Un prado en flor no puede ser descrito más que por sus mariposas/ sólo puede ser cantado correctamente por sus abejas.
Harry Martinson
—Las peladas de los estriptiseaderos cerca a La Perla se trababan donde yo hacía un mural. Una de ellas me dijo que la pintara.
—¿La recordás?
—Debía tener unos treinta años. Se peló una teta y se quedó ahí un rato.
— ¿Fue la primera que pintaste?
—No, tenía muchos bocetos de personajes en las libretas.
—¿Sabés que pasó con ella?
—Se casó y se salió de eso. Al tiempo, volvió con el marido a Barbacoas. A él lo mataron. Una historia muy común.
Jorge Zapata Sánchez pintó murales en el interior de una casa dedicada a la venta de drogas. Desde entonces, sus cuadros se han expuesto en bares gays, salones de artistas aficionados, universidades y galerías de Medellín y Bogotá. Hacen parte de las colecciones de los museos Nacional, de Antioquia, de Arte Moderno de Medellín. Su cuadro La Frutera está en la oficina de países bálticos del Banco Mundial, en Washington. Sus pinturas inspiraron un mural frente a un centro comercial de El Poblado.
2.
Salvo por unos pocos meses, la vida artística de Jorge ha transcurrido en el centro de Medellín.
Si bien es una de las comunas de la ciudad con menos residentes, a diario pasan por ella un millón de personas. Allí trabaja, alucina y duerme la resaca buena parte de los casi ocho mil habitantes de calle censados por las autoridades. Con sus pasajes hormigueantes de vendedores y sus soterrados, vueltos dormitorios y baños públicos por los indigentes, el centro es la tierra donde las estructuras criminales definen las reglas de juego y de supervivencia.
Las convivires son grupos de vigilancia ilegal, que controlan las plazas de venta de drogas (ollas), extorsionan a los comerciantes y regulan los delitos. Según los expertos, al mes mueven cifras cercanas a los nueve mil millones de pesos y cuentan con un pie de fuerza próximo a los dos mil integrantes. Ninguno de los 17 barrios del centro escapa a la lógica de las fronteras que se respetan. Un periodista especializado en estos asuntos me expresó su asombro por la sutileza del entramado, en el que el poder lo tienen varios actores.
Hace más de veinte años, Jorge vive y pinta ese ambiente.
Durante una década, tuvo su primer taller en el Museo del artista transgénero Abraxas Aguilar, un caserón con solar, ubicado cerca de la estación Prado del Metro. De ahí pasó a un cuarto del último piso del Tropical, un hotel de travestis, prostitutas y ladrones, desde cuya ventana veía a Barbacoas, una calle en la que a principios de siglo cada casa fue un antro de drogas. Cuando un incendio calcinó cincuenta de sus cuadros, se fue al local en Bulerías que le prestó un mecenas. A partir de 2020 tiene un estudio de tres niveles en una calle antes ocupada por litografías y por compraventas de metal, ahora convertida en un olla a cielo abierto.
3.
—Me faltó literalmente desmayarme porque encontré la calle más dura que haya visto en el mundo—, dice Lucrecia Piedrahita, una de los curadores de la Bienal de Arte de Medellín y de Antioquia 2025.
Habla de Cúcuta con la Paz, donde, al aire libre, la gente fuma bazuco, se sienta en los andenes y en la vía, se acuesta en pequeños cambuches, trafica con reciclaje y cosas robadas; carga cuchillos en la pretina de los pantalones o de las pantalonetas; hace fila en la esquina para bañarse con el agua del hidrante.
—Literalmente caminé por una escena de terror (...) los líquidos... yo veía pies, piernas. Cuando entramos al taller de Jorge, le dije: “¿Usted por qué me hizo esto?” Quedé impactada—, dice frente a Memorias del Kosta Azul, una pintura de gran formato que muestra a mujeres con los pechos desnudos que toman aguardiente en copas plásticas o inhalan cocaína de la punta de una navaja, al lado de hombres de diferentes edades.
Estamos en la Sala U., de la Universidad Nacional. Lucrecia explica las obras que escogió para Nuevas Cartografías, uno de salones de la bienal.
La bienal fue el evento de artes plásticas más ambicioso de los últimos años en Antioquia. Cada vez que tuvieron oportunidad, los organizadores hablaron de la conexión de esta con las bienales hechas por Coltejer entre 1968 y 1972, que trajeron a Medellín las obras de algunos de los pesos pesados del arte latinoamericano del momento. Artistas, galeristas y curadores tuvieron una expectativa alta en la bienal, sobre todo porque coincidió parcialmente con la de Bogotá y se financió con la plata de la Gobernación de Antioquia y no con los recursos de los industriales.
Después de la catarsis de la curadora, Jorge dice que él no estudió artes y que su trabajo en el CTI lo hizo conocer la “poética de la calle”. Cuenta la historia de los murales en La Perla, el expendio de Barbacoas en el que vendían el perico “más perludo, escamoso, más bueno”, me contará otro día el poeta Jorge Restrepo, conocido en la calle con el mote de Gallero.
—Un día fui a La Perla, de saco y corbata. Llevaba el maletín con las pinturas y me encerré en uno de los cuartos a pintar. Al rato escuché que la gente decía “Mario, maluco”, “Mario, maluco”. Guardaron las drogas, desmontaron las puertas para que la policía no las tumbara y se las llevara. Escuché que un agente entró en la casa diciendo: “hace días no mato a nadie”. Abrió la puerta y me vio. “¿Qué hace ahí?”, preguntó. “Pintar”, respondí—, cuenta Jorge. La gente se ríe.
La Perla ya no existe, pero resulta fácil imaginar la escena porque hay registro fotográfico de los murales. El 19 de junio de 2003, se publicó en la portada de El Colombiano una foto bajo el título “Antros de Barbacoas ya no tienen huéspedes”. En esta se ve a un policía de medio lado que mira el fondo de una casa abandonada. A su izquierda, sobre la pared, está pintada una mujer verde de cabellera larga y en biquini. El 17 de julio del mismo año se publicó en La Chiva la nota “Arte urbano entre la droga”, sin firma, en la que se especula sobre el pintor “que se pasaba horas y horas pintando sus dibujos (...) ni siquiera las peleas de los basuqueros (sic) lo distraían”. El autor del texto pensó que se llamaba Peter, por la cantidad de veces que aparecía el nombre en las pinturas.
En realidad, Jorge tuvo el apodo de Picasso, puesto por el dueño de un inquilinato de la zona.
Para la crítica de arte Sol Astrid Giraldo, los murales fueron la entrada de la “imaginería de Jorge Zapata” al arte colombiano. En esas paredes, Jorge dibujó aviones y carros —una afición de la infancia—, pero incluyó a los ladrones, las prostitutas, los vendedores de tinto y de minutos, los adictos a las drogas y a los licores clandestinos.
Las publicaciones de la prensa no le trajeron ninguna celebridad. No fue sino hasta tres años después, cuando sus pinturas despertaron el interés de los jurados de los Salones Departamentales de Artistas, que la gente se dio cuenta de que él fue el pintor de la Perla.
Al final de la charla, frente a los estudiantes y a los artistas que vinieron a escuchar a Lucrecia, Jorge habla del rechazo a sus cuadros, incluso entre amigos y familiares.
—Estaba obsesionado con estos temas. No me interesaba el arte aséptico y poco comprometido con ciertas facetas de la sociedad. Ese es un arte que siente miedo de la incertidumbre, de la demencia, así estas ocurran en todas las sociedades del mundo. En estos años he descubierto que los bandidos, los ladrones, los travestis, las putas son personas que quieren compartir, que son amigos, que son algo más que seres discriminados y señalados.
4.
Jorge es delgado, fibroso. Después de sufrir un infarto, casi todos los días va al gimnasio. A menudo viste con bermudas o con pantalones de colores vivos, sostenidos por una correa con una chapa dorada en forma de salamandra. Pocas veces se le ve sin gorra. Tiene los ojos verdes. Habla en voz baja, con matices de ironía. Casi no toma trago, pero sí fuma marihuana (“cigarrillos que destraban”, una expresión de Abraxas Aguilar).
Carga la fama de ser un cronista visual. “La obra de Jorge Zapata está intrínsecamente unida con el destino del centro de Medellín”, se lee en un texto curatorial de una exposición del Museo de Antioquia. “Tiene la mirada puesta en el Bronx y sus alrededores. Registra el consumo, la indigencia, la criminalidad, la prostitución”, dice Ricardo Zuluaga Gil, primo de Jorge y presidente de la Academia Antioqueña de Historia.
Tanto lleva en estas calles que parece que siempre hubiese estado. No es así.
Hijo de José Manuel Zapata Botero y de Carmelina Sánchez Cañas, nació el 18 de septiembre de 1965 en la vereda Las Frías, de San Vicente Ferrer, un municipio del oriente de Antioquia. Tras la muerte temprana de la madre y el nuevo matrimonio del padre, Jorge estuvo a cargo de sus abuelos maternos, de una tía que vivió en la cabecera urbana hasta que Nohemy Sánchez Cañas lo llevó a vivir al apartamento de Belén Las Playas, un sector clasemediero de Medellín, donde estaba Beatriz, una hermana de él.
Beatriz dice que fue un niño retraído, que solía escaparse de la casa para ver los aviones en el aeropuerto Olaya Herrera. Huyó del control de Nohemy —una profesora de mano de hierro— yéndose a vivir a San Vicente Ferrer. Penduló entre la ciudad y el pueblo. Al final de la adolescencia, después de un pleito en el colegio, se mudó a la casa en Santa Marta de uno de sus hermanos mayores. Allá terminó el bachillerato. Su sueño de entonces fue ser piloto de avión. La muerte del hermano que le dio techo lo devolvió a Medellín. Beatriz cuenta que él dormía mientras ella y Nohemy trabajaban. Cuando estaban de vuelta, él se iba con los amigos y regresaba tarde.
Estudió un semestre de diseño industrial en la UPB. Se pasó a Bellas Artes. Beatriz afirma que la profesora Gladys Arellano le enseñó mucho de lo que sabe de pintura. Jorge dice que prefería estar en la cafetería de la universidad en vez de ir a las clases. Bastó el consejo de un abogado que le dio trabajo por una temporada para que dejara los estudios y se postulara a una convocatoria del CTI.
En el ente investigador, Jorge encontró los temas de sus pinturas. Ha hecho pocos cuadros con acontecimientos de esa época. En uno —La Sierra— un anciano de ruana, sombrero y machete está sentado en una piedra con la vista fija en la cabeza sangrante de un hombre acostado en un camilla de palos. Las velas luchan por mantenerse vivas en medio de las ráfagas del aguacero. Un perro acompaña el ritual funerario. Jorge recuerda la soledad del anciano y la dificultad de llevar el cuerpo a la morgue.
Ha pintado instantes de la vida campesina y paisajes, pero son las escenas de la calle las que lo han puesto en el radar del público.
5.
El primer nivel del taller de Jorge tiene un portón para la entrada de carros y, al fondo, un amplio espacio vacío. A mitad de camino, a la derecha, una puerta comunica con las oficinas. En mis primeras visitas, en esa recepción había dos pinturas de gran tamaño, una de ellas Memorias del Kosta Azul. Varios cuadros penden de las paredes internas de la escalera. El segundo piso, frente a paisajes cuyos colores cambian con las luces de unas lamparas, hay dos sillas de cine, sobrevivientes del antiguo teatro Radio City, que hicieron parte del mobiliario de Divas, un bar que hizo las veces de galería de arte en Barbacoas. Al lado están los baños (el de hombres tiene un cuadro en su pared posterior), la cocina, una oficina con obra de Jorge y un depósito con pinturas de otros artistas.
Varias entrevistas las tuvimos en el tercer piso, a pocos metros de un cuarto lleno de pinturas, pinceles y objetos intervenidos. Al principio de la reportería, Jorge pintaba un paisaje urbano. A medida que pasaron los días, comenzó a trabajar en otros cuadros. En uno se ven a unos hipopótamos cargados con paquetes de cocaína. Mucha de la gente con la que hablé dijo que él es disciplinado. Unos pocos señalaron que ese rasgo se lo dio el arte. Ricardo Zuluaga Gil recuerda un chiste que hacían de Jorge: “en la mañana, hacía pereza y en la tarde, descansaba”. Ahora, reconoce, es difícil sacarlo del taller.
Jorge vive solo en el apartamento en el que se crió. Su cuarto es el primero, después de la sala. Hay dos camas: una normal, pequeña: otra, eléctrica, de las que usan en las terapias para personas con movilidad reducida. En la sala hay una alacena con piezas de una vajilla de cerámica y un atril vacío. Libros sobre Gerardo Aragón, Beatriz González y José María Córdova descansan en la mesa de centro.
La tía Nohemy adoptó a Beatriz y a Jorge siendo adultos. Ella enfermó de alzhaimer y murió en agosto de 2020.
6.
Una tarde, en el taller, le pregunto por la religión. Dice que esos asuntos lo dejan apático, a pesar de su educación y de su cercanía con los hare krishna.
—Discuto con mi primo Ricardo sobre la religión. Le dije: ¡Cuál religión! ¿Para qué esa maricada? Eso es pura mentira.
–¿En qué creés?
–Hace poco escuché un comentario sobre porqué la Virgen no se le aparecía a los hare krishna o a los budistas. Sigo con cierto apasionamiento todo lo que tiene que ver con la carrera espacial. Eso puede develar muchas verdades. La carrera espacial va a desmitificar muchas cosas.
En su obra hay rastros del descreimiento. El ensamble Revelaciones consiste en seis ovejas de pesebre navideño alineadas frente a un rectángulo de marco dorado y fondo negro, que sostiene una toalla higiénica con la silueta roja de la Virgen María. La pintura Desamparados de Dios muestra a un tipo de camisa de colores, gorra roja y lentes oscuros, que le apunta con un revolver al Divino Niño del 20 de Julio. En ¿Fornicatum est pecatum? —pintada en la pantalla de televisor— un cura masturba a un muchacho mientras un haz de luz entra por la ventana.
En otra ocasión, saco el tema de la pintura. De nuevo, cuenta que su llegada al mundo del arte fue relativamente tardía.
—¿Qué pintores han sido importantes para vos?
—No sé, parce. La verdad, no vengo de una profesión de artista como tal. Tampoco crecí en ese entorno. Durante mucho tiempo cargué una esquela que mi mamá hizo. Pienso que de ella me viene esta habilidad. Me volví adicto a pintar, me entretiene bastante. Cuando comencé, no tenía ningún referente. Siendo joven no leía nada de arte. Leía sobre las guerras, sobre política.
—¿Qué leés ahora?
—Perdí el hábito de la lectura. Voy mucho al gimnasio. Me la paso pintando.
Jorge pinta con acrílicos sobre bastidores, cds, pantallas de televisor, avisos. Ha hecho tres versiones de Horizontes, de Francisco Antonio Cano, una de ellas en el reverso de la valla política de Abraxas Aguilar. Su obra incluye dibujos en radiografías recicladas, realizados con puntillas o con una fresa odontológica. También interviene frascos de perfumes, muñecos y otras cosas.
Días después, le llevo unas copias de los artículos sobre los murales de La Perla. Me habla de Juli, un abogado que se encerraba en un cuarto con muchachos a fumar bazuco. Con el tiempo, se hicieron amigos. Juli le dijo que tenía un trozo de luna.
—Al principio no le creí. Me dijo que había sido pareja del psicólogo que trabajó en la misión Apolo 11 de la Nasa.
—¿Cuál es el tipo de persona que termina en la calle?
—Todo tipo de personas. Hay mucha gente de los pueblos, pero también hay gente de plata.
La mayoría de los habitantes de calle de Medellín son hombres. Más de la mitad nació en la ciudad y un alto porcentaje está en la franja de edad que va de los 29 a los 59 años. Casi dos tercios no culminaron el bachillerato. A esto se le suma el incremento de venezolanos en la indigencia.
Un mediodía, durante una visita al Museo de Antioquia, le pregunto si alguna vez quiso casarse, tener hijos.
—De pronto lo soñé cuando era pelado, porque uno viene condicionado con esas cosas. En una o dos oportunidades me planteé las implicaciones que eso tendría. Ya desestimo esa opción: me quitaría tiempo para pintar. Aunque hubiera sido interesante tener a un pelado todo el tiempo en el taller.
Un amigo suyo me contó que Jorge descartó la paternidad por la rudeza de su crianza. Otros me hablaron de sus parejas, entre ellas Ana Soledad Agudelo, María Victoria Manjarrés (ella negó haber sido más que una amiga) y Teresita Rivera Ceballos. Menuda y el cabello teñido de rojo, Teresita se ocupa de los temas prácticos para que él esté en el taller. Jorge la llama su mano derecha e izquierda.
La mañana en la que embala los cuadros de la Bienal, lo visito en su taller en compañía de un fotógrafo. Le pregunto por cada obra, él cuenta la historia de los personajes antes y después del momento en que fueron pintados.
—Ya llegó el señor del carro—, dice Teresita, tras contestar una llamada.
—Una foto de él llevando los cuadros por entre los habitantes de calle sería estupenda—, le sugiero al fotógrafo.
—No, afuera no se pueden tomar fotos ni hacer videos. Nos calentamos con los de la plaza—, dice Jorge.
Llevamos los cuadros hasta la esquina. Un reciclador nos ve, pregunta el valor de las obras. Dice su apodo y señala el sitio donde dan razón de él si nos interesan unos cuadros que encontró en la calle. Jorge sube a la parte trasera del camión pequeño. Acomoda los cuadros entre costales con reciclaje. El fotógrafo toma fotos con el celular. Mosqueados, unos tipos se acercan, miran. “Ah, unos cuadros”, dicen y se van.
Otro día, estamos fuera de una tienda de esquina en Barrio Antioquia. Al frente, un muchacho en bicicleta sopla un pito cada vez que pasa un carro. Recién salimos del apartamento donde está la exposición Ondas del perreo, con obras de estudiantes de la Universidad de Antioquia, de Jorge y de tres artistas de la ciudad.
—Te vi cabeceando de sueño allá arriba...
—Estas maricadas me aburren. No me gusta la vida social. Evado los compromisos para estar en el taller. Eso me satisface más. De mi papá heredé la obsesión por el trabajo.
—Hacía un calor tremendo en ese espacio, con tanta gente... ¿Qué tal las obras de la exposición?
—Vi cosas buenas, interesantes... ¿Has visto lo de Ucrania? Creo que ese país será una potencia cuando se termine la guerra. No se ha dejado de Rusia...
Durante esta reportería, la obra de Jorge hizo parte de la Bienal de Arte de Medellín y Antioquia, de las exposiciones Variaciones del presente, del Museo de Antioquia, y Ondas del perreo. Además, se ajustaron los detalles para Barriología, una muestra individual en la galería Sketch, de Bogotá.
Una tarde, en una zona verde colindante a su apartamento, le pregunto por el trabajo en el CTI. Cuenta que la primera experiencia la tuvo en la quebrada La Iguaná, cerca a la Universidad Nacional.
—Llegué a esa escena del crimen, tomé las fotos. Le cambiaba a la cámara el diafragma, la velocidad. Estaba asustado. Me preocupaba que las fotos fueran la prueba para algún proceso y no salieran bien. ¡Qué responsabilidad, huevón!
—¿Te acordás del muerto?
—No, ya no me acuerdo. ¡Tantos muertos que levanté! A veces, me acuerdo de caras, de escenas.
—¿La experiencia del CTI te cambió?
—Es posible que eso haya detonado lo de querer pintar. Realmente no lo había tomado en serio.
—Seguro viste muchas cosas...
—Una vez tuvimos tanto trabajo que la camioneta se llenó de muertos, destilaba sangre. En la tarde, por los lados de la Piloto, vimos a unos tipos en moto atracando a un pelado. Todos íbamos armados, los atrapamos. Se me ocurrió que los metiéramos con los muertos mientras íbamos al anfiteatro. Imagino el miedo de ellos, en esa oscuridad.
Se apoya en la memoria de sus amigos para responder las preguntas sobre las fechas. Por eso algunos datos son imprecisos. El texto que acompañó sus cuadros en la bienal informaba que él trabajó en el ente investigador en los ochenta, “época de gran violencia en la ciudad”. El CTI comenzó labores en 1992. Además, Jorge cuenta que el laboratorio de Medellín estaba en la casa en la que mataron a Pablo Escobar. Después de contrastar con otras fuentes, lo más probable es que haya sido fotógrafo de escenas criminales entre 1995 y 1996.
7.
Durante un fin de semana de 2006, en un bastidor que compró en la calle, Jorge pintó a una transexual desnuda de ojos azules, acostada de medio lado en una cama doble. A su lado, dándole la espalda, un hombre en calzoncillos lee la prensa y fuma. En uno de los lados del cuadro un televisor emite la imagen de un cura sosteniendo la hostia en alto.
Escondió el cuadro en el clóset de su cuarto, para que la tía Nohemy no lo viera. Le pidió al dueño de un bar que le dejara exhibirlo. El hombre aceptó, pero, al poco tiempo, le dijo que se lo llevara porque molestaba a sus clientes. Jorge se lo pasó a Alfonso Jaramillo —uno de los primeros compradores de su arte—, que lo colgó en la sala de un apartamento frente al parque de Bolívar hasta que la señora de los servicios domésticos lo escondió debajo de un mueble de la biblioteca. Jorge lo encontró y se lo llevó.
Después lo expuso en un evento organizado por una caja de compensación. Jorge recuerda que durante la inauguración un periodista le propuso hacer una entrevista. Caminaron hasta el sitio en el que estaba Maja desnudo. Apenas lo vio, el camarógrafo se alejó sin grabarlo. El periodista también se fue.
En 2009, el cuadro fue incluido en la exposición El amor, cómo va, en Bogotá. En ese contexto, la profesora Mara Viveros Vigoya escribió de la obra de Jorge:
“Algunos de los elementos que llaman la atención en su trabajo pictórico son su heterodoxia formal, la mixtura de lenguajes provenientes de las llamadas alta cultura y cultura popular, la audacia de la paleta cromática empleada. Otra de las particularidades de su obra es la sencillez del trazo, el carácter ingenuo de su pintura que, retomando algunos elementos del arte popular y espontáneo practicado a partir de finales del siglo 19 por los pintores autodidactas, le permite aproximarse a realidades sociales difíciles sin prejuicios, con una mirada simultáneamente lúdica y lúcida”.
Jorge usa la expresión “a prueba de idiotas” para definir su estilo. Sus cuadros no exigen un aparato teórico para entenderlos. Pintados con colores planos, remiten a la experiencia. Algunos los califican de naif. Otros los comparan con los de Noé León y de Abel Rodríguez. Abraxas Aguilar cree que son una muestra de primitivismo urbano.
El primer respaldo nacional que recibió su obra fue la inclusión en los Salones BAT, espacios para aficionados y autodidactas. A pesar de no ser un dechado de virtuosismo en el manejo de los volúmenes y los claroscuros, los cuadros cuentan el centro de una forma que les resultó atractiva a los curadores. El artista e historiador Carlos Uribe dice que la propuesta de Jorge tiene la autenticidad de quien habita el “centro del centro” y lo registra a partir de la vivencia.
Algo similar afirma el pintor Omar Ruiz, para quien el trabajo de Jorge debe valorarse con un lente distinto al de la técnica. “Son pocas las pinturas que le ayudan a uno a entender la cultura en la que vive. Las de él tienen esa característica”, dijo. A su vez, Sol Astrid Giraldo considera la obra de Jorge un “cuerpo extraño” de la plástica colombiana.
—En el país ha habido artistas que han pintado los acontecimientos populares, pero Jorge se destaca a nivel de lo urbano—, dijo Carlos Uribe.
Jorge donó Maja desnudo al Museo de Antioquia y en 2021 fue exhibido al lado de una madonna de Cano. Una tarde fuimos a verla.
—¿Qué se siente tener una pintura en un museo?
—Los museos son el lugar idóneo para que las obras estén. A quienes ven mis obras en los museos los considero amigos que no conozco.
—¿Por qué creés que este cuadro fue tan rechazado?
—Muchos sacerdotes han tenido discursos en contra de la aceptación de este tipo de géneros.
—Este cuadro dio muchas vueltas, pero ya está aquí...
—Sí, llegué a sentirme encartado con él. Casi que no tiene un debut.
En 2025, el año de esta reportería, catorce personas LGBTIQ+ fueron asesinadas en Medellín. Ocho casos han sido esclarecidos.
8.
—La gente tiene formas diferentes de entrar en las casas. Unos entran por el techo, otros por las ventanas, otros por las puertas—, dice Jorge con la mano extendida hacia el hueco en el techo de su estudio.
En la mañana se alistaba para ir al gimnasio cuando se asomó a la ventana interna del segundo nivel y vio tendido boca arriba a un hombre descalzo, con fragmentos de tejas a su alrededor y la cabeza nimbada por la sangre. Bajó, le tomó una foto al cadáver, le avisó a los vecinos. Al rato, aparecieron los convivir y luego la policía.
—Los policías miraron mis pinturas. Uno me regaló un dibujo y yo le dí un afiche—, dice, con la vista en el techo. La mayor parte de su obra está en el segundo y el tercer piso.
—¿Sabés cómo se llamaba el muerto?
—Ya averiguamos.
Camina hasta la puerta del estudio. La entreabre lo suficiente para asomar la cabeza. Se cuelan las canciones de las grabadoras, las voces del comercio o la traba y el olor del bazuco.
—Mami, ¿cómo se llamaba (ininteligible)?—, le habla a la mujer que vive en un cambuche al lado de la puerta. Ella dice un nombre. Jorge se despide, cierra.
—Se llamaba Edwin, vendía jugos en la calle.
—¿Y te acordaste de los levantamientos de cadáveres?
—Sí. Les conté a los policías que estuve en el CTI.
En el tercer nivel, frente a un comedor con papeles, Teresita charla con un funcionario del Ministerio de Cultura de Colombia. Me siento con ellos. Jorge entra a una de las oficinas. Ella cuenta que se metieron en la “vaca loca” de montar una exposición con obras de Draison Murillo, un exconvicto que hace unos años ocupó el segundo lugar del V Salón de Arte Popular BAT, y de José Manuel Ricaurte, un fotógrafo que trabajó en magacines latinos en Nueva York. Ambos están muertos.
No es la primera vez que les oigo la idea de la exposición con artistas sin fama o anónimos. En otra visita, Jorge me mostró unos desnudos a lápiz en cartón paja que compró debajo de las vías del metro, en el tramo entre Parque Berrío y Prado. Propuso que hiciera una nota de ese trabajo. Luego, en la entrevista que tuvimos en el Museo de Antioquia, me obsequió uno de los dibujos y le entregó otro a una de las curadoras del museo. Tenía en mente el título de N.N.
Jorge interrumpe la charla para decir que la exposición debería incluir el cuadro que lleva en la manos. Lo hizo un argentino, amigo suyo, que vive en Santa Elena.
—Jorge, acordate la vez que lo llevaste a las galerías y no le recibieron el trabajo—, dice Teresita y cuenta lo difícil que ha sido vender obra de ese artista.
—¿Qué le dijeron al hombre?—, pregunta el funcionario.
—Le dijeron que lo de él era más artesanía que arte—, responde ella.
El mercado del arte de Medellín está rezagado en comparación con el de Bogotá. Semanas antes, una galerista me contó que el extranjero compra más arte local que los antioqueños. Estos adquieren obras en la capital o, de plano, invierten en otras cosas. “El paisa tiene plata, pero prefiere comprar una vaca en lugar de un cuadro”, dijo.
—Oiste, Jorge, contame bien lo del muerto de anoche—, aprovecho que el funcionario se fue para retomar la historia.
—No escuché nada.
—El golpe debió de ser muy fuerte—, digo lo obvio.
—Cuando él me contó, me asusté. ¿Qué tal que se hubiera entrado al taller? Por robar aquí hasta es capaz de matar a Jorge—, tercia Teresita.
—¿Y quién repondrá la teja? Con este invierno, eso se le inunda abajo—, sigo con las obviedades.
—El vecino vino a mirar el hueco. Seguro se encargará de eso—, dice Jorge, aludiendo al dueño del hotel para bazuqueros.
El bazuco, la cocaína y la marihuana son las drogas más consumidas por los habitantes de calle. A mediados de los ochenta el bazuco tuvo su cuarto de hora entre ciertas élites asociadas al narcotráfico. Apenas la gente se dio cuenta de la prisa con la que se enganchaban los adictos y su rápida degradación, los precios disminuyeron al punto de que hoy una dosis cuesta entre mil y dos mil pesos. El bazuquero está en el nivel más bajo de las adicciones.
Una dosis de bazuco estimula la liberación de noradrenalina y dopamina, neurotransmisores vinculados con la lucha y el placer. La droga actúa con rapidez, de forma intensa, pero corta. Bajo sus efectos, el adicto vive un pico de euforia, disminuye su fatiga al tiempo que aumenta el estado de conciencia hasta los extremos de la hipervigilancia y la ansiedad. “Uno solo quiere consumir. No quiere comer ni bañarse. Solo consumir”, me contará después Gallero.
El bazuco se fuma en pipas fabricadas con pedacitos de bambú, de lapicero, de pvc. En Esto no es una pipa, título tomado de la frase de René Magritte, Jorge pintó a seis hombres fumando bazuco en un cuarto similar a los del edificio enseguida de su taller.
—Cuando se llevaron el cuerpo, limpié la sangre. Encontré esto—, dice Jorge mientras sostiene una pipa.
—¿Y qué harás con ella?
—No sé. Pienso intervenirla—, dice.
Semanas más tarde, me contará que la incluyó en Hoyo en uno, un ensamble de objetos reciclados. Un rubio de pantalón azul y saco rojo, en cuya espalda está escrito Make America Great Again, sostiene la pipa a modo de palo de golf o de martillo de los dioses.