El algoritmo y el condón: ¿no se preña en tiempos de redes?

La natalidad en el mundo está en cifras rojas y parece que la tendencia no va a cambiar, ¿tienen que ver los celulares con el poco deseo de procrear?

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Hace meses que me pregunto por la caída de la natalidad en el mundo. Lo he debatido con amigos y amigas en las borracheras recientes. Las explicaciones más frecuentes, que apuntan a que el mundo es más difícil y las mujeres más libres, no terminan de convencerme, lo que me ha llevado a considerar algunas teorías conspirativas, como esta de la que les voy a hablar a continuación: la caída de la natalidad está relacionada con el auge de los teléfonos inteligentes. No solo hay menos niños porque hay menos padres dispuestos a tenerlos sino porque las pantallas nos han alejado tanto del mundo real que cada vez es más difícil conseguir pareja. Y lo primero que hay que tener para quedar en embarazo es una pareja. Hay estudios y números que prueban esta hipótesis, pero también está mi testimonio y el de mis amigos.

Si ser nativo digital significa haber nacido con acceso a internet, lo soy. En el colegio siempre hubo una sala de sistemas; y en la casa, un computador. Era un cajón de color crema, amarillento, que prendía apretando un botón con el dedo gordo del pie derecho y en el que buscaba noticias del DIM y fotos de tetas grandes. Mi mamá se dio cuenta y se lo contó a mi padrastro que, intuyendo que yo no iba a cambiar de aficiones, no tuvo de otra que enseñarme a borrar el historial de navegación.

En ese entonces la tecnología no avanzaba tan rápido como ahora. Cuando llegué a la adolescencia y tuve que renunciar a la posición de portero en el fútbol porque, aunque ya era hora, todavía no alcanzaba el palo vertical, un acné despiadado se ensañó conmigo como si hubiera cometido un pecado terrible y el dentista hizo de mi boca una ferretería, casi ninguno de nosotros, mis amigos y yo, teníamos celulares, o al menos no inteligentes. Eran apenas dos o tres los amigos que presumían un Black Berry y en un tiempo en el que casi en ninguna parte había Wifi, servían solo para presumirselo a las mujeres, pero nosotros no conocíamos a ninguna, al menos no de nuestra edad.

Lo que sí tenía era una cámara integrada, con la que se podían hacer fotos y videos de terrible calidad. ¿Se vería nítido el acné que tenía en mi cara en una foto tomada con un Blackberry? No sé, tomar fotos hace 15 años no era un imperativo, mucho menos entre hombres adolescentes.

Además, los amigos que tenían Blackberry eran los mismos que en la clase de educación física cuidaban los morrales mientras el resto jugábamos fútbol y no iban a esas fiestas de salón social donde el resto conocimos el perreo y el rechazo. Nacimos con una doble fortuna: el internet y el reguetón.

Estudié en un colegio privado y masculino. No era de curas, pero casi; no era de ricos, pero casi. Ahora ese colegio, como todos, recibe hombres y mujeres. Hay tan pocos niños ya que los colegios privados perdieron el lujo de discriminar por género. No éramos más de 30. No teníamos amigas y nadie era popular. Tampoco había en el salón nadie lo suficientemente mayor con experiencia en la interacción con las mujeres. Ahora les dicen incels, pero nosotros ya sabíamos que éramos torpes. Sin embargo, gracias a la generosidad y nobleza de la hermana, prima o la vecina de alguno, lográbamos de vez en cuando el milagro de convocar a algunas niñas a las fiestas que planeábamos con meses de anticipación. Aún así, casi siempre las triplicábamos en número. Cada una de ellas tendría que bailar con tres de nosotros al mismo tiempo para que todos quedáramos emparejados. Pero eso no era un problema, porque ninguno bailaba. No porque no quisiéramos ni porque no supiéramos — es más difícil aprender a borrar el historial del computador que a bailar reguetón— sino porque éramos tímidos, cobardes y, sobre todo yo, que era el que me ofrecía para representar al grupo, feo. Así que nos pasábamos la mayor parte de las fiestas reunidos en una esquina, en semicírculo, debatiendo estrategias, confesando miedos, escuchando los consejos del único que había bailado, como los equipos de baloncesto en las pausas técnicas.

Cuando la charla era improlongable y las mamás empezaban a mandar mensajes advirtiendo que pronto nos recogerían, yo, siempre presto a alzar la mano cuando nadie más, me ofrecía e iba de primero a invitar a bailar a alguna de las pobres invitadas que llevaban sentadas las mismas horas que habían durado maquillándose, y así de rápido como cruzaba la pista de baile y llegaba al grupo de las niñas, que seguro reían y gozaban conscientes de nuestra torpeza, volvía después de un “no, estoy cansada — ¿de qué, de los feos?— , mejor la próxima”. Pero a la próxima ya no me tocaba.

A lo mejor, el hecho de que solo escucháramos reguetón era un arma de doble filo: si conseguíamos bailar así fuera solo un tema — en ese entonces las canciones de reguetón duraban más de cuatro minutos— lográbamos una erección memorable, pero por eso mismo las tasas de rechazo eran más altas.

Por suerte, de nada de eso hay fotos ni videos. Y mis amigos, quizás por compasión, tampoco se burlaban. Si el perreo y la conquista se hacen de noche, con las luces apagadas y con las ventanas cerradas es precisamente para que nadie lo vea, no solo por lo impúdico y vulgar que pueda ser, sino porque las probabilidades del fracaso son altísimas. Por eso la gente en los estadios de fútbol solo saca el celular para grabar videos de los penaltis a favor y no de los que son en contra. En todo caso, de nuestro fracaso en el cortejo no se volvía a hablar sino hasta la siguiente fiesta, en el respectivo semicírculo de estrategias, donde había espacio para la retroalimentación.

Si bien no tanto como yo, los hombres adolescentes casi siempre son feos y tímidos, aunque me parece que son cada vez menos feos, pero más tímidos. Mi hermano tiene 15 y una cara preciosa: solo bebe agua y se pasa las tardes en el gimnasio. Siempre ha tenido un celular inteligente y la memoria repleta de fotos con amigos y en el espejo, pero en las redes sociales, donde pasa más tiempo que en el colegio, tiene menos fotos que un corrupto. Como él, todos sus amiguitos.

Crecimos y nos hicimos adictos al celular, a las redes sociales, a ver fotos ajenas, a los videos de 15 segundos, al porno. Las pantallas de los celulares se hicieron más grandes, el internet más rápido, las cámaras más nítidas y las fotos más urgentes. Aún así, a ninguno podría llamarse creador de contenido. Nuestras publicaciones en redes sociales están por debajo del promedio: una foto del perro, el recuerdo de algún viaje, la presentación en sociedad de una novia y hasta ahí. Cuando uno estudia en un colegio de hombres, hacer cosas que parecen de mujeres: tomarse fotos, grabar videos y publicarlos, cuesta el doble.

Esta semana les escribí a los compañeros del colegio por el grupo de Whatsapp que ya cumplió diez años y por el que se habla una vez al año para proponer algún reencuentro que casi nunca sucede. Les pregunté que cuántas horas pasaban en promedio al día en el celular.

Santiago, ingeniero, el único que tiene el mismo celular hace cinco años, es el que menos: apenas tres horas diarias en los días laborales. Imagino que es el límite máximo de uso que permite ese radioteléfono. Después está Jose, uno de los del Blackberry: cinco horas y 22 minutos diarios, la mayoría de ellos en Whatsapp e Instagram. Si no fuera piloto de avión seguro tendría más. Natalia, médica —solo tuvimos una mujer en el salón, llegó en séptimo y era tan bella que no tuvimos necesidad de ninguna más— cinco horas y 50 minutos: tiene en la configuración un límite que solo la deja estar una hora al día en TikTok y 45 minutos en Instagram. Juan José, veterinario, seis horas. David, ingeniero, migrante, siete horas y 26 minutos, casi todas en Whatsapp e Instagram y algunos minutos en una aplicación de citas. Yo, seis horas y 54 minutos, la mayoría en X. Hoy, que debía dedicar el día a terminar este artículo, he pasado una hora y 27 minutos en Instagram y 44 minutos en X.

Luego les pregunté a mis amigos por qué ninguno había tenido hijos. Todos estamos al borde de los 30, terminamos la universidad, trabajamos y hemos tenido pareja. Algunos se han casado, otros viven con sus novias, ninguno ha ido preso o ha estado internado en un hospital psiquiátrico, pero ninguno se siente listo. “No todavía”, respondieron. Juan José, que tiene barba desde los 13, dijo que todavía está muy niño y que no ha encontrado una mujer con quien se sienta lo suficientemente bien; Jose, el piloto, que está casado con una médica, que por el trabajo es imposible; Santiago, que hay días que quiere y otros que no. “Solo los tendría si logro cumplir ciertos objetivos en los próximos años”, escribió Sebastián, que vive con su novia. “Soy hija de divorcio e hija sin papá, quisiera algo diferente si tengo un hijo. Además los hijos son muy caros, no se si quiero esa responsabilidad toda la vida o prefiero mecaterarme esa plata en cositas”, piensa Natalia.

¿Si yo no puedo tener hijos entonces quién sí? He respondido alguna vez cuando me han preguntado por el miedo a tener hijos. Aún así, cuando una pareja me ha dicho que el periodo está retrasado, y va a la farmacia y compra una prueba de embarazo, yo siento la necesidad de empezar a rezar como un condenado.

El año pasado, en Colombia nacieron 433.700 personas, 34% menos que en el 2015, cuando nacieron 661.000, y 4,5% menos que en el 2024. Desde el 2020, el año de la pandemia, los nacimientos han caído el 31% en el país. En el mundo, la tasa de fecundidad global, el indicador que mide cuántos hijos en promedio tiene cada mujer y que debe ser mayor de 2,1 para garantizar la renovación de la población, es de 2,2; en Colombia es de 1,0; y en Antioquia, de 0,9.

Con María, cuando éramos adolescentes y el amor era exagerado, decíamos que tendríamos siete hijos. Envejecer es moderarse. Ella se casó hace un par de años y todavía no tiene ninguno. Lo sé porque no lo ha publicado en internet. Yo tampoco. Paulina vive sola en Bogotá, trabaja en un periódico y el próximo año cumplirá 30. Dice que todavía no tengamos, que está muy joven, que la plata no nos alcanza. Alcanzar la plata: qué expresión, qué verbo tan bien puesto, tan gráfico. ¿A quién le alcanza la plata? Walter White necesitaba ahorrar solamente 800.000 dólares para la universidad de un hijo en muletas.

No solo en Colombia sino en el mundo, las personas tienen menos hijos y más mascotas que nunca. Ahora hay más acceso a educación sexual y a métodos anticonceptivos; las mujeres trabajan tanto o más que los hombres, y, cada vez pueden decidir con más libertad si quieren o no un embarazo. El costo de vida sube cada año y con ello la productividad y la autoexplotación. Sin embargo, estudios recientes revelan que, como mis amigos, no es que los jóvenes no quieran tener hijos, sino que sienten que no pueden o no tienen con quien. “Existe una brecha de fertilidad entre los objetivos y los resultados, debido a fricciones y frustraciones que tienen mucho que ver con los estilos de vida modernos, incluidos nuestros hogares y, cada vez más, nuestros teléfonos”, dice un artículo de John Burn Murdoch, el editor de datos del Finantial Times publicado el mes pasado.

Sin hijos no hay jóvenes y no hay quien vaya al colegio o a la universidad, ni quien atraviese una pista de baile para invitar a bailar a nadie, ni quien sueñe con tener siete hijos. En Colombia, en 2024 los matrimonios cayeron el 25% y los divorcios subieron el 40%. Para que haya hijos primero debe haber parejas.

Sin hijos tampoco hay personas sin experiencia enviando hojas de vida, y sin ellos no hay empresas ni productividad, y no hay quien pague impuestos para pagar las pensiones y el sistema se viene abajo.

El artículo del Finantial Times cita una investigación de la Universidad de Cincinnati que analizó las tasas de natalidad y su correlación con las redes móviles 4G en Estados Unidos y Reino Unido. Donde había más y mejor conexión a internet los nacimientos cayeron más rápido. No es que los abuelos tuvieran más hijos porque no tenían televisión (o al menos no solo por eso), pero ahora sí tenemos menos por estar en el celular. Según el Finantial Times, en países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Francia, Polonia, México, Marruecos, Indonesia, Ghana, Nigeria y Senegal, la caída de la natalidad coincide con la popularización de los teléfonos inteligentes según las búsquedas de aplicaciones móviles en Google.

La primera gran caída de la natalidad en este siglo en Colombia ocurrió entre 2009 (699.800 nacimientos) y 2010 (654.600 nacimientos). En 2009 el BlackBerry 8520 fue el celular del año por primera vez en Colombia según el periódico El Tiempo. El 2008 fue el primer año donde un celular inteligente, el iPhone 3G, fue el más popular.

Las redes sociales nos han hecho menos sociables pero también han distorsionado las expectativas del mundo y de la vida en pareja. Instagram y Tiktok son un catálogo infinito de personas con las que cualquiera soñaría en formar una pareja y tener hijos. Pero por mucho que sean administradas por personas reales y podamos verlas casi en tiempo real, no significa que sean accesibles o viables. Cuando nos aburrimos en una reunión o en una fiesta entramos al celular (entrar al celular, otro verbo bien puesto), no hablamos con un desconocido, nos ahorramos la vergüenza y la posibilidad del rechazo. Seguir a alguien, reaccionar a una historia, dar uno o diez me gusta, comentar alguna publicación no es comparable con cinco minutos de perreo. Además están las cámaras, las benditas cámaras. “Cuando uno sabe que lo están grabando se comporta como cuando va manejando y pasa por una fotomulta”, me dijo en estos días Santiago, el más alérgico a las redes sociales, y el novio de una fotógrafa y creadora de contenido. Tiene razón: nadie cantaría en un karaoke si sabe que al otro día todos los que lo vieron lo van a volver a ver en el celular mientras desayunan. Así nadie besaría, nadie perrearía, nadie preñaría.

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