En 1980, Pablo Escobar abrió las puertas de su Hacienda Nápoles para exhibir libres, en un ambiente tropical, animales traídos de distintas partes del mundo. Allá, a poco más de ciento setenta kilómetros de Medellín, creó una versión excéntrica del arca de Noé. Por la descripción que hace Alonso Salazar en La Parábola de Pablo, la única biografía del capo del narcotráfico publicada hasta ahora, el lugar debió de ser legendario. Al alcance de la vista había “hermosas cacatúas negras, rinocerontes, camellos, jirafas, hipopótamos, elefantes negros, cebras, alces, flamingos, avestruces, caballos pura sangre, caballos medianitos y ponys traídos de Argentina, toros pequeños y unos monos que mandó soltar al monte porque olían a demonio”. En Colombia no había nada parecido.
Treinta y tres años después de la muerte del criminal en el techo de una casa del centro occidente de Medellín, la gente de Puerto Triunfo con la edad suficiente recuerda los recorridos de fin de semana por los predios de la hacienda. “Lo único que uno tenía que hacer para entrar era ir en el carro hasta el barrio que hoy se conoce como Santorini. Allá le pegaban una calcomanía al parabrisas. Ese era el pase para entrar a ver a los animales”, dijo una noche a finales de abril un cincuentón, sentado en la silla de la peluquería de su esposa. Bien mirada, la historia –como casi todo lo que pasa en Colombia– tiene el cromatismo del realismo mágico.
De la lista de animales hecha por Salazar, el hipopótamo (Hippopotamus amphibius) es el único que con los años se ha convertido en una metáfora. A finales de la primera década de este milenio, los medios noticiosos del mundo publicaron una fotografía que cambió la percepción general respecto a los hipopótamos. En la imagen aparecen quince soldados del ejercito colombiano, la mayoría con el fusil terciado, flanqueando una masa negra, de casi tres toneladas de peso, reluciente por partes. Se trataba de Pepe, el único ejemplar que fue abatido durante el brevísimo periodo en el que el Ministerio de Ambiente permitió la caza del animal. La indignación de los animalistas tuvo la fuerza suficiente para que las autoridades se echaran para atrás.
En su momento, no faltaron los símiles –válgame dios– entre los destinos de Escobar y de Pepe. Antes del boom mediático del capo, propiciado por las series televisivas El patrón del mal y Narcos, fueron las noticias ocasionales de los mamíferos semiacuáticos las que mantuvieron viva la memoria del líder del cartel de Medellín. Desde entonces, los hipopótamos llegan a los periódicos y a los telenoticieros con el vaivén de las cosas que se discuten cientos de veces, pero se dejan en el limbo. A veces se habla de ellos porque causan temor y temblor al cruzar la carretera de Puerto Triunfo a Doradal.
Durante un viaje a la zona, una tarde, un empresario del turismo me dijo que el asunto deja mal parados a los colombianos. “Da rabia pensar que fuimos incapaces de solucionar algo tan sencillo. Eran cuatro animales. ¡Cuatro!”, dijo, mientras caminábamos al restaurante de un hotel al borde de la vía. Si nos ponemos líricos o pedagógicos, la historia de los hipopótamos escapados de Nápoles es un ejemplo de cartilla sobre la política y la sociedad colombianas. La falta de determinación nacional permite que problemas relativamente sencillos se salgan de madre hasta convertirse en quebraderos de cabezas. Ser colombiano es un acto de fe, sí, y un oficio de procastinación.
El 13 de abril de 2026 el Ministerio de Ambiente subió a su web un comunicado que revivió el debate. Casi nadie se lo esperaba. Un funcionario de la alcaldía de Puerto Triunfo confesó que la información los tomó por sorpresa, sobre todo porque, en sus palabras, el ministerio no había hecho presencia en la región por casi dos años. No obstante, en 2025 la entidad ya había definido el protocolo de “eutanasia” para los hipopótamos, que ofrecía las opciones de la sobredosis de anestésicos o el disparo con rifles en la cabeza, justo entre los ojos. En estricto sentido, lo nuevo de la noticia de abril fue la asignación de Cornare, Corantioquia, Corpoboyacá y CAS para ejecutar el plan, con un presupuesto de 7.200 millones pesos.
Si las cifras del ministerio son correctas, la población de hipopótamos libres en el Magdalena Medio supera los doscientos individuos, con la posibilidad de llegar a los mil si no se hace algo para frenar su crecimiento. Las opiniones están divididas en la zona de influencia de la especie invasora. En una playa del río Claro, un guía turístico me contó que los lancheros que hacen los viajes para avistar a los hipopótamos están inquietos por las noticias llegadas de Bogotá. “Varios han dicho que ni por el putas van a dejar matar a los animales”, dijo. En el otro extremo está una creadora de contenido para redes sociales, que durante un descanso al final de la tarde, frente a la entrada al parque Nápoles, les explicó a sus compañeros los argumentos de los ambientalistas a favor del sacrificio.
