Por: Sara Helena Vélez Tamayo*
Hace un par de meses conocí a Claudia. Acompañaba a Alejo a una de las reuniones de los grupos de su parroquia. Por esas semanas yo estaba tejiendo mucho en mostacilla, un arte que me encantaba y me ayudaba a procesar los conocimientos que había ido adquiriendo ese semestre en mi curso de oralituras. El profesor, Ezequiel, se había encargado de hacernos entender la importancia, la belleza y la sabiduría de los relatos que cargan las diversas etnias y comunidades de nuestro país. Nos había mostrado lo cerca que estábamos de ellos, pero lo lejos que estábamos en comprensión y conocimiento. ¿Cómo era posible que relatos tan sencillos e importantes no los hubiéramos aprendido en el colegio? ¿Cómo era posible que supiéramos de todo tipo de mitologías, pero no habláramos de los relatos de la creación de ninguno de estos pueblos con los que compartimos suelo, patria y calles en el día a día? Esa era una de las preguntas que surgían en el curso. El profesor nos preguntaba si alguna vez habíamos ido a un resguardo. Yo le dije que sí, había ido a dos. Pero lo único que había hecho había sido mirar artesanías, ver sus bailes y, de una forma u otra, exotizarlos sin saber que lo estaba haciendo. No aprendí sus lenguas. En ningún momento me acerqué a ellos en sus tierras a hablarles en wayuunaiki o en embera. Tampoco aprendí sus costumbres, ni les pregunté por sus mitos, sus ritos, sus creencias, nada.
Mientras esperaba a Alejo para entrar con él al grupo, pasé por una panadería, pedí algo de tomar y un pan. La panadería estaba llena, no había sillas, y decidí sentarme en el par de escaleras en la parte de afuera. Al lado mío, sentada un escalón más abajo en el piso, estaba Claudia. Claudia me sonrió, yo le sonreí de vuelta y empezamos a hablar. —Qué bonito —le dije—, yo también tejo. Ella me respondió en un español claro. Su español, a diferencia de mi embera, era excelente, porque mi embera es nulo, inexistente. No hablo ninguna de las 65 lenguas indígenas que hay en Colombia. Si ella fuera una extranjera, ese día en Provenza tal vez habría podido conversar con ella en su idioma: en español, inglés o portugués, incluso en latín antiguo, que estoy aprendiendo en la universidad. Pero en embera no: en ninguna de las instituciones que conozco dan un curso de embera, y créanme que los he buscado. Lo más cercano es el Instituto Caro y Cuervo, que ofrece cursos de lenguas ancestrales. Debido a mi falta de embera, tuvimos que seguir nuestra conversación en español. Claudia era amigable, sonriente, inteligente, capaz. Hablaba dos idiomas, español y embera, y lograba sostener conversaciones en su día a día en su segunda lengua. Me contó que había estado en un internado y que allí había aprendido el español, había aprendido a contar y había terminado el colegio.
Yo le empecé a preguntar por el embera, y ahí me di cuenta de que teníamos problemas en nuestra comunicación. Aunque su español era muy bueno, yo no compartía con ella ninguna otra lengua. Cuando ella se estancaba en una palabra y no sabía cómo decírmelo, yo no podía preguntarle “¿más o menos qué quieres decir en embera?” para que habláramos entre las dos lenguas. Así es mucho más fácil comunicarse con cualquiera; lo sabrán las personas que sostienen relaciones bilingües. Pero para mí era imposible. Le pedí que fuera mi amiga y ahí le pregunté: “¿Cómo se dice amiga en embera?”. Kau. De ahora en adelante éramos kau. Comencé a escribir en mi celular un pequeño diccionario de embera. Mis palabras favoritas son birua, palo de protección, jaiquera, planta reina, y jaiwena, mujer espiritual. Lo que me cautiva de ellas es que son conceptos que no tenemos en español; nosotros los completamos con palabras conjuntas, y ahí está el límite de nuestro lenguaje. Una birua es un palo que protege y cura a la comunidad; un sabio de otra especie. Por eso no todos los pacuru (árboles) son iguales. Le pregunté cómo se inspiraba para tejer. Me dijo que veía los collares en sus sueños. Me contó también que en su pueblo era una mujer jaiwena: una mujer espiritual, sabia de las plantas. Yo tejía mostacilla para procesar lo que aprendía en clase; ella tejía lo que soñaba.
Mientras llenábamos el diccionario, Claudia me fue contando un poco de su vida y yo algo de la mía. Le pregunté cómo había llegado a Medellín. Me dijo que vivía en El Faro hacía dos años, con varias personas de su comunidad, con sus hijos, con sus hermanos. Todos ellos habían sido desplazados de su resguardo en el Chocó y habían llegado a Medellín. Me contó también que hacía unas semanas había estado en una protesta en las calles. Protestaban porque querían volver, querían que les devolvieran esas tierras, querían poder estar allá en paz. Yo me asombré. La verdad es que siempre me han enseñado a detestar esas protestas, y a escuchar por ahí: “esos emberas katíos, que causan tantos disturbios”. Pero en ese momento lo entendí: Claudia estaba en la protesta con el poco español que tenía, porque le habían dicho: “Si tú vas y marchas, ayudarás a que te devuelvan tus tierras”. Detrás de estas protestas hay infinidad de causas y motivos en los que no voy a ahondar en este momento. Pero en esta conversación, con mi nulo embera y su poco español, me di cuenta de que esta mujer nunca había tenido como objetivo volverse violenta. Ella solo quería volver a ese lugar que llama hogar. En esa protesta nadie habría tenido la posibilidad de preguntarle por qué estaba allí, qué necesitaba o qué quería, ya que, al igual que a mí cuando intenté ahondar en el tema, se les habría agotado el lenguaje ante su poco español y nuestro desconocimiento del embera.
Al finalizar la noche ambas nos despedimos y quedamos en encontrarnos al día siguiente subiendo la 10. Al otro día intenté volver a reunirme con Claudia en el punto en el que habíamos quedado. Sin embargo, me fue imposible encontrarla. Hay varias razones, una es que ella no tenía celular para comunicarnos, pero creo que la más importante pudo haber sido la cantidad de trabas que ella tiene todos los días. Tal vez pasa algo arriba en El Faro, en su comunidad, con alguno de sus hijos. De pronto no les alcanza para los pasajes y no pueden bajar a la ciudad a vender sus collares. Y si todo está bien, tiene para los pasajes y llega a El Poblado, puede que no encuentre dónde extender su sábana, sacar sus hermosos collares y venderlos. O que la muevan del lugar donde se hizo, pues ahí no puede vender: este tipo de artesanías deben venderse de manera formal en alguno de los toldos que ha destinado la Alcaldía con este fin. Pero si se mira con atención, se verán muchas artesanías en todos estos toldos y poca población indígena. Nos preguntaríamos: ¿por qué no van y piden uno? ¿En qué? ¿En español o en embera? ¿Cómo te haces entender cuando tienes un mínimo de español y el resto de la gente que busca comunicarse contigo tiene un nulo de embera?
La noche en que conocí a Claudia, abajo en la panadería de la 10, a ella la habían sacado de su lugar habitual de venta porque, como ella me dijo desde su sentir, “es que Espacio Público no deja trabajar”. Entonces tomó su bolso y comenzó a deambular. Durante semanas busqué a Claudia en las calles. Con el pasar de los meses de no verla, comencé a sumergirme en mi día a día y a solo recordarla los días en los que tejo mostacilla, reviso mi cortísimo diccionario embera e intento pronunciar las palabras.
Era viernes cuando conocí a Claudia. Hoy, meses después, es sábado. Salí temprano a pasear a mis perros, tomé El Colombiano recién dejado encima del tapete de mi puerta y en la página 6 leí: “Alerta grave por crisis de salud mental en niños y adolescentes indígenas”. La noticia denuncia que “el 65 % de los códigos fucsia declarados en la capital antioqueña corresponden a menores de edad, en su mayoría pertenecientes a la comunidad embera katío”. También hay alertas de códigos dorados. La Personería documentó, además, otras vulneraciones de derechos contra niños y adolescentes indígenas en Medellín, desde la violencia sexual hasta la mendicidad forzada y el aumento de los intentos de suicidio. Se estima que en Medellín habitan 5.500 personas pertenecientes a varias poblaciones indígenas del país. Pero lo que más me detuvo fue otra cosa: entre las razones del subregistro en la denuncia, la Personería señala primero las barreras lingüísticas, junto al temor a las autoridades y a usos y costumbres internos.
La noticia continúa con un llamado de atención al inmenso listado de secretarías por su insuficiente atención y, como en el juego de la pelota, unos a otros se pasan las culpas y las responsabilidades: todos informan, denuncian, muestran actividades y hasta actúan y mitigan, pero, aunque lo listan, nadie llega a la fuente del problema. En metodología de investigación, esto se conoce como un actor, y puede ser una persona, una institución o una causa detonante en el sistema que necesita una intervención para el cambio. Esta causa no es desconocida para las autoridades; sin embargo, tal vez no ha sido verdaderamente vista y, en este caso, escuchada.
¿Quién sabe embera para comunicarse con ellos? Probablemente nadie. Su actor, su cambio en el sistema, es la barrera lingüística. ¿Quién de los que van a estas jornadas puede comunicarse con ellos y generarles la confianza para que puedan expresar lo que está pasando? Lo viví esa noche en la panadería, cuando a Claudia y a mí se nos agotó el lenguaje. Es uno de los problemas más básicos de la hermenéutica: incluso cuando dos personas hablan la misma lengua, siempre habrá algún grado de malentendido en la comprensión de lo que se pretende explicar. Hay una distancia cultural, histórica y lingüística en todos los casos, y más en este, en el que solo una de las dos personas es forzada a expresar sus necesidades y su sufrimiento en una lengua ajena, ante alguien que no tiene la posibilidad de conciliar palabras y, por ende, cultura, historia y sentimientos. Así es imposible establecer el puente de la convivencia.
Hace días hablaba con mi hermano sobre la marginación de las comunidades indígenas en nuestra sociedad, y él me decía: “Pero es que es difícil llegar. Económicamente, tenderles acueductos, alcantarillado, todo eso cuesta, y nuestras tierras son muy difíciles”. Y yo le decía: “Sí, hermano, pero ese es uno de los últimos pasos”. Llegar con la maquinaria pesada, los recursos, abrir las tierras, es de los últimos pasos, y tal vez ni siquiera sea el necesario o el que ellos están buscando; eso aún no lo sabemos. El primero, y el más importante, es vencer nuestras barreras culturales, que empiezan siendo barreras lingüísticas: enseñarles a los niños en los colegios, empezar por los relatos y sus mitos, que nos siembran las bases de los símbolos culturales, pero también preparar a los funcionarios y a las personas en la lengua, porque no hay cultura a la que se pueda acompañar si no se la comprende.
Hoy busco a mi amiga Claudia, porque quiero seguir aprendiendo embera. Mientras la encuentro, sigo tejiendo mostacilla y repitiendo las palabras que me dejó: kau, birua, jaiwena. También me pregunto: ¿quién quiere aprender embera conmigo? Porque estoy cansada de pedirles a los otros que se acomoden a mi cultura y a mi conocimiento, sin hacer un esfuerzo por entenderlos en su lengua materna. Me gustaría con ella dejar de tejer clases y comenzar a tejer nuestros sueños.
* Sara Helena Vélez Tamayo es ingeniera de diseño y magíster en Ingeniería, profesora de cátedra en la Universidad EAFIT y estudiante de Filosofía y Estudios Literarios en la Universidad Pontificia Bolivariana.
