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El arte de ser ella misma

Cuenta la leyenda, que Lou no se le entregó físicamente a ningún hombre hasta antes de cumplir 35 años... fue una pionera en el arte de ser ella misma.

hace 60 minutos
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  • El arte de ser ella misma

Por Diego Aristizábal Múnera - desdeelcuarto@gmail.com

Esta semana soñé que Lou Andreas Salomé y yo nos encontrábamos en un parque donde ella estaba tomando cerveza y me pedía que le hiciera una trenza. Tremenda imagen. Me desperté ilusionado y por la tarde fui al parque de los sueños y en vez de ella había un montón de perros con sus dueños. Abrí la lata de cerveza que había llevado para compartir y la imaginé entre los arreboles. Vi su eterna belleza, recordé su enorme inteligencia, la libertad que también cautivó al pobre Nietzsche, a su amigo Paul Rée, al poeta Rilke, a Freud y a todo aquel que se le acercara para disertar sobre cualquier tema que no fuera precisamente el amor.

Lou Andreas Salomé nació en San Petersburgo hace 165 años y apenas pudo pensar y hablar su madre sintió el mismo dolor de cabeza que sienten algunas madres cuando su hija no es convencional: no sueña con casarse, quiere estudiar, ser independiente, vivir, hablar con los hombres de tú a tú sin que la vean como un objeto exclusivo del deseo. Eso lo supo su madre cuando, además de querer matricularse en la Universidad de Zurich, una de las primeras en admitir mujeres estudiantes, quiso convivir en una misma casa de tres habitaciones con dos hombres, nada más y nada menos que Nietzsche y su amigo Rée, para hablar de filosofía, de especulaciones metafísicas, del misterio de la vida y de Dios, tema que siempre la mortificó. Ante ese deseo imposible de cumplirse se preguntará: “¿Qué les pasa a estos hombres, incapaces de amistad, sí, de amistad simplemente?”

Desde luego fue juzgada por la sociedad. “Nosotras” no podemos hacer esto o lo otro, “nosotras” debemos obrar de tal o cual forma y, sin embargo, no entiendo a quién se refieren al decir “nosotras”, dice. “Yo, por mi parte, sólo sé de “mí”, ni puedo ajustarme a un modelo ni ser modelo para nadie; pero puedo, eso sí, formar mi propia vida a mi manera y esto es lo que voy a hacer, cualquiera que sea el resultado. No represento ningún principio, sino algo más maravilloso, algo que uno lleva adentro, algo vivo, cálido, que grita de alegría y que pugna por salir”. Así pensaba esta mujer libre.

Cuando conoció a Freud en 1912, le dijo sin vergüenza: “Quiero aprender psicoanálisis”. Desde entonces la ya madura pero siempre cándida Lou Andreas Salomé se sentó al lado del maestro en las famosas reuniones de los miércoles en Viena donde, incluso, como demostración de esa “inteligencia temible”, que le atribuyó Freud, discutirá con firmeza algunas de las posiciones del propio maestro.

Cuenta la leyenda, que Lou no se le entregó físicamente a ningún hombre hasta antes de cumplir 35 años, después, tuvo un extraño matrimonio y muchos amantes; sin embargo, ninguno pudo poseerla del todo porque la rusa, que tantos desearon, fue simplemente una pionera en el arte de ser ella misma.

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