Los baños en Irán son letrinas de porcelana. A la salida, frente al espejo, mi mirada se encuentra con la de una joven de belleza persa –cabello oscuro, ojos claros intensos- que se acomoda con cadencia suave el velo rosado pálido que enmarca su rostro. Lo ajusta de manera que se vea un poco el cabello sobre la frente, no mucho, un poco. Apenas una insinuación. Luego introduce sus dedos entre el cabello y el velo para darle un poco de aire al óvalo de su cara. El suficiente para que no se vea una tela apachurrada sobre sus orejas. No mucho. Que solo se insinúe. Por último acomoda la seda de manera que resbale discretamente sobre sus hombros y oculte su cuello. Me regala una sonrisa a través del espejo y sale.
Aprovecho cuando me da la espalda para espiar su atuendo (no se usa mucho eso de requisar a alguien con la mirada en Irán). Lleva jeans ajustados –no rotos pero sí un poco desteñidos- y un camisón largo de la misma familia de color que su jihab -un rosa oscuro llegando al granate- que cae desde sus hombros hasta los muslos delineando, discretamente, su torso y sus caderas. Después, los zapatos. Unos tenis sin marca con plataforma alta como los que están de moda.
Eso: unos zapatos, unos mechones de pelo y un rostro enmarcado en un pedazo de tela, es lo que se ve de una mujer joven en Irán. Y además, la silueta. Silueta que en las mujeres adultas y mayores se vuelve un espejismo, tela negra, ondulante, en medio del desierto. Irán es un desierto en su mayoría y la vida de estas mujeres que eran niñas o jóvenes cuando el Ayatola Jomeini se tomó el poder el 1 de abril de 1979, se ocultó bajo un manto. Negro.
Durante el reinado del dictador pro-occidental Sha Reza Pahlaví que gobernó a Irán entre 1941 y 1979, se obligó a todas las mujeres, incluso las islamistas radicales, a quitarse el chador (la túnica negra holgada que las cubre de la frente a los pies). Eso quiere decir que a partir del triunfo de la Revolución Islámica las mujeres que hoy tienen menos de 47 años nunca supieron lo que es salir de sus casas sin taparse la cabeza. Tampoco las turistas. Ni siquiera para tomar el ascensor dentro del hotel.
A diferencia de lo que creí, aquí las mujeres no solo usan el jihab desde que entran en la pubertad, sino desde que ingresan al colegio a los 7 años, como parte del uniforme. Sobra decir que en Irán no existen los colegios mixtos. Hoy en día entre las mujeres que llevan chador hay algunas que lo hacen por convicción propia, o de sus maridos, y otras que se ven obligadas a hacerlo como parte de su función o estatus en la sociedad: maestras de colegio, esposas de funcionarios o aspirantes a cargos públicos en los que la participación de la mujer es aún muy incipiente. Mientras ellas son el 50.04% de una población calculada en 80 millones (hablamos de 2017), representan el 62% de la población universitaria y tienen el 3% de los escaños del Parlamento.
Lo bizarro es que ellas, las que visten chador, escasamente sonríen. Tienen un semblante duro, con un rictus de amargura, y no les gustan las fotos. Son mayores de 40 por lo general. En cambio, las que solo usan jihab, especialmente las más niñas, revolotean por mezquitas, mausoleos, jardines y parques con una animosidad bulliciosa. Inocente.
Se las ve especialmente en parques y jardines, en uniformes de colores discretos, con sonrisas amplias y dicen en coro “Welcome to Irán” mientras se dirigen en bandadas como aves en el paraíso hacia las turistas. Nunca hacia los hombres. La comunicación en Irán es unisex. Solo mujeres con mujeres y hombres con hombres.
Tras el cortejo inicial, se aproximan y plantean las dos preguntas que saben hacer en inglés: “¿Where are you from?” y “¿Can we take a selfie?”. Entonces, igualito que mi hija de 16, estiran la trompa, simulan un beso volado con los labios y sacan de la manga un garfio metálico con un iphone, sonríen y click.
Muy educadas, ofrecen compartir. “¿Tienes Instagram?” preguntan. Como el Facebook, el Twitter y el Youtube están prohibidos en su país, Instagram era por ese entonces su plataforma de comunicación con el mundo. Su espejito mágico de Likes.
El jardín, el paraíso
En persa jardín y paraíso son una misma palabra: pairidaeza. Estos retazos de paraíso a los que tanto cantaron poetas como Hafez, Sa’adi y los místicos Sufis, y donde transcurre buena parte de la vida de los iraníes, tienen una belleza descuidada, silvestre. Avenidas de flores, a veces fragantes rosas, delinean las piscinas que preceden a todo monumento.
Los parques también pasan llenos, especialmente los viernes que es el día dedicado al rezo y se prohibe trabajar. Después de ir a la Mezquita, se van al parque a hacer picnic, a fumar narguillé y a jugar. Es una costumbre extendida: la única escena de la reunión familiar en el entorno público. Empiezan a las 10 am y pueden terminar a las 11 pm.
En algunas ciudades que se dan el lujo de tener amplios parques verdes como Shiraz y la gran Isfahán (a pesar de la alarmante escasez de agua), se ve en las mañanas a familias de turistas iraníes desarmando modernos iglús de nylon en los que pernoctaron la noche anterior. Todo el que quiera puede instalar su carpa y pasar la noche en los parques. Esta práctica es facilitada por las autoridades y es posible porque casi no hay robos en Irán.
Incluso el Sha Reza Palavi mandó a armar decenas de lujosas carpas en un bosque cerca a las ruinas de Persépolis, la antigua gran capital de los persas que según la leyenda fue destruida por Alejandro Magno, para recibir a los monarcas y mandatarios extranjeros invitados a la fastuosa ceremonia con la que celebró, durante tres días, los 2.500 años del Imperio Persa en 1971.
La carpa como metáfora
No existe la vida nocturna en Irán. Al menos al exterior (de la carpa o de la casa).
La carpa, como el chador o el jihab, podría usarse como la metáfora de la dualidad con la que los iraníes se ven obligados a vivir en un régimen teocrático y de absolutismo moral que les respira constantemente en la nuca y pretende meterse en todos los resquicios de su intimidad. La fuerza pública está dividida en facciones como los Guardianes de la Moral, los Guardianes del Vicio, los Guardianes del Ambiente y los Guardianes de la Revolución. Esta última es una policía secreta civil que se dice que sirvió de inspiración a las milicias del chavismo.
La carpa simboliza el adentro vs. el afuera/ lo íntimo vs. lo público/ lo que se ve vs. lo que se insinúa. “Si todo está prohibido no queda más remedio que jugar a las escondidas”, decía un DJ en el documental Raving Irán (www.ravingiran.com) que retrata la inmensa escena clandestina de la música en Irán donde se calcula que hay 312 bandas de indie-rock, 2.500 grupos de rock y miles de dj’s de música electrónica. Están todos prohibidos.
También en el documental “No one knows about Persian cats”, que en 2009 ganó un premio del jurado en el Festival de Cannes, se ven los avatares por los que pasan los jóvenes para sortear los obstáculos burocráticos que les impiden tocar y promocionarse dentro y fuera del país; los ensayos en granjas ocultas, los raves en medio del desierto. Las mujeres en Irán tampoco pueden cantar(!).
Así como la música, el cine iraní tiene mucho eco en los festivales europeos. Desde que en 1997 Abbas Kiarostami obtuvo la Palma de Oro en Cannes con “El sabor de las cerezas”, los trabajos de varios directores iraníes como Bahman Ghobadi, Madjid Madjidi, Samira Makhmalbaf, Asghar Farhad y Jafar Panahii, han sido reconocidos con importantes palmarés.
Farhadi obtuvo el Oscar a Mejor película en lengua no inglesa en 2011 y en el 2017 por las películas “La separación” y “El cliente”, respectivamente, además de varios festivales europeos. Por estos días hemos podido ver en el país Un simple accidente, película muy inquietante de Jafar Panahi que ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes el año pasado. Película que se interroga sobre la venganza, la justicia por mano propia y cuestiona el perdón a los violentos. Panahii fue condenado en 2010 por un Tribunal Islámico a 6 años de cárcel y 20 años sin hacer cine, lo cual sorteó participando de forma clandestina como ‘codirector’ en las películas “This is not a film” (2011), “Closed Curtain” (2013) y “Taxi Teherán” (2015) y, tras pasar algunos meses en la cárcel entre 2022 y 2023 ya supuestamente eximido de su delito, volvió a su tarea de forma clandestina (filmando desde carros, rodando escenas en la madrugada) para hacer esta alegoría del verdugo.
La mujer invisible
Las únicas imágenes que el Islam permite en el espacio público son masculinas. La imagen omnipresente del Ayatolá Jomeini, líder de la Revolución de 1979, y la del Ayatolá Alí Jamenei, con cara de abuelito bueno, que lo reemplazó desde 1989 hasta que fue dado de baja el pasado 28 de febrero en la llamada ‘Operación Furia Épica’ ejecutada por la coalición militar de Estados Unidos e Israel, aparecían a cada vuelta de esquina en las ciudades iraníes; en redondeles, plazas públicas, ingreso a las mezquitas, universidades, fachadas de edificios residenciales, bazares y obligatoriamente a la entrada de todos los locales -incluso en los Coffe Shops que se han convertido en los lugares de resistencia de los jóvenes iraníes-. No existe la publicidad comercial en Irán.
Los otros hombres cuyos retratos aparecen en las avenidas de ciudades como Kerman, Yazd, Shiraz o Isfahán, son los mártires de la guerra Irán-Irak (1980-1988). Guerra que algunos críticos como la realizadora franco-iraní Marjane Satrapi (autora de la historieta gráfica Persépolis, llevada también al cine), consideran que fue una estrategia del gobierno islámico para unir al país contra el enemigo externo al inicio de la revolución. Costó un millón de vidas de lado y lado. No hubo ganadores.
No hay un solo monumento, tumba o mausoleo dedicado a una mujer en Irán. En su historia no hay mujeres heroicas. Sin embargo, todas lo son. En 1979 el manto negro no solo cayó sobre sus cuerpos. Sofocó también su expresión y sus derechos.
Ante la ley islámica (Sharia), la vida de una mujer vale la mitad que la de un hombre. Así, quien mata a una mujer recibe el 50% de la pena de quien mata a un hombre. De igual manera a la hora de repartir las herencias les corresponde la mitad que a los varones y lo mismo pasa en la división de la sociedad conyugal por divorcio (para obtenerlo una mujer debe tener una causa justificada como drogadicción, alcoholismo, abandono o enfermedad terminal). La mujer perderá la custodia de sus hijos si ellos tienen más de 7 años, en el caso de los niños, y 13 en el caso de las niñas.
Como en el país de los ciegos el tuerto es rey, me encontré en uno de los puestos que promocionan la religión musulmana a la entrada de las mezquitas, un imam de turbante que tenía como oyentes a dos parejas de turistas europeos mayores de edad, que se quejaba amargamente de que la ONU había decidido por esos días (abril 2017) incorporar a Arabia Saudita en el Consejo Económico y Social, un órgano dedicado a “la promoción de la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres”.
“¡Un país (refiriéndose a Arabia Saudita, el archienemigo sunita de Irán) donde las mujeres no pueden conducir auto, salir a la calle solas, ni votar! En Irán sí pueden”, se vanagloriaba en inglés.