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El reto no es cualquier cosa y tampoco da espacio a titubeos. Quien no se adapte al nuevo sistema puede perder su número telefónico, su correo electrónico y sus llamadas de voz.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
Un nuevo telón ha caído para siempre en Japón, y tras esa caída se abre la posibilidad de que una parte importante de su población quede aislada. A finales del mes pasado, NTT Docomo, la última compañía que aún ofrecía el sistema de telefonía 3G, desconectó definitivamente esa red, dejando en el oscurantismo a cientos de miles de usuarios que por distintos motivos aún no manejan los llamados teléfonos inteligentes.
Las empresas de telecomunicaciones del país nipón habían ido apagando gradualmente las históricas redes que permitieron a millones de japoneses acceder a internet y al correo electrónico desde el celular, mucho antes de la era smartphone. El servicio 2G se cerró por completo en 2012 y para el 2022 au, uno de los operadores japoneses más grandes y populares, ya no ofrecía 3G, mientras que su mayor rival, SoftBank, seguía el ejemplo en 2024.
Este paso, que se dio citando la necesidad de retirar estaciones de base ineficientes para reducir el consumo de electricidad ha dejado en la estacada a medio millón de personas y más de 400 modelos de teléfonos. La mayoría de esos usuarios tienen más de 70 años de edad y si no adoptan rápidamente el uso del teléfono inteligente en las redes 4G y 5G, corren el riesgo de entrar en una distopía funcional.
El reto no es cualquier cosa y tampoco da espacio a titubeos. Quien no se adapte al nuevo sistema puede perder su número telefónico, su correo electrónico y sus llamadas de voz. Pero lo que realmente angustia a los usuarios es quedar aislados digitalmente. En Japón, el número de personas que viven solas ha crecido significativamente, y los hogares unipersonales representan ya el 34% de todos los existentes. Además se estima que alrededor del 39% de los habitantes se sienten solos con frecuencia.
Si a esos datos estadísticos le añadimos la posibilidad de quedar incomunicados tecnológicamente, el panorama se vuelve más turbio. Por eso ahora florecen los centros de capacitación, espacios amigables donde se exponen los temores comunes y se busca que los usuarios no se sientan intimidados por esos aparatos que no hacen parte de su segunda naturaleza, como sí ocurre para los más jóvenes.
Hacer clic, desplazarse, lidiar con todas las aplicaciones que saltan o tener la certeza de que se ha finalizado una llamada son preocupaciones comunes de estos principiantes. Luego está el interés por pagar sin efectivo, poder conocer los pronósticos meteorológicos y usar los rastreadores de salud. Después entrarán en aguas pantanosas como el entretenimiento, las redes sociales y el contenido de fotos y vídeos.
Todos esos aspectos, que luego pueden servir de tema para miles de memes, demuestran dos cosas: la avidez por aprender y la capacidad de adaptación del ser humano. Llámenlo miedo a la soledad, llámenlo ganas de seguir estando presente. Aunque forzados a esta situación, los mayores están aceptando el reto sin amilanarse, lo que tiene un efecto multiplicador inmenso cuando se piensa que Japón tiene la población más envejecida del mundo.