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Perezosos hemos sido alguna vez todos, pero ni Colombia ni ninguna región tienen por qué serlo eternamente.
Por David González Escobar - davidgonzalezescobar@gmail.com
El misionero estadounidense Sidney Gulick, tras largos años viviendo en un país entonces pobre, escribió en 1903 que sus habitantes daban “la impresión de ser perezosos y totalmente indiferentes al paso del tiempo”. Lo mismo describía un consultor australiano en 1915, quien concluyó tras recorrer las fábricas de aquel país: “ver a sus hombres trabajar me hizo sentir que ustedes son una raza muy satisfecha y tranquila, para la cual el tiempo no es importante”. Y coincidía también Beatrice Webb, célebre figura del socialismo inglés, quien luego de un tour a principios del siglo XX por la región les diagnosticó “nociones objetables del ocio y una independencia personal francamente intolerable”.
El país era Japón.
Las historias las recoge el economista coreano Ha-Joon Chang en su libro Bad Samaritans. Un siglo después, estereotipos irreconocibles.
De los alemanes, antes de su despegue industrial, se decían cosas parecidas: los viajeros británicos los tenían por un pueblo aperezado, los franceses se quejaban de que sus obreros alemanes trabajaban “como y cuando les daba la gana” y Mary Shelley, la autora de Frankenstein, anotó, exasperada tras una discusión con su cochero alemán, que “los alemanes nunca se apuran”.
Traigo esto por los muchos comentarios a una columna reciente sobre la subrepresentación de la Costa Caribe en la economía y la política colombiana del siglo XX: no falta quien diga que es que ellos eran “perezosos”, a diferencia de los paisas, que con ese calor nadie trabaja, o que la cultura festiva y relajada del Caribe, frente a la trabajadora del interior, lo explicaba todo.
Intelectualmente perezoso me parece.
Pues así como los japoneses y los alemanes, los paisas también tuvimos fama de recostados: Antioquia, cuyo éxito suele explicarse por la cultura trabajadora, era antes del despegue minero y empresarial una de las regiones más pobres de Colombia, y entonces se decía de sus habitantes cosas parecidas a lo que hoy se dice de los costeños.
El gobernador Juan Fernández de Heredia se quejaba en 1705 del “crecido número” de vagos en la Villa de Medellín, gentes que vivían “sustentándose de lo que otros trabajan por no sujetarse a trabajar”, y el oidor Mon y Velarde los encontró en 1785 “adormecidos en el regazo de la ociosidad”.
El destino económico de las naciones se suele atribuir a un “determinismo cultural”, a sobrestimar el impacto de unos valores supuestamente superiores sobre otros. Pero esa causalidad también funciona en sentido contrario: la cultura cambia con el desarrollo económico. Como también lo recuerda Chang, el confucianismo, que hasta los años cincuenta “explicaba” el estancamiento asiático, pasó a “explicar” su éxito: el mismo dato sirve para cualquier conclusión. De perezosos a desaperezados en un par de generaciones.
El diagnóstico trasciende a costeños y paisas: nos lo han hecho a todos los colombianos. La idea de que somos inherentemente violentos, descuidados, indisciplinados o perezosos: carreta.
Es un error convertir la cultura en destino y los comportamientos de una época en características inmutables. El desarrollo económico y la calidad de vida muchas veces preceden a los valores culturales, y no al revés. Las famas de los pueblos son espejos retrovisores: describen (mal) el pasado.
Si el centro de gravedad económico de Colombia volviera a pasar por el Caribe, probablemente no tardaría en cambiar también la fama de los costeños, como cambió la de los japoneses, los alemanes y los paisas.
Perezosos hemos sido alguna vez todos, pero ni Colombia ni ninguna región tienen por qué serlo eternamente.