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Ese hueco que no se cierra. Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein

hace 16 minutos
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  • Ese hueco que no se cierra. Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein
  • Ese hueco que no se cierra. Si pudiera, te patearía, de Mary Bronstein

“Yo no soy la roca, que golpea la ola, soy de carne y hueso”.

Verso de la canción “Voy a perder la cabeza por tu amor”.

Algo tiene que estar objetivamente mal en el mundo para la mitad de su población si cuando nos hablan de una película en la que el personaje principal sufre todo el tiempo, de principio a fin, podemos tener la certeza casi absoluta de que será una cinta de acción si el protagonista es hombre y un drama realista si es mujer.

Es lo que pasa con la pobre Linda, a quien Mary Bronstein, guionista y directora de “Si pudiera, te patearía” decide acompañar con la cámara muy cerca, a la altura de sus ojos y a menos de dos metros, como para aumentar la sensación de opresión que irá devorando a Linda desde el minuto inicial y que irá creciendo —como el hueco miedoso que se ha formado en el techo de su casa— con los gritos de la hija a la que no veremos casi nunca, pero que está enferma, necesita cuidado permanente y ha decidido que las texturas de la comida son horribles; o con los improperios y los toques en la ventanilla del señor que cuadra el tráfico frente a la escuela y que ha decidido joderle la vida para siempre y porque sí; o con los gestos maleducados de los pacientes de su consultorio, que creen que tienen una esclava pagada para que los atienda en sus preocupaciones y les escuche todos los traumas y les solucione sus problemas.

Sólo una intérprete como la bella y talentosísima Rose Byrne, nominada con justicia a los Óscar de este año, que se le mide a lo que sea en esta vida (tiene 85 créditos como actriz desde 1994 cuando comenzó su carrera) y que no tiene problema con hacer todos los personajes secundarios de este mundo, podía salir triunfante de este ejercicio agotador de actuación, en el que encarna a una de esas pobres mamás cuidadoras que se enfrentan a una maratón todos los días, y que cuidan sin que nadie las cuide, y tienen que aguantar que otras mujeres les digan cómo deberían hacer mejor su trabajo y que otros hombres, como el colega que encarna con acertada displicencia Conan O’Brien, subvaloren sus preocupaciones y les digan calma cuando la calma es un bien preciado que no se puede tener si se duerme a raticos porque hay que verificar que el tubo por el que se alimenta la niña no se infecte. La misma calma que el marido, esa voz en el teléfono a la que sí le hacen caso los obreros que contrató para llenar el hueco en el techo, le pide como si no fuera porque mantiene la mantiene que en esa habitación de ese hotel de paso donde han ido a parar no se ha cometido todavía un crimen.

Aunque el guion no le dará tregua, sí nos permite conocer las múltiples dimensiones de un personaje que necesita descansar con desesperación y que desea por un minuto que la dejen en paz. Porque algo tiene que estar objetivamente mal en el mundo para la mitad de su población si uno ve una película como “Si pudiera, te patearía” y no acepta, sin atenuantes, que en vez de pedir calma deberíamos mejor aprender a darla.

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