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Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.
Estados Unidos e Israel esperan un cambio de gobierno impulsado por sus ataques desde el aire, pero quizá esto no sea suficiente.
Por David E. Santos Gómez - davidsantos82@hotmail.com
El infierno que se desató en Medio Oriente tras el bombardeo a Irán y la muerte del ayatolá Alí Jamenei no acabará pronto. Sus efectos, que tienen al vecindario paralizado y al mundo con el aire contenido, llegarán a cada esquina del mapa y América Latina no es la excepción. Colombia, en plena época electoral, tampoco está segura. Acá se sentirá el coletazo económico, político y diplomático.
La primera alerta viene con las difíciles condiciones de tránsito en el estrecho de Ormuz. La amenaza de Irán -y su Guardia Revolucionaria- contra todo aquel que se atreva a navegar la zona es suficiente para alterar los precios del petróleo y del gas en el mundo. Europa, complicada desde hace cuatro años por la guerra entre Rusia y Ucrania, vio un aumento de casi el 40 por ciento en los precios del gas y se prepara para una nueva realidad inflacionaria. En nuestro continente, aunque algunos productores celebran la posibilidad de un barril por encima de los 100 dólares, la vinculación de este escenario con el valor de los combustibles disparará también los precios del transporte y los alimentos.
Con la inestabilidad económica global, además, las grandes inversiones buscarán refugio en mercados más seguros. América Latina podría ver la salida de importantes capitales que escogerán economías desarrolladas y menos riesgosas. En este punto, según expertos, la presión sobre las monedas (entre ellas el peso colombiano) llevaría a una depreciación acelerada y el bolsillo lo sentirá más temprano que tarde. Para nosotros, que empezamos a atravesar meses electorales decisivos, cualquier viento puede generar un huracán.
Donald Trump, en su visión maniquea, tiene al mundo bajo la presión de apoyar su intervención o convertirse en enemigo. Por ahora, de manera evidente, lo ha hecho con España y el gobierno de Pedro Sánchez que cayó en desgracia por no ayudar en la avanzada y no prestar su territorio para los aviones estadounidenses. Los británicos, que dudaron, también recibieron un regañado. América Latina, desde la distancia, parece pasar de agache por el momento, pero bastará algún discurso disonante o un comentario crítico para que el dedo acusador y las amenazas de aranceles caigan sobre cualquier pueblo del hemisferio. Es el mismo “están con nosotros o contra nosotros” de George W. Bush.
Lo que inició como un proceso quirúrgico para derrotar al régimen iraní en cuestión de semanas se transformó rápidamente en una guerra de largo aliento. Estados Unidos e Israel esperan un cambio de gobierno impulsado por sus ataques desde el aire, pero quizá esto no sea suficiente y requieran poner soldados en tierra. De hacerlo, se abrirían las puertas de un conflicto similar a Siria, Irak o Afganistán. Ese panorama -bastante desastroso para todos los involucrados- también tocaría nuestra cotidianidad. En últimas, la distancia geográfica no es una garantía de aislamiento cuando ocurren acontecimientos de esta envergadura. Una bomba en Teherán se siente en un supermercado en Medellín.
Doctor en Ciencias Sociales, Magister en Estudios Humanísticos y Periodista. Es columnista semanal de El Colombiano y profesor en Eafit de temas relacionados con la historia contemporánea, la geopolítica y el periodismo.