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Ante la rareza de estos tiempos, con redes que abruman, política convertida en show y el discurso masivo del tener y del mostrar, también es válido aspirar a lo sencillo.
Por Amalia Londoño Duque - amalulduque@gmail.com
¿Quién decidió que una vida ordinaria es una vida fracasada? Para quienes tenemos vidas comunes, entrar a redes genera ansiedad: personajes con vidas exuberantes dan lecciones, se levantan despacio un lunes, se graban viendo el amanecer con un café en la mano y nos dicen “vive lento, sueña en grande”.
Ni siquiera la calma se salvó, también se volvió una manera de exhibir éxito: hay que descansar como quien gana.
Las frases de Epicteto, de Marco Aurelio y de otros estoicos se replican masivamente como instrucciones para llevar la vida sin juicios. Decía Irene Vallejo en su columna de El País de esta semana que “aquellos filósofos antiguos exaltaban el trabajo interior, pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual”.
Esa segunda parte nadie la comparte o pocos la comprenden. No es tan “instagrameable” pensaría yo.
Recuerdo bien el temor de mis papás con la elección de mi carrera, recuerdo las pruebas vocacionales que decían que debía ser ingeniera y recuerdo también un punzón adentro que me decía y me sigue diciendo hoy: solo quiero leer y escribir.
A nosotros no nos dijeron que podíamos ser cualquier cosa, nos pidieron ser algo seguro. Hoy, en cambio, muchos papás repetimos el “puedes ser y tener lo que quieras” sin el menor asomo de realidad y claro que las posibilidades están abiertas, pero con ellas vienen también las de tropezar, cambiar de rumbo o no llegar a donde nos habíamos propuesto en la juventud. Soñar distinto, ni más pequeño ni más grande, simplemente diferente, también es un privilegio. A la mayoría de la gente en este país no le alcanza para elegir lo frugal: le toca.
Entre el “puedes” de la casa y el “debes” de las redes se instala la obligación de ser algo grande. Según un informe de 2024 de IZEA, firma estadounidense de marketing de influenciadores, en México el 45 % de los encuestados aspira a ser influenciador y casi ocho de cada diez dejarían su trabajo para dedicarse a eso.
Conozco gente que se siente en deuda por no haber fundado nada, por no tener un pódcast, por no aparecer en ningún ranking, por no ser visible como si todas las vidas necesitaran audiencia y todos los trabajos debieran ser contados.
Así se desplaza otro éxito, el de compartir una mesa con amigos, tener hijos que confíen en uno, un núcleo familiar que apoye y sostenga. La ambición más difícil de sostener hoy es la ordinaria: un día de resolver pequeños asuntos de la familia y del trabajo, cuadrar los gastos del mes, llegar a la casa y no sentir la necesidad de publicarlo.
“Todo está muy raro”, me dijo alguien hace poco. Y sí. Ante la rareza de estos tiempos, con redes que abruman, cambios contundentes, la política convertida en show y el discurso masivo del tener y del mostrar, vale la pena recordar que también es válido aspirar a lo sencillo y que eso no es conformarse, es elegir una vida íntima, sin el agobio de pertenecer, de parecer o de tener que contarlo todo.