay, Argentina y Brasil. Lo vemos volviendo a Alemania para discutir con su familia y luego renegando de su situación durante su estadía en América. Pero jamás entendemos por qué. Por qué lo hizo, por qué disfrutó haciéndolo. Terminamos viendo a un viejo gruñón que se opone a su decrepitud y que pelea con su hijo por unas ideas en las que sigue creyendo, sin que el contacto con otras realidades o el paso del tiempo lo transforme de forma alguna.

El otro momento que habría sido un camino narrativo más interesante es el que se insinúa cuando Mengele se queja de que lo han puesto como chivo expiatorio, pero que él no fue el único de los médicos nazis que hizo cosas terribles, y que los otros habían logrado incorporarse a la sociedad alemana y seguían viviendo sus vidas sin huir. Serebrennikov decide que la superficie de una vida es suficiente para explicarla. Puede que sí, si Mengele fuera un villano de historieta. Pero existió, y como habría dicho Primo Levi, eso significa que podría volver a existir. Por eso tendríamos que hacer el esfuerzo de entender y no sólo de recordar.

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