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Deshaciendo pasos: Viaje a los pañales

Me emocionó volver a la casona de mi infancia cuando ‘éramos felices pero no lo sabíamos.

hace 5 horas
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  • Deshaciendo pasos: Viaje a los pañales

Por Óscar Domínguez Giraldo - oscardominguezg@outlook.com

Setenta años después visité la vieja casona de mis abuelos paternos en la Quiebra del Churimo, en Santa Bárbara, donde mis padres Luis María y María Genoveva pasaron su luna de miel. Era una casa con fantasma propio. Nunca lo vi como tampoco he visto el viento ni el olvido, pero ahí están.

La casa ha sido sometida a múltiples cirugías plásticas. Un aviso le informa al caminante: “Se vende esta propiedad” ubicada a orilla de la carretera. Era tan amplia que tenía piezas bajo tierra para esconder liberales, según la crónica familiar. Vivíamos en plena violencia.

A los niños nos bañaban en leche de vaca para que creciéramos aliviados. El resto era para el consumo doméstico o para regalar. Mis abuelos tenían mendigos propios.

En El Churimo fui pajaricida y marranicida. ¡Qué pena! O sea, mataba pájaros y participaba en las matadas de marrano navideñas. “El hombre se come lo que más ama”, decía la actriz Mia Farrow. Engordábamos al rey del colesterol para después caerle a sus deliciosas carnes.

Después de recorrer la casona eché pezuña hasta el pueblo como lo hacíamos de niños. “El abuelo Carlos encoraba el rosario camino del pueblo”, recuerda fray Ferruco, mi hermano, quien se recupera de una avería. En la Iglesia teníamos banca propia que tenía marcados los apellidos Domínguez Calle. Llegaban los dueños y los ocupantes ocasionales tocaban la retirada.

De los abuelos paternos recibí las primeras lecciones de delicadeza: Cuando me encontré un lleritas, billete de 50 centavos, se lo mostré a la abuela Amalia, jericoana, quien me ordenó indagar entre los transeúntes si lo habían perdido. Solo después de una rápida encuesta me autorizó a volver mecato el lleritas en la tienda de Leonidas Martínez.

La otra lección de delicadeza la daba el abuelo de bigote a lo Chaplin quien les cantaleteaba a sus diez vástagos: Nadie dirá que un hijo de Carlos Domínguez se robó un peso. El abuelo se negó a acatar la sugerencia de pintar de azul la casona para ahorrarse líos por su filiación liberal.

En esa casa me enteré por radio de que el mundo se iba a acabar. Primera falsa noticia que escuché. Otra noticia radial que nos compartió la tia Débora, cuya belleza heredaron sus sobrinas, fue la de que “Echandía va para Palacio”. Hacía referencia al tierrero que había en Bogotá ese día, 9 de abril del 48, cuando mataron a Gaitán. El maestro chaparraluno iba con otros jefes liberales a pedirle la renuncia a Ospina Pérez quien los devolvió por donde vinieron con una negativa catedralicia.

Yo tenía dos años largos. Apenas desertaba de los pañales. Me emocionó volver a la casona de mi infancia cuando “éramos felices pero no lo sabíamos”.

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