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La factura del super-Niño

El Niño es más que una visita incómoda. Hemos construido economías, ciudades y sistemas alimentarios suponiendo que el clima tenía la obligación de comportarse como se nos antoje.

hace 4 horas
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  • La factura del super-Niño

Por Humberto Montero - hmontero@larazon.es

El Niño que se viene va a dejar en una chiquillada a los anteriores. Ecuador ya ha declarado la alerta roja en todo el territorio. Y por lo que me cuentan ustedes mismos ya empiezan a padecer los cortes de agua. En Centroamérica se pierden cosechas, de El Salvador a Panamá. Al otro lado del charco, en África, millones de niños quedan expuestos a sequías, inundaciones y epidemias. Los arrecifes de coral siguen blanqueándose y sufriendo como un albino en la playa sin sombrilla. Y el café sube de precio sin freno, un 14,5% en julio pasado, a consecuencia de la pérdida de producción.

El problema de El Niño es que tiene la mala costumbre de no limitarse a una sola desgracia, las trae todas y de golpe. Es un fenómeno meteorológico con vocación de plaga: donde llega deja calor, sequía, también lluvias torrenciales, problemas de abastecimiento, pérdidas agrícolas y, de paso, crisis humanitaria. No hace falta que provoque cada desastre. Le basta con apretar los tornillos de sistemas que ya estaban funcionando al límite, con escasos recursos y sin previsión alguna.

En África Oriental y Meridional, Unicef calcula que más de 162 millones de niños estarán expuestos a sus efectos en 2026-2027. En Somalia, Etiopía o Sudán del Sur, la combinación de sequía, calor e inundaciones puede traducirse en hambre, enfermedades, desplazamientos y, en el menor de los males, un curso entero perdido. Sabemos que el Niño nos visita periódicamente, quiénes están en peligro y cuánto cuesta prevenirlo, pero seguimos sin actuar. Menos del 1% de la ayuda humanitaria mundial se dedica a prevención, según Unicef.

En el Corredor Seco centroamericano, la situación tampoco invita al optimismo. Honduras, Guatemala y El Salvador afrontan pérdidas masivas de maíz y frijol, reservas alimentarias que en muchos hogares apenas duran semanas y un acceso al agua cada vez más precario. Y como si faltara algún ingrediente, regresan migrantes sin remesas ni recursos a comunidades que ya están bastante ocupadas intentando sobrevivir.

Porque el clima no solo cambia el termómetro. Cambia los flujos. Cuando falla la cosecha, sube el precio. Cuando falta el agua, aumenta la pobreza. Cuando desaparece el empleo rural, aumenta la migración.

Y luego están los corales, esos seres que tienen la mala suerte de ser esenciales y absolutamente incapaces de convocar una rueda de prensa. Su cobertura mundial ha caído un 9,5 % respecto a niveles registrados en décadas anteriores. Los episodios de blanqueamiento se suceden cada cinco o seis años, cuando antes los arrecifes disponían de décadas para recuperarse. Los he podido observar vivos y también moribundos desde la Gran Barrera de Australia hasta Belice o los cayos de Florida.

La Amazonía tampoco se libra. Brasil intenta consolidar una bioeconomía basada en productos como el açaí, el guaraná o el cacao para ofrecer alternativas a la tala y la ganadería. Es una idea sensata: ganar dinero sin destruir el lugar donde se gana. El impacto de El Niño puede cambiarlo todo y borrar de un plumazo la alternativa al modelo depredador.

El Niño es más que una visita incómoda. Es el recordatorio de que hemos construido economías, ciudades y sistemas alimentarios suponiendo que el clima tenía la obligación de comportarse como se nos antoje. Y con más de 8.000 millones de seres humanos viviendo cada día más años, gracias a Dios, todo es más complejo y variable. Debemos estar preparados y exigir a nuestros representantes que hagan su trabajo.

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