Maullaré por ti o el adiós a una gata amada

Adoptó a Filomena el 14 de marzo de 2020, con un virus incurable y el mundo a punto de confinarse. Seis años después, tuvo que despedirla. Entre esas dos fechas caben el amor por dos gatas y la muerte de un padre.

hace 59 minutos
  • Filomena fue adoptada en medio de la pandemia, murió semanas atrás. Foto: Cortesía
    Filomena fue adoptada en medio de la pandemia, murió semanas atrás. Foto: Cortesía
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Gatificar un lugar es adecuarlo para atender las necesidades de los gatos que lo habitan. Tener refugios en donde puedan esconderse, superficies en las que puedan afilar sus garras, plataformas elevadas desde las que puedan controlar su territorio. La gatificación exterior es consecuencia de la gatificación interior, de hacerle un lugar adentro de uno a un gato y de amoldar la vida a su existencia.

No fue necesario tener un gato para empezar a gatificarme. Solo tuve que observarlos, escuchar historias sobre ellos: Berlioz, Toulouse y Marie, la camada de Duquesa, en los Aristogatos; la sonrisa de luna del Gato de Cheshire; Mima y Mimo, los gatos siameses de mi bisabuela Emma en una foto en sepia. Mi abuela Victoria contándome que cuando su mamá murió los gatos se quedaron debajo del ataúd mientras la velaban en la sala de su casa y que, después del entierro, se fueron para siempre. Las visitas al “cuarto de los gatos” que tenía mi tía Cecilia y del que salían y salían gatos de todos los colores. Las advertencias sobre las consecuencias catastróficas de pasar mucho tiempo ahí, la amenaza del parásito que podían transmitirme: el toxoplasma gondii. La amenaza de la transmisión del toxoplasma a los humanos es injusta con los gatos. A pesar de que solo en ellos se pueda completar el ciclo de la reproducción, la mayoría de contagios se dan por comer carne mal cocinada o verduras mal lavadas. La toxoplasmosis puede tratarse. La gatificación es una condición crónica. Una vez gatificadas, las personas se gatifican hasta la muerte.

Hay gatificaciones colectivas, como la que vivimos en mi familia nuclear cuando adoptamos a Pascal, un gato esmoquin que viajó de polizón desde Jardín hasta Medellín en el carro de un vecino. También fue colectiva la gatificación que nos produjo Aníbal, un hermoso gris atigrado al que al principio confundimos con una hembra y bautizamos Grecia. Este tipo de gatificaciones colectivas son particulares porque la custodia compartida entre varias personas fragmenta la experiencia del cuidado, fundamental para la gatificación definitiva y, en mi concepto, no perfecciona la condición. Me fui de la casa, Pascal y Aníbal se quedaron con mis padres y mis hermanos, y el deseo de gatificación, ya parcialmente realizado, siguió latente en mi interior, hasta que un día, se manifestó con más claridad: quería ser gatificada por un gato tricolor, es decir, por una gata.

No había llegado, pero la gata empezó a vivir en mí. Su presencia inminente me empujó un día a escribir “Gatos adopción Medellín” en el buscador de una red social. La búsqueda arrojó muchos perfiles, escogí uno, vi las fotos y la encontré. Estaba muy delgada, acostada en un andén, sucia. La foto la captó con el hocico abierto, en pleno maullido. Supe que ella era la gata de mis sueños, la que iba a completar mi gatificación. Escribí, me pidieron diligenciar un formulario de adopción, aceptaron mi solicitud y coordinamos la entrega. La gata estaba en Cisneros, la habían abandonado a su suerte y deambulaba por el pueblo buscando comida. Me advirtieron que era adulta, que tenía un colmillo despicado. Nada de eso me pareció relevante, la información más importante era la fecha en la que por fin, después de tantos años de esperarla, llegaría a mi casa. Acordamos que sería el 14 de marzo de 2020. Era el tiempo del coronavirus, de la incertidumbre previa a los confinamientos, del miedo a la muerte que acechaba. Mientras el mundo cerraba fronteras, aeropuertos y ciudades, yo le abría la puerta a Filomena, la nueva huésped de mi vida.

Llegó envuelta en una cobija polar con huellas repujadas. Tenía la nariz pelada, me dijeron que se había lastimado en el traslado. Antes de entregármela, la mujer que la tenía en los brazos me dijo que había algo más que debía saber: la gata tenía el virus de la leucemia felina. Tanto miedo al toxoplasma y la amenaza real era otra, un virus, y no cualquiera, un retrovirus pertinaz.

La encargada de la fundación me preguntó si aun así quería quedármela. Le dije que mi decisión no cambiaba. La gata y el virus que ella traía iban a entrar a mi casa. Investigué el pronóstico de la enfermedad de la mejor forma que podía hacerlo: llamé a mi papá, veterinario de la vieja guardia, y él me aseguró que con la alimentación correcta y chequeos constantes la gata iba a tener una vida normal. Tal vez no muy larga, pero sí una vida buena. Mientras estaba al teléfono, la gata se escondió detrás de la lavadora, le acerqué un bol de agua y otro de comida y me fui a dormir. Al día siguiente, me senté en el sofá de la sala y empecé a llamarla con palabras dulces. Lentamente la gata salió de su escondite y empezó a acortar la distancia que nos separaba, saltó al mueble, se enroscó a mi lado y empezó a ronronear. La gatificación era irreversible.

Filomena fue el primer animal que estuvo enteramente bajo mi responsabilidad. Me dio la gracia de entender el poder que tiene ocuparse de otro, salirme de mí para pensar en ella, organizar mis rutinas alrededor de sus ritmos, adecuar la casa a sus recorridos y a sus gustos, gatificar mi entorno mientras yo misma me gatificaba cada día más. Fue la única gata de la casa durante cinco meses. Luego llegó Greta, otra gata también tricolor, también portadora del retrovirus de la leucemia. El tres de los colores de las gatas se correspondió con el tres de la familia que nos inventamos. Se multiplicaron los pelos en la ropa, los areneros, los ronroneos, los cuidados y el amor. Ellas hacían la música de mis mañanas con sus maullidos y galopes y eran el cobijo de mis noches enroscadas cerca de mí cuando me iba a dormir.

La ilusión de normalidad que conservamos durante los primeros meses del 2020 se rompió con la inesperada muerte de mi padre. Él no tenía ningún virus ni parásito, pero estaba vivo y eso es suficiente para morir. En menos de dos horas el mundo como lo conocía se disolvió y dejó un vacío que me aterrorizaba. Bajo mis pies se abrió una grieta que me mostró la profundidad del misterio que es la vida. Me daba vértigo asomarme, pero era lo único que podía hacer. Mientras todo alrededor se alteró para siempre, la compañía de mis gatas se mantuvo constante y, con ellas como guardianas, atravesé la noche oscura del alma. Cambiamos de casas, de altura, cambiamos de ciudad. Cada año que pasaba nos fusionábamos más definitivamente. Éramos las gatas y yo, mi vida era tan suya como mía. Mis amigas se hicieron sus amigas, mi cama era la cama de ellas, compartíamos comidas y vasos de agua. Olvidé que en cada una de sus células estaba la marca del virus que guardaban dentro, pero no por descuido, el pronóstico de mi papá se cumplió: con la alimentación correcta y chequeos constantes las gatas tenían una vida normal.

Los maullidos de Filomena me despertaban todos los días y también me avisaban que ya era hora de dormir. La sospecha de que algo no estaba bien empezó la noche en que se quedó callada y prefirió dormir en el sofá y no en la cama. Tenía la nariz pálida y el corazón acelerado; de camino a la veterinaria recordé la sentencia escrita en sus células y me angustié. Los exámenes de sangre confirmaron mi temor, Filomena tenía una anemia agresiva, su médula ya no producía glóbulos rojos, mi gata, mi primera gata, estaba muriendo. Entonces recordé a mi padre, gatificado, vaquizado, caballizado, perrificado de profesión, recordé la compasión que siempre mostró a todos los animales, la forma amorosa con la que se refería a lo que había que hacer cuando, médicamente, no había nada que hacer. Tenía que ayudarla a morir.

En la clínica estabilizaron a Filomena con una transfusión sanguínea. La ofrenda apropiada para una reina de su linaje, energía para atravesar con algo de fuerza la puerta hacia el otro mundo. Volvimos a casa, a su casa, le contamos a Greta lo que iba a pasar. Filomena buscó un rincón y yo hice que ese lugar fuera cómodo y tibio. Nos despedimos con miradas, con palabras, con caricias, con un festín de atún fresco. La enfermera que iba a ayudarla a morir llegó puntual. Me había pedido que preparara un altar. Hice uno con flores moradas y amarillas, una vela, su collar y la plaquita con su nombre y mi teléfono. Una foto en la que parece una estatuilla egipcia en el jardín de la casa del bosque. Sobre la alfombra puse su camita, sobre la camita la cobija polar con huellas repujadas, sobre la cobija Filomena con un catéter en la pata, tranquila, entregada. Un péndulo suspendido sobre los diferentes puntos de energía mostró que los más cercanos a la tierra estaban cerrados. Cuando se posó sobre su chacra braquial el péndulo osciló con fuerza. “Está lista para irse, está llena de amor”. La muerte es la maestra de la magia y yo elijo creer en todas sus manifestaciones. Empezó la sedación y su cuerpo se aflojó. La acomodamos de lado, levemente enroscada. La enfermera se aseguró de que sus reflejos estuvieran apagados pellizcando las almohadillas de sus patas y revisando sus pupilas. Me pidió que pusiera una mano sobre su pecho mientras le administraba el medicamento letal. Fue casi instantáneo. Filomena murió plácida sobre la misma cobija en la que llegó seis años antes. Su pata sobre mi mano en la eternidad del último latido.

El frío de la muerte no es solo una expresión. Cuando un cuerpo deja de funcionar se enfría con un frío único. La materia de la que estamos hechos responde a su naturaleza. Cubrí el cuerpo de Filomena con una gasa blanca y me quedé a su lado, sosteniendo su patita, cada vez más fría. Tuve el privilegio de despedirme con calma, de tener su cuerpo en la casa unas horas, de acostumbrarme a su nuevo estado. Greta pudo acercarse, olfatear, sentir ella también la transición de su compañera. Por el citófono me anunciaron la llegada de la funeraria. Le abrí la puerta a un hombre de mirada serena que me dijo: “vengo a recoger a Filomena” con nombre propio, no uso el genérico “gata”, pronunció su nombre y me dijo que lamentaba su muerte, que él iba a llevarla con cuidado al lugar de la cremación y que luego me contactarían para entregarme las cenizas. Yo solo podía asentir y llorar. Antes de alzarla para meterla en la caja, el hombre tocó la cabeza fría de Filomena y le pidió permiso para sacarla de su casa. Dentro de una caja negra se fue su cuerpo de tres colores. El altar permaneció en pie durante toda una semana. Amigas y amigos llegaron a acompañarnos, comimos, lloramos y reímos sobre la misma alfombra en la que velé a Filomena. A ratos me parecía escucharla, la buscaba en sus lugares favoritos: sobre el tocadiscos, en la plataforma de observación más alta, encima del sofá junto a Greta. En los primeros días del duelo hay momentos en los que uno olvida lo que pasó y cuando lo recuerda es como volver a enterarse. A Greta le pasó lo mismo. A veces empujaba la puerta del armario pensando que Filomena estaba ahí, rodeaba el sofá buscándola, saltaba a la cama y luego se asomaba por los bordes como preguntándose por cuál de ellos iba a aparecer su compañera.

Desmonté el altar el día en que recibí las cenizas. Pedí que me las entregaran en un terrario. Sobre la cerámica hay una plaquita que dice “Filomena, 5 de agosto de 2026”, tiene cuatro suculentas y unas piedras grises. Yo le puse tres cuarzos rosados, uno por cada una. Sobre la cómoda de mi cuarto junto al potus, la conga, el filodendro y la varita de San José están las cenizas de Filomena. Dentro de mi corazón gatificado ella estará para siempre. Con Greta nunca habíamos estado solas y han sido días de reconocimiento y asombro. Ella también se irá un día. Aún si el virus no estuviera escrito en sus células hoy está viva y eso es suficiente para morir.

Ya lo ves, la vida es así.

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