La llegada de Patrik Svensson a la FILBo 2026 trae a Bogotá a un autor extraño que escribe al mismo tiempo sobre un animal, una obsesión intelectual y una herida íntima. El sueco, conocido en Colombia sobre todo por El evangelio de las anguilas, convirtió a ese pez resbaladizo y elusivo en el centro de un libro inolvidable y lo transformó en una pregunta. Una pregunta científica, sí, pero también filosófica, literaria y filial. Svensson es una rara mezcla de divulgador, memorialista y ensayista, un escritor que entendió que el misterio de un animal puede contener también el misterio de una familia.
Hay animales que entran en la historia convertidos en símbolo desde el primer momento. El lobo, el caballo, el águila, la ballena. La anguila, en cambio, responde a un registro esquivo. Nunca fue suficientemente noble ni bella para el mito clásico ni del todo monstruosa ni feroz para la épica. Su reino es el del desconcierto. Vive entre el agua dulce y el agua salada. Se desliza entre el fango, desaparece en la oscuridad de los ríos, atraviesa mares enteros y durante siglos dejó a la ciencia sin respuesta ante las preguntas más elementales: dónde nace, cómo se reproduce, por qué desaparece, hacia dónde va. Su sola existencia puso en crisis la pretensión humana de entender el mundo.
El evangelio de las anguilas no es una monografía zoológica ni un relato de divulgación científica. Es, más bien, la historia de una fascinación. La anguila aparece allí como un espejo en el que la humanidad ha contemplado su propia impotencia. Aristóteles, uno de los padres del pensamiento occidental, creyó que nacía espontáneamente del lodo. Siglos después, cuando la ciencia había iluminado buena parte del mundo natural, la anguila seguía escapando. Nadie encontraba sus órganos sexuales, ni había pruebas de su apareamiento, mucho menos el testimonio de un desove. No parecía haber forma de arrancarla del territorio de la leyenda.
Svensson sabe que en esa prolongada ignorancia hay algo más que una anécdota zoológica. Durante siglos, la anguila encarnó la figura del origen. Preguntarse por ella era cuestionar el comienzo de la vida, por la materia primordial, por aquello que emerge de la oscuridad sin que sepamos todavía cómo nombrarlo. El libro produce fascinación porque no trata solo de un pez extraño, sino de nuestra necesidad de perseguir un sentido incluso cuando sabemos que puede no revelarse nunca del todo.
Uno de los episodios más memorables de esa historia es el de Sigmund Freud joven, mucho antes del psicoanálisis, cuando viajó a Trieste obsesionado con encontrar los testículos de la anguila. La escena tiene algo de comedia erudita, pero Svensson la vuelve profundamente reveladora. Ahí está Freud, todavía sin teoría del inconsciente, sin La interpretación de los sueños, sin ese cuerpo conceptual que lo haría célebre, entregado a una empresa anatómica que terminaría en fracaso. Lo extraordinario es que Svensson recrea ese episodio no como una nota al pie extravagante, sino como una premonición. Tal vez, sugiere, lo que Freud encontró en la anguila fue una primera lección sobre lo oculto, sobre la imposibilidad de acceder fácilmente a ciertas verdades, sobre aquello que permanece reprimido bajo la superficie.
La anguila, entonces, no solo desafía a la biología. También interroga a la imaginación. Hay en ella algo que Freud llamaría unheimlich: lo siniestro, eso que resulta al mismo tiempo familiar y extraño. Tiene cuerpo de serpiente, pero no es serpiente. Habita en el agua, pero parece venir de la tierra húmeda de las pesadillas. Se escurre de las manos y, sin embargo, insiste en despertar una cercanía misteriosa. No se parece a nosotros y, aun así, terminamos reconociendo en ella algo profundamente humano, la opacidad de un origen, la dificultad de saber quiénes somos, el impulso de movernos por el mundo guiados por fuerzas que apenas comprendemos. “¿Cuánto podemos llegar a saber de una anguila, en realidad? ¿O de una persona? Resulta que esas dos cuestiones están relacionadas”, dice Svensson.
Cuando la ciencia logró descifrar parte de su ciclo vital, el enigma no desapareció. Hoy sabemos que la anguila europea nace en el mar de los Sargazos, esa vasta región del Atlántico Norte cercada por corrientes marinas, alrededor del archipiélago de las Bermudas, y que desde allí inicia una deriva larguísima hacia las costas de Europa. Sabemos también que en ese trayecto pasa por metamorfosis sorprendentes: larva translúcida, angula, anguila amarilla, anguila plateada. Sabemos que vive años —a veces décadas— en ríos y estuarios antes de emprender el retorno hacia el mismo mar cubierto de sargazo donde desovará y morirá. Pero entre más sabemos de la anguila, más evidente resulta que su existencia responde a una lógica que desborda la experiencia humana ordinaria.
La anguila se convierte en lo que debe convertirse cuando llega el momento. Sus órganos sexuales aparecen solo cuando son necesarios. Su vida obedece a una llamada silenciosa, a un mandato inscrito en el cuerpo desde antes de toda conciencia. Svensson consigue que el viaje de la anguila deje de ser una curiosidad biológica y se vuelva una parábola sobre el destino, el cambio y la fidelidad a una fuerza interior que no siempre sabemos explicar.
Una fuerza que el autor enlaza con la historia de su padre. Una rareza brillante que convierte un reportaje científico en literatura. El padre aparece como una figura silenciosa, asociada a jornadas de pesca, a la paciencia del río, a un vínculo masculino hecho menos de palabras que de gestos compartidos. En manos de Svensson, la anguila es un puente. A través de ella, el hijo puede acercarse a un unheimlich que nunca se llega a conocer del todo.
La cuestión de la anguila termina siendo también la cuestión del padre. ¿Cuánto puede saberse realmente de otro ser? ¿Hasta dónde conocemos a quien hemos amado? ¿Qué parte de una vida queda siempre sumergida, fuera de nuestro alcance, escondida bajo el barro de la memoria? Svensson no idealiza la relación filial ni convierte al padre en un héroe sentimental. Lo acepta como un enigma.
El libro conmueve porque el autor nos muestra que vivir consiste, en buena parte, en aprender a convivir con la duda. Cuando creemos que podemos explicar todo, incluso lo que sienten los demás seres, nos recuerda que en tiempos del dato inapelable, persisten zonas enteras de oscuridad. Hay cosas que nos importan precisamente por indescifrables.
La anguila funciona como una metáfora sobre el origen de la vida y también sobre la idea de su extinción. Nace en un lugar remoto, viaja por años, encuentra un refugio momentáneo, regresa al punto inicial y muere después de reproducirse. Su ciclo dibuja un arco completo entre la aparición y la desaparición. Un animal enigmático para pensar el duelo. Con la muerte de su padre, Svensson recupera el tiempo compartido y reflexiona sobre su pérdida. El hijo entiende que en las jornadas de pesca había una herencia. Que en el misterio del origen de su padre radicaba la esencia de su carácter. Pescar anguilas era una manera de estar juntos frente a algo que ninguno dominaba del todo -la vida misma-, una forma de acompañarse ante lo incomprensible. La anguila como una forma de pensamiento, de búsqueda compartida.
En tiempos saturados de opiniones instantáneas y revelaciones fugaces, El evangelio de las anguilas propone una ética de la contemplación. Detenerse ante lo que no entendemos, mirar de nuevo, admitir la perplejidad. Y también recordar que algunos animales, algunas historias y algunas personas solo se nos revelan parcialmente. En esa parcialidad reside su verdad. La cuestión de la anguila es una pregunta sobre nuestra condición. Sobre el origen que ignoramos, el trayecto que apenas dirigimos y el final hacia el que todos, de una u otra forma, regresamos.
Svensson entendió que ese pez antiguo, esquivo a nuestra soberbia y siempre medio oculto en la penumbra de las aguas, podía enseñarnos que la vida está hecha de corrientes invisibles. Todo lo que aprendemos sobre la anguila —su viaje imposible, sus metamorfosis, su obediencia al llamado remoto de un origen, su alianza secreta con la muerte— termina iluminando de otra manera la figura del padre.
