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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
El trato a la selección iraní es humillante, con la obligatoriedad de viajar entre México y Estados Unidos cada vez que tengan un partido. El régimen migratorio y la negativa de visados a turistas e inclusive a miembros de las selecciones participantes es de terror.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
Con una realidad política abrumadora, nacional e internacional, el Mundial de fútbol aparece como una oportunidad ideal para despejar la mente. El deporte, diría uno, de la mano de un espectáculo que solo aparece cada cuatro años, sería suficiente para disminuir la tensiones y aflojar las angustias. Pero la realidad es otra. Este campeonato, jugado en México, Estados Unidos y Canadá, arrancó envuelto en polémica, y se convierte con el pasar de los días en una radiografía triste de la actualidad geopolítica.
Antes de que rodara el balón aparecieron las primeras manchas. Es la primera vez en la historia de un torneo centenario en el que un país anfitrión (Estados Unidos) está en guerra con otra nación participante (Irán). El trato a la selección iraní es humillante, con la obligatoriedad de viajar entre México y Estados Unidos cada vez que tengan un partido. El régimen migratorio y la negativa de visados a turistas e inclusive a miembros de las selecciones participantes es de terror. Los oncenos de Irak, Uzbekistán y Somalia han denunciado abusos a su entrada al territorio estadounidense, detenciones por horas en los aeropuertos y requisas eternas. Omar Artan, somalí y considerado el mejor árbitro africano, fue inadmitido y deportado hacia Turquía. Gianni Infantino, presidente de la Fifa (quien el año pasado le otorgó el “Premio Fifa de la Paz” a Donald Trump) pidió a la gente que se “relaje” y confíe en su trabajo diplomático tras bambalinas. Por ahora, no son muchos los resultados que puede mostrar. La Fifa, una organización que desde siempre ha cargado la oscura sombra de las componendas y la corrupción, hace muy poco para mejorar su imagen.
Las tensiones no se detienen ahí. Las tres naciones anfitrionas tienen roces importantes. Cuando la candidatura se construyó, formalmente, en el 2017, la realidad de la unión norteamericana no estaba puesta en duda e incluso el proyecto nació como una iniciativa que pretendía mostrar la cooperación regional. En el 2018, cuando se les otorgó la sede, era imposible prever el nivel de fraccionamiento que existiría ocho años después entre los gobiernos de Ottawa, Ciudad de México y Washington por las batallas arancelarias y la lucha contra las drogas.
La increíble pasión por el fútbol es quizá la única responsable de que este Mundial, profundamente polémico, politizado y con boletas a precios demenciales, se mantenga a flote. Aún con lo impopularidad del principal anfitrión este evento es, con diferencia, el encuentro deportivo más visto del planeta y se espera que durante este mes más de 5 mil millones de personas vean los partidos por televisión.
La pequeña burbuja busca aislar al mundo por noventa minutos. Pero al interior de la ilusión también se mueven las fichas de la realidad. Por eso hay que estar atentos a los palcos, a los gobernantes que se dan apretones de manos. Porque será ahí, en las conversaciones mientras se mueve el balón, que se negociarán los cambios de la geopolítica actual.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.