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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

Todo nos llegó tarde

Convertimos la severa disciplina del examen de conciencia en una receta de bienestar para el consumidor moderno.

hace 5 horas
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  • Todo nos llegó tarde

Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

Somos un país que mira hacia afuera para entenderse por dentro. En Colombia, la cotidianidad no la marca la innovación propia, sino la velocidad con la que adoptamos retazos culturales, tecnológicos y materiales que nos llegan de Norteamérica o Europa. Con una industria manufacturera históricamente tímida y relegada al desarrollo global, nuestra modernidad nunca ha sido de vanguardia, sino de emulación; dependemos de la gracia con la que asimilamos los objetos foráneos que devoramos con preferencia. Así, nuestra historia material no se escribe con los verbos de la creación o la producción, sino con los de la espera y la copia, en el concierto del progreso global, a nosotros casi todo nos llegó tarde.

Esa dependencia nos convirtió en una nación de consumidores analfabetas. Heredamos y compramos artefactos cuyas instrucciones, redactadas en inglés, alemán o japonés, jamás nos detuvimos a descifrar. En su lugar, preferimos la intuición y el desparpajo. Así, la llamada “tropicalización” de los objetos no fue más que una cirugía de emergencia: un remiendo aquí, una improvisación allá. Al ignorar el método detrás del diseño, terminamos traduciendo la modernidad a nuestro antojo, convirtiendo cada objeto importado, cada proceso institucional y cada tecnología en un pequeño Frankenstein criollo; criaturas mutantes atadas con alambre, que no pertenecen ni al mundo del que vinieron ni al territorio que hoy habitan.

La tentación inmediata nos empujaría a buscar estos injertos en la tecnología contemporánea: hablar de hardware, software o inteligencia artificial, esos que consumimos con fervor pero comprendemos a medias. Sin embargo, la brecha más honda no está en las máquinas, sino en lo inmaterial; en saberes trascendentales que importamos para intentar sanar el alma. Hoy, en una Colombia abrumada por la prisa, la gente busca el yoga, la meditación o el taichi como salvavidas frente a la locura de nuestros días y los rayones de la mente. Pero allí también operó nuestro maleficio, sin instrucciones en español, despojamos estas disciplinas de su mística y su rigor milenario. Terminamos haciendo gimnasia aeróbica en lugar de yoga, y pretendiendo meditar cuando ni siquiera hemos aprendido a respirar.

Tarde como todo lo que nos llegó, llegamos al quid de lo que nos convoca: el estoicismo. Hoy, en las novedades de las librerías, los algoritmos de las redes sociales y las charlas de café, se nos invita a ser estoicos para resetear y encauzar la vida. Sin embargo, fieles a nuestra tradición, redujimos el pensamiento complejo de Séneca o Marco Aurelio, a un burdo manual de cinco “acciones” con las cuales se supone que cualquiera puede enderezar su existencia. Convertimos la severa disciplina del examen de conciencia en una receta de bienestar para el consumidor moderno. Pero bueno, al fin y al cabo, es lo que hay: el destino trágico de aquel que solo sabe habitar la superficie de las cosas. Así hemos sido y así seguiremos, remendando el alma con lo que encontremos a mano, resignados a aceptar que en este rincón del mundo todo nos ha llegado, y sin duda nos seguirá llegando, tarde.

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Por Felipe Jaramillo Vélez - opinion@elcolombiano.com.co

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