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Re-encantar el mundo

Jung estaba convencido de que parte del sufrimiento moderno se debía a que la ciencia y la lógica fría nos habían desencantado del mundo. Al nombrar y hablar con ciertos elementos que nos importan lo re-encantamos.

hace 6 horas
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  • Re-encantar el mundo

Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo

Huesos no paraba de ladrar y de intentar meter el hocico debajo de la silla donde yo estaba sentada. Ante tanta insistencia me puse de pie y giré la silla patas arriba, entonces comprendí a qué se debía la turbación del perro: había una araña casi tan grande como la palma de mi mano. A mí me encantan las arañas así que la observé un rato con fascinación, luego grabé un video. Era una belleza, recubierta con pelitos cafés y pecas en el trasero. Le dije que no me picara, que yo no pensaba hacerle daño, que pronto la llevaría de vuelta a la cañada. Lo acepto: yo hablo con animales, plantas, objetos y con los fantasmas de todos mis muertos.

Cuando subí el video a mis redes sociales una colega escritora me preguntó: «¿No le pusiste nombre? Una araña tan grande merece uno». Por supuesto le había puesto un nombre porque yo también le pongo nombre a todo. Es un hábito que traigo de niña y que todavía conservo. Las gallinas de mi gallinero, por ejemplo, siempre han tenido nombre y han muerto de viejas. Pero no sólo nombro los animales, también ciertos objetos con los cuales me relaciono cotidianamente. Según el antropólogo Lucien Lévy-Bruhl nombramos las cosas para recrear una forma primitiva de conexión. Carl Jung habló en una de sus conferencias sobre la autonomía de las cosas, sobre cómo objetos inanimados parecen «actuar simbólicamente» No sé si sabían que el reloj de Federico el Grande se detuvo a la hora exacta de su muerte. Si alguno de ustedes tiene las medias nonas o las gafas y llaves se le esconden con frecuencia sabrá a qué me refiero. En una ocasión, el psicoanalista estaba solo, confinado varios días en cama debido a una enfermedad cuando oyó un ruido de sartenes, entonces se puso de pie, fue hasta la cocina y le dijo a su olla favorita: «Pronto estaré de vuelta y haremos algunos buenos guisos juntos».

¿Han tenido un amuleto de la suerte? ¿Usan determinada prenda de vestir solamente en ciertas ocasiones? ¿Se sientan en el mismo puesto en la mesa del comedor? ¿O en el salón de clases? ¿Toman café en la misma taza aunque tengan decenas más? ¿Le ruegan a la impresora para que no tenga un atasco de papel? ¿O al carro para que logre llegar a la estación de servicio? Si respondieron afirmativamente a alguna de las anteriores preguntas debo informarles que su relación con los objetos es más profunda de lo que creen.

Lo anterior me parece una idea muy bella. Los indígenas han sido grandes adoradores de objetos, al punto de conferirles poderes y enterrar a sus dueños con ellos. Los budistas suelen agradecerle al cuenco donde comen y a los zapatos que los transportan a lo largo del día. Jung estaba convencido de que parte del sufrimiento moderno se debía a que la ciencia y la lógica fría nos habían desencantado del mundo. Al nombrar y hablar con ciertos elementos que nos importan lo re-encantamos. Si lo piensan bien, es casi un acto de rebeldía contra el materialismo puro. Una disposición a la magia. Y yo no sé ustedes, pero a mí la vida sin magia y sin encanto me parece muy aburrida.

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