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Magnifica Humanitas y el imposible bien común

hace 2 horas
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  • Magnifica Humanitas y el imposible bien común
  • Magnifica Humanitas y el imposible bien común

Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co

La encíclica Magnifica Humanitas habla repetidamente del “bien común” como si se tratara de una realidad objetivamente identificable y políticamente realizable. Presupone que existen autoridades capaces de identificar el bien común, ponderar adecuadamente los intereses en conflicto y diseñar reglas que orienten el desarrollo tecnológico hacia fines socialmente deseables. Esa premisa tropieza con uno de los grandes descubrimientos de las ciencias sociales modernas: el teorema de la imposibilidad de Kenneth Arrow.

Arrow demostró que no existe un mecanismo de decisión colectiva capaz de transformar de manera consistente las preferencias individuales en una preferencia social que satisfaga simultáneamente ciertos criterios mínimos de racionalidad, libertad y coherencia. Dicho de otro modo, la sociedad no posee una voluntad unificada que pueda ser descubierta y aplicada por gobernantes, expertos o instituciones internacionales. Lo que existe son millones de individuos con preferencias distintas, frecuentemente incompatibles entre sí. Dicho de otra forma, en sociedades complejas no existe un procedimiento capaz de revelar de manera inequívoca cuál es ese supuesto bien común cuando las preferencias de los individuos divergen.

Esta dificultad se vuelve particularmente evidente en el campo de la inteligencia artificial. Algunos ciudadanos valoran prioritariamente la innovación; otros la privacidad; otros la seguridad; otros la igualdad; otros la libertad de expresión. No existe una fórmula objetiva que permita agregar todas esas preferencias en una única función social que pueda servir de guía para la regulación. Cuando una autoridad afirma actuar en nombre del bien común, en realidad está privilegiando unas preferencias sobre otras.

Magnifica Humanitas critica la lógica descentralizada del mercado, pero ignora que precisamente esa descentralización constituye una respuesta práctica al problema identificado por Arrow. El mercado no necesita conocer el bien común ni resolver filosóficamente los conflictos de valores. Permite que millones de individuos persigan fines distintos y coordinen sus acciones mediante precios, contratos y acuerdos voluntarios.

Añadamos la perspectiva de Friedrich Hayek. Mientras Arrow mostró la imposibilidad de construir una función social coherente, Hayek explicó por qué ningún planificador puede reunir el conocimiento disperso y cambiante que poseen millones de personas. Ambos argumentos convergen en una misma conclusión: la información necesaria para dirigir una sociedad compleja simplemente no está disponible para ninguna autoridad central.

La encíclica propone organismos reguladores internacionales, acuerdos globales y mecanismos de supervisión capaces de orientar el desarrollo tecnológico conforme al bien común. La pregunta inevitable es: ¿quién define ese bien común? ¿Con qué información? ¿Bajo qué criterio de agregación de preferencias? ¿Cómo se resuelven los conflictos entre valores igualmente legítimos?

Desde esta perspectiva, el problema de Magnifica Humanitas no es que sea demasiado moralista, sino que supone existencia de un conocimiento político que la teoría moderna considera imposible. La encíclica confía en que autoridades públicas e instituciones internacionales podrán identificar y ejecutar decisiones socialmente óptimas. Arrow demuestra que tal óptimo colectivo no puede definirse de manera consistente. Hayek demuestra que tampoco puede conocerse..

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