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El Túnel

hace 2 horas
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Por Lewis Acuña - www.lewisacuña.com

La monitora que acompañaba en la salida pedagógica a los niños les dijo que podían tomar sus refrigerios allí dentro del bus para tranquilizarlos. A ella ya se le habían agotado las dinámicas y las ideas para distraerlos mientras encontraban una solución. Llegar a ese problema les había tomado buena parte de la mañana y para ese momento ya deberían haber llegado.

El bus estaba más cerca de la chatarrización que de la reserva natural a la que se dirigía, pero ese no era el problema. Su estado era óptimo. La misma ruta la hacía mensualmente sin problemas, salvo el anterior que la vía se cerró temporalmente para pavimentarla. El conductor lo tenía desde que salió del concesionario. También estaba cerca del retiro y en su abdomen eran evidentes los miles de kilómetros de sedentarismo al volante. Tenía mucha experiencia solucionando los inconvenientes propios del andar en las carreteras pero este lo tenía sentado a una lado de la vía mirando al cielo.

Ella lo veía desde la ventana trasera presenciando como el sol no tenía compasión alguna con ese despejado cuero cabelludo que soportaba además los embates de sus manos que lo masajeaban en búsqueda de más ideas. Ya había intentado todo lo que su sentido común y técnico le dictaron. Ella no intentaría decirle nada sobre el asunto porque estaba en el lugar al que la había mandado para que él pudiera arreglar el asunto del que le dijo que no era su asunto.

Allí sentada junto a sus niños comprobaba una y otra vez que la señal del teléfono nunca los alcanzó desde que muchos kilómetros atrás la habían dejado. Ella no dejaría a sus pequeños para irla a buscarla y él carecía de la resistencia para hacerlo. Además le faltaba intención porque la terquedad era algo que siempre le acompañaba. Tenía que poder hacerlo.

Una y otra vez miraba la escena. El túnel. El bus atascado. Mitad adentro, la otra al sol. Pateaba la robusta cuerda que habitualmente lo sacaba de baches al amarrarla a un árbol o a otro vehículo que lo remolcara, pero que se había roto al primer intento cuando el olor a caucho quemado de las enormes llantas que rechinaban por el esfuerzo de rodar, los había asustado a todos.

Le hubiera encantado toparse con uno de sus colegas, pero era un día inusual para el tráfico así que su única alternativa era no escuchar a nadie más que a él. Y no era algo que se le dificultara. Tantos años transitando la vida escuchándose a sí mismo lo habían convertido en su voz de la verdad, en la única sabiduría suprema a la que prestaba atención. Se quejó de lo caliente del pavimento mientras subía y llego a decir que hasta mejor cuando solo era tierra.

Les dijo a todos sus pasajeros que no había nada que hacer, que esperarían hasta que alguien apareciera. Que no iba a forzar más el bus para terminar dañando el techo o rasgando las llantas. Iba sentándose cuando escucho una de esas voces pequeñas preguntándole que por qué nos le sacaba aire a las ruedas... y tuvo primero que desinflar su ego.

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