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“Los nuevos”, de Pedro Mairal, la novela de cuando los adultos nos parecían falsos

El escritor argentino Pedro Mairal está en el Hay Festival Cartagena, donde presenta su más reciente novela, luego de La Uruguaya (2015); en estos años publicó cuentos, poemas, crónicas

  • La novela La Uruguaya, de Pedro Mairal, fue llevada al cine y se puede ver en Netflix. Ahora lanza Los nuevos y es uno de los invitados al Hay Festival en Cartagena. FOTO Archivo
    La novela La Uruguaya, de Pedro Mairal, fue llevada al cine y se puede ver en Netflix. Ahora lanza Los nuevos y es uno de los invitados al Hay Festival en Cartagena. FOTO Archivo
Daniel Rivera Marín

Editor General

hace 17 minutos
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Hace diez años, mientras atravesaba La Habana en una guagua, leí La Uruguaya, novela del escritor argentino Pedro Mairal, a quien conocía por sus textos en la revista Orsai –la genialidad de Hernán Casciari y Christian Basilis–, por Maniobras de evasión y Una noche con Sabrina Love, una novela de un ritmo de Fórmula 1. La guagua ronroneaba por las calles viejas de la capital de la revolución y la prosa iba a toda carrera, me llevaba por las narices, quizá por eso me robaron el celular, me lo sacaron del bolsillo, porque estaba muy distraído –debo ser el único colombiano, de Medellín, al que le practicaron el milenario cosquilleo por fuera de estas cuatro esquinas–.

La Uruguaya es una novela exitosísima y genial –adaptada al cine, se puede ver Netflix–, un devaneo entre la primera y la segunda persona, una carta personal con la que un hombre cuenta cómo pasa el Río de La Plata, de Buenos Aires a Montevideo, para hacer negocio con algunos dólares, una movida ilegal y riesgosa en tiempos del corralito; en esa historia aparece una mujer, un espejo del subconsciente parasitario que lo lleva a perderse; como dicen los muchachos de hoy: una excusa para el autosaboteo.

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Luego de ese libro, Mairal publicó poemas, crónicas, cuentos y también hizo canciones, hasta que a finales del año pasado volvió a la novela con Los nuevos (Emecé, 2025); en las librerías de Argentina se anunció como “el regreso” del escritor después de una década, como si Mairal no hubiera sido un escritor persistente en los márgenes de la gran industria editorial capitalista –quizá hoy se es más escritor en el margen que en el calado de una novela, el fetiche del mercado–.

Los nuevos es una mezcla de voces: primero está Thiago, un muchacho que se confiesa desde una especie de psiquiátrico –escribe, aunque se niegue a escribir en el cuaderno que le legó su psicóloga–; después está Bruno, un gigante músico peludo excluido a las nieves de Estados Unidos para estudiar Economía; y, finalmente, Pilar, un torbellino de personalidad, una estudiante que quiere hacer una película natural sobre su abuela pero termina grabando a la señora del servicio, una mujer pobre que vive en la periferia.

Sabemos que Thiago se ha mandado una gran cagada en un lugar de campo a varios kilómetros de Buenos Aires, pero nos demoramos en saber qué fue lo que pasó. Dice Mairal: “Es una novela que empezó primero con la voz de ese chico, Thiago, que está en carne viva, que perdió a su madre hace poco y lo llevan a esa playa hippie chic, donde la clase media alta juega a la precariedad, juega a estar sin electricidad, y él está muy enojado y lo revienta todo ahí. Thiago extraña mucho a su amigo Bruno, que lo mandaron a estudiar a Estados Unidos, al hielo en Wisconsin, un lugar con un metro y medio de nieve, y está solísimo”.

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Es la historia de tres muchachos que se emancipan, toman distancia de los héroes de la infancia –los padres– y buscan su propia vida; los tres ya ven la familia primigenia como un apéndice que tienen que cortar. En la segunda parte, la historia de Bruno aparece en tercera persona: “Hay en esa voz una distancia que me gustó. Se percibe mejor así la soledad alienada de Bruno en otro país, la soledad de otro idioma, de un momento específico de la universidad cuando todos se fueron a visitar a sus familias; y él quedó solo ahí porque no quiere volver a Argentina porque está gordo y la madre lo controla con el peso; entonces se va haciendo amigos, consigue un trabajo y le van pasando cosas con la música y como inmigrante”.

Bruno es bajista y conoce a un mexicano encargado de la limpieza en la facultad, terminan tocando juntos en una iglesia evangélica; se hacen amigos, comparten el milagro vivo de la comida mexicana, de los tragos con tequila y mezcal. Todo es muy breve, lo suficiente para sentirse vivo y halar las hebras de la pasión que fue a enterrar en la nieve de Wisconsin.

“Me gustaba mucho que Bruno de pronto tocara en una banda evangélica y que encontrara un grupo de pertenencia, pero no por la parte espiritual, que no le pega mucho. Estoy notando que en las lecturas está provocando mucha ternura el personaje de Bruno, que es como una especie de corazón emocional de la novela. Me resulta curioso porque además te confieso que es el personaje para mí más misterioso, el que menos esperado tenía”, dice Mairal, como quien ve a un hijo cabalgando por la vida con orgullo y desapego.

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Y en la tercera parte del libro aparece Pilar, o su voz, porque su figura recorre las páginas desde el primer momento; con la madre en España, viviendo con la abuela que sufre una ludopatía soft: “Para su facultad de cine tiene que hacer un proyecto de un perfil de alguien de la familia. Nadie le presta atención y la única que lo hace, quizá porque no entiende del todo lo que quiere hacer, es la empleada que trabaja en la casa de su abuela, Rosa. Y ella entonces la sigue durante todo el día con la cámara. Aquí aparece un tema que me gusta en la novela, es algo que lo entiendo ahora que me desperté, digamos, después de haber escrito casi sonámbulo, y es: ¿quién retrata a quién?”.

En todas las historias hay soledad, la soledad que desprende de ser incomprendido y creer que ya se conoce el sentido de la vida y que los adultos no. Es la historia de tres amigos que, unidos por la música, el amor y la edad, empiezan a añorar la vida que tuvieron juntos, creen que han sido separados por las decisiones de sus padres, no ven –no pueden verlo– que la vida se les ha abierto para cambiarlos eternamente.

Le pregunto a Pedro Mairal por su investigación de los jóvenes de hoy, del uso de redes, del lenguaje lleno referentes musicales modernos, y dice: “Buceé un poco más en mis 19 años, en los años noventa, que en los jóvenes actuales; no quise hacer un retrato fiel, etnográfico, de la gente de 19 o 20 años de ahora, porque probablemente no me hubiera salido. Lo que traté de buscar fueron cosas constantes que suceden a esa edad, al fin y al cabo, la primera vez que te rompen el corazón debe haber sido muy parecido en el siglo pasado y seguirá siéndolo en el próximo. La diferencia ahora es que ves a tu ex con alguien en redes sociales, pero digo, sigue siendo la misma sensación. Es un momento de la vida en que los adultos te parecen que son falsos y que no hay ningún modelo de adulto que te calce y se te extravía, se te enreda la brújula, porque te vas de la casa por primera vez y empezás a dormir en otros lugares con otra gente, todo eso es igual siempre”.

Y ahí está todo: ya vivimos esto, en otra época, en otros años, con otros desencantos. Los nuevos somos siempre nosotros: nuevos, improvisando según se viene la vida.

La novela parece escrita como una carta, como una confesión, como si el narrador estuviera en un apartamento en llamas.

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