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Así que lo primero, para mí, es recuperar mis costumbres y mis espacios por fuera de la política.
Por Daniel Carvalho Mejía - @davalho
Después de cuatro años de una vida repartida entre Bogotá y Medellín, entre los medios y las redes, entre el control político y las propuestas esperanzadoras, he tenido la oportunidad de disfrutar un par de semanas en mi ciudad y de volver a sentir cosas que había olvidado y otras que el afán del trajín político me había impedido notar. He sentido el calor y la agitación, la célebre «queridura» paisa y también la superficialidad de ciertos espacios; el orgullo de los locales y, al mismo tiempo, la admiración de los visitantes.
He notado, sobre todo, la enorme distancia que existe entre las redes sociales y la calle, especialmente cuando se trata de política. Las discusiones interminables que vemos o protagonizamos cada día desde nuestros celulares no ocupan el centro de atención de quienes encuentro en las calles. Las luchas simbólicas, ideológicas o partidistas a las que nos mantienen sometidos nuestros tristes gobernantes y sus bodegas parecen irrelevantes frente a las preocupaciones y los sueños del medellinense común. La gente espera orden, tranquilidad y oportunidades; quiere que el bus llegue a tiempo, que comprar un apartamento no sea una utopía, que sus hijos tengan empleos dignos y que sus líderes sean honestos y responsables. Mientras unos luchan por el poder, otros luchan por ser felices.
En las conversaciones que entablo en calles, parques y cafeterías, después de las preguntas de rigor sobre mi evaluación del gobierno saliente, del entrante y del panorama futuro del país; después de escuchar las quejas e ideas del interlocutor de turno, siempre llega la pregunta personal e inevitable: ¿Y ahora qué sigue?
Llevo diez años continuos de servicio político. Lo que comenzó como una aventura técnica y personal terminó convirtiéndose en un proyecto colectivo con una visión política integral. Nunca soñé con ocupar un cargo de elección popular y, sin embargo, ya he sido elegido tres veces. Lo que antes era azar e improvisación personal hoy es planeación colectiva.
¿Y qué sigue? Lo primero es la desintoxicación.
Porque el ambiente político es tóxico y el poder envicia. Uno se acostumbra a la comodidad, al «doctor» y a la camioneta; los insultos y las amenazas terminan pareciendo normales, igual que las quejas, los problemas y las crisis. También intoxican el elogio y la lambonería, el eco permanente de la propia voz, el like y la efímera fama. Por eso vemos con frecuencia tantos viudos del poder, incapaces de ser algo por fuera de él. Porque, infortunadamente, en los círculos de poder solo se habla de poder y solo se busca el poder. No hay espacio para el arte ni para la poesía; no hay tiempo para perderse contemplando un atardecer o un pajarito. No hay sensibilidad. No hay humanismo. Solo hay lucha por el poder.
Así que lo primero, para mí, es recuperar mis costumbres y mis espacios por fuera de la política. Volví a hacer teatro, a ser mochilero, a caminar por la naturaleza, a sufrir por el DIM y a buscar trabajo. Voy a partir durante unos meses hacia un lugar donde pueda ser anónimo, digerir las enseñanzas de estos diez años, estudiar ciudades que enfrentan problemas y oportunidades similares a los nuestros, cultivar la sencillez y el desprendimiento y prepararme para lo que sigue: crecer con Medellín.