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Guerra y frustración

hace 3 horas
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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com

No hace falta ser aficionado a las penas para entender que en aras de sobrevivir y moldear nuestro comportamiento los seres humanos necesitamos el sufrimiento. El dolor es la consecuencia inevitable de nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, un promotor de cambio y adaptación. En cuanto a la guerra, una de las peores formas del sufrimiento humano, no significa que no la condenemos, ni experimentemos un afán extremo de que se termine antes de que empiece, que anhelemos su desaparición de la faz de la tierra, y que no sea la causante de una frustración devastadora. Desde luego no puede acabarse mientras existan fuerzas poderosas que la generan, poblaciones que viven en condiciones distintas, diferencias acerca de la valoración de la vida y la muerte, y divisiones por envidia, rencor y venganza entre unos y otros.

En la antigüedad la frustración ante la derrota conducía a perder para siempre la vida, la tierra o la libertad. En el mundo moderno, la gran frustración (colapso psicológico conocido como el “shock de combate”), se presentó masivamente por primera vez en los soldados de la Primera Guerra Mundial. La brecha entre la motivación inicial de la gloria y el ocultamiento de la brutalidad del combate, es decir, el romanticismo patriótico y la crueldad de la guerra, crearon el fenómeno de la “Generación Perdida”: escritores desesperanzados en medio de una profunda crisis de valores, narraron el trauma colectivo de la huida del dolor a través de la gratificación inmediata, del placer como bien supremo (hedonismo).

Al día de hoy la frustración se presenta con extendidas campañas de desinformación que, manipulando decisiones y defendiendo a grupos terroristas mortíferos, desgraciadamente generan adhesiones en la población global. También, cuando el propósito de los políticos carece de claridad, con los impactos psicológicos originados desde las trincheras, y con el uso de tecnologías destructivas a distancia. Todas, causas de Trastornos de Estrés Postraumático, esto es, duelo constante, recuerdos intrusivos, cambios de humor, reacciones físicas, aislamiento y profundas dudas acerca de nuestro poder para salvaguardar la vida.

Creyendo que la guerra estaba en retroceso, me di cuenta que había sobreestimado el viraje desde el egoísmo al altruismo, por añadidura desacerté en colocar a la civilización por encima de lo que en realidad es. Me surgieron preguntas tales como ¿la argumentación lógica carece de potencia frente al odio y al fanatismo?, ¿estamos pasando por una crisis física, mental, emocional y espiritual de carácter global que evidencia un retroceso de la humanidad?

La pregunta que Einstein dirigió a Freud en 1932: “¿es posible controlar la evolución mental del hombre como para ponerlo a salvo del odio y la destructividad?” indica que pasaron 94 años y no ha sido posible. En suma: los seres humanos poseen un impulso de colocar fácilmente en marcha el odio y la destrucción, la incapacidad de dirigirlo explica porque los enfrentamientos armados no terminan, y las masas se apasionan con jefes “poderosos” gracias a este impulso destructor que permanece cerca del umbral de la conciencia.

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